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El hombre que ordenó a los gorriones

Han sido unas jornadas complejas, pero de ninguna manera eso nos puede nublar el horizonte. Estamos de vuelta, vengan aquí cerca que tengo algo que contarles. Bienvenidos siempre. Luego de mirarlo por varios minutos, me habría gustado preguntarle si habla el idioma de los gorriones, pero me faltaban palabras en japonés para hacerme entender y me sobraban escrúpulos para romper la magia. Como asistente a este espectáculo, no debía mover un músculo para que nada parezca fuera de su lugar. La baranda que da seguridad a los visitantes para que no caigan en las aguas del estanque Shinobazu está despintada, el frío se ve más intenso en el metal, pocas manchas blancas de digestiones pasadas relucen mejor que la pintura que alguna vez fue roja. Seguramente rojo bermellón, como es el Japón en su extensión. El hombre que ordenó a los gorriones cubría su boca y nariz con una mascarilla, a pesar de que entonces soñaban con pandemias unas pocas mentes distópicas. El gorro de lana, la bufanda y el a

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