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lunes, 7 de noviembre de 2011

Analfabeto o ignorante. O ambas

En estos días se reveló con una belleza deslumbrante el complejo religioso de Nikko, al norte de Tokio. Vaya tamaña exageración: como si no fuera suficiente con el obsesivo despliegue de colores de los ornamentos de los templos budistas y shintoístas, se sumó esa –para mí extraña– confabulación  del otoño rural, cuando las hojas deciden vestirse del color que les da la gana. Otra vez, asomaba la nariz con una descomunal cara de bobo, aparecía yo en el paisaje como el caminante nacido en tierras donde el otoño y la primavera son entelequias. O mejor dicho, donde las estaciones son unas realidades ajenas de países lejanos.
Pero no estamos para hablar del clima.
Al regreso de la laguna de Chuzenji, un poco más arriba de este lugar sagrado y patrimonial, se debe tomar una carretera que localmente se le conoce como “el silabario”.
El japonés se compone de tres alfabetos y uno de ellos es el hiragana. Este alfabeto se compone de las cinco vocales (a, i, u, e y o, en ese orden), y de 48 sílabas.
La carretera, por la que se descienden 1.000 metros en menos de 20 minutos, tiene también 48 curvas perfectamente cerradas, curvas en “u” que les decimos nosotros, bastante parecido a la Nariz del Diablo.
Cada curva es un desafío a la lógica de la gravedad, de pronto no se entiende como se puede lograr que un autobús descienda lento pero seguro por esa vía tan poco apta. No entendí, pero tampoco me esforcé mucho, había otras cosas en qué pensar.
En el momento que entienda la lógica del idioma japonés quizás podré explicar mejor las razones de mucho de lo que veo en estos días, seguro hablaré de ello, por ahora basta decir que es un idioma complejo, como las 48 curvas del silabario de Chuzenji.
De hecho, cuando este llamingo llegó a Japón fue declarado, al mismo tiempo que ciudadano con documentos en regla, analfabeto: incapacidad total de leer, escribir y comprender el idioma.
Días después aún cuesta esfuerzo identificar unas pocas sílabas o unos pocos kanji. El kanji son ideogramas que se originaron en China y que por aquí han recibido las variaciones locales de rigor.
Sin embargo, lo que facilita un poco las cosas es la manera como el idioma se acopla a las necesidades de comunicación de la gente; en este y en todos. Ahora hay muchas palabras que tienen un origen occidental y que se han modificado para no contrastar demasiado con el habla local.
Un ejemplo: baño; se adoptó el término francés toilette y se convirtió en toire. Representan lo mismo, un baño de estilo occidental. El baño oriental, en cambio, es otearai.
Y van muchos más: caado para una card; setto para set, que se aplica al “combo” de nuestro español local; pasocon para personal computer, palabra que es muy interesante, pues se origina en un asunto fonético, que escrito en español sonaría parsonal compiuter, que fue abreviada por los japoneses y derivada a lo que queda dicho. No es posible que una palabra termine en consonante y le aumentan, en general, la o al final: bedo, que corresponde al inglés bed.
Es necesario meterse en la cabeza que la estructura de las oraciones es igual a la utilizada por George Lucas en su famoso personaje Yoda, de Guerra de las Galaxias: el verbo siempre está al final. Yo diría “la noche es muy oscura”, Yoda y los japoneses “la noche muy oscura es”. Cualquier de nosotros se expresaría “quiero almorzar” y cualquier japonés watashi ha hirugohan o tabetai desu que, traducido literalmente, suena a “yo almuerzo comer quiero”.
Listo, me declaro ignorante, soy un ser de un analfabetismo puro, neto, real, hasta valioso por su transparencia. Me tomará mucho tiempo adaptar el cerebro a una estructura gramatical así, a un alfabeto de cinco vocales y 48 sílabas, a una lengua que usa tres alfabetos, a un vocabulario completamente nuevo.
Si bien los japoneses consideran a los ignorantes como yo algo parecido a unos seres a los que hay que tener cierta solidaria compasión, al final del día se puede sobrevivir. No, es absurdo solo sobrevivir.
El analfabetismo y la ignorancia, ambos, son ahora términos relativos, agradezco poseerlos porque me muestran que el camino que tengo al frente es largo y desconocido.
Si en algún momento la sed de entender esta cultura se vuelve insoportable –como comienza a suceder- entonces el único camino será aprender el idioma, que es, al final del día, el sustento de la cultura. Ese conjunto lógico de símbolos llevados a niveles de simpleza increíbles, que sirven para que las personas se comuniquen y utilicen la inteligencia para algo.
La mía está ahora subutilizada pero rabiosamente desesperada por aprender lo que pueda y para entender lo que deba.

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