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lunes, 14 de noviembre de 2011

Tres sorpresas tres

Buenas con todos los aquí presentes:


Puede parecer que los que siguen a continuación son temas dispersos, pegados con un mal engrudo y que, juntos, no forman un cuadro de nada. Collage barato. Pero paciencia, algo saldrá. Espero.
Mi Señora se compró un par de zapatos y en la etiqueta constan las instrucciones para lavarlos, a mano o en máquina. Seré un interiorano desconectado de los avances tecnológicos del mundo o seré un alienígena con el entiendo lento o seré un recién nacido, cualquiera de las anteriores o todas juntas (alienígena interiorano recién nacido), porque no logro entender a quién se le puede ocurrir lavar los zapatos. Hay dos tipos de zapatos, los que se lustran y los que se lavan. Los lavables sola y exclusivamente son los zapatos elaborados con materiales resistentes al agua y son aquellos que se usan para actividades deportivas. Se los llama zapatos de caucho (por la suela), de lona (por la cubierta), de deportes (por la actividad), chuzos (por la pinta) y efectivamente deben ser lavados a mano, con detergente de ropa, la mugre se retira con un cepillo y este acto de asepsia se realiza en la piedra de lavar. Así mandan la tradición, las buenas costumbres y la lógica. Y hay de los otros que se lustran, sea gracias a la habilidad de un betunero o por mano propia con la utilización de: a) un cepillo para eliminar los restos del polvo; b) un trapo renegrido con el que se unta el betún; c) un cepillo para "abrillantar" los domingueros; y, d) otro trapo renegrido para pulir el lustre. Luego, meter los zapatos dentro de una lavadora de ropa, poner un detergente azul como todos y hacer girar esa rueda moscovita es un exceso indecente de la tecnología.
Caso dos: caminábamos cerca de Tokyo Midtown cuando un caballero nos entregó un folleto, de los 152 que uno recibe en la calle que, a primera vista, era de venta de ropa para jóvenes. Bien visto el documento, la información llamaba la atención: no había ningún detalle de los vestidos que llevaban las señoritas y sí había de las señoritas: estatura, busto, caderas, tipo de sangre (para los japoneses es muy importante saberlo y averiguaremos por qué). De manera que era el catálogo de las chicas que se ofrecían en diversos sitios de diversión noctura. Para hablar claro, de puteríos. Folletos distribuidos en la calle. Caramba que es un país tolerante.
Lo tercero: ¡vamos de paseo a Odaiba! Son seis islas artificiales construidas originalmente como una defensa militar de los posibles ataques por mar. De hecho, "daiba" es la palabra japonesa para la batería de cañones colocados en una fortaleza. Luego se intentó convertir en un centro de desarrollo habitacional, que no prosperó y, finalmente, en un centro de comercio, que es lo que se destaca hoy.
Para llegar se usa la línea Yurikamome. Para ser muy ecuatoriano hay que decir las cosas así: "fucccta, qué tecnología". Kirai es el nombre del blog de un español que vive hace algunos años y que tiene un gran trabajo de recopilación de información. Dice lo siguiente: "En realidad no es un tren, ni tampoco un monoriel... funciona con una especie de ruedas que se acoplan a los lados de una estructura de hormigón y está elevada a varias decenas de metros del suelo. No necesita conductor..." Ya. No necesita conductor. Y sí, Mi Señora me llevó al primer vagón y no había quien conduzca. De regreso en el último vagón y tampoco. Es un tren elevado que pasa a toda velocidad por el "Puente del Arcoiris", que cruza de Tokyo a las islas, y que es conducido por computadoras y por otros seres humanos que están en algún cuarto lleno de equipos a quien sabe cuántos kilómetros de distancia. Qué bestia la tecnología.
Ahora, a unir las piezas. No, es poco probable que se logre. Tokyo es una de las tres metrópolis más importantes del mundo, aquí pasa de todo. El avance desquiciado de la tecnología junto a muestras rutilantes de tolerancia... y de practicidad cotidiana.
En un país donde puede pasar todo esto al mismo tiempo, puede suceder todo lo que uno se imagine. Y lo que no también.