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martes, 2 de julio de 2019

El camino del té o la ruta hacia el espíritu

Me gusta mucho recibirles para contarles una historia más de estas que se cuentan por aquí.

No, no lo podían creer: que una invitación a tomar el té dure cuatro horas está fuera de la comprensión de la mayoría de personas de este lado de un mundo redondo que no tiene lados. A quien relaté esta historia se negó a concebirlo.
Pero para los japoneses es así, una ceremonia de té con todo el rigor dura ese tiempo. Es una de las más auténticas y permanentes muestras de la identidad nacional y, además, es la mayor expresión de la estética nipona.
La comúnmente conocida como ceremonia del té en realidad debería llamarse “el camino del té” si dicha nominación se sustenta en la traducción del término original japonés (chado o sado, en el que la terminación “do” significa camino, como aikido es el camino de armonía y shodo es el camino de la escritura).
Pero, ¿por qué el acto aparentemente trivial de colocar agua caliente en una taza y hacer una infusión con té puede tomar un giro dramático? Porque la intención no es tomar té, es tener un encuentro espiritual con uno mismo, valiéndose de otros que hacen lo suyo.
En términos formales, hay un anfitrión que invita a compartir esta bebida y unos huéspedes. El anfitrión es un facilitador del proceso a través del cual una persona busca –y generalmente encuentra- una porción de sí mismo que está en reposo.
La historia de la ceremonia en la que se prepara té es antigua y no es tanto el protocolo actual (menos aún la que podría llamarse como “sinopsis para turistas”). La que se mantiene es la predisposición para dejarse guiar a través de la corriente de esa bebida verde hacia rincones excepcionales.

Foto de The Jakarta Post

El té verde llegó a Japón procedente de China, como mucho de la cultura nipona. Fue, al principio, una bebida bebida estimulante para mantener despiertos a los monjes budistas en las interminables horas de la meditación.
Debido a la íntima relación del budismo con al poder en la historia, no pasó mucho tiempo para que conquiste fama de infusión medicinal y que pase a los salones de la aristocracia y de la casta guerrera de los samurái. Sucedió que comenzaron a organizarse ceremonias de té cuyo espíritu se describía como una ostentación de opulencias; sin embargo, entre los resplandores de los metales y los fulgores de la seda comenzó una especialización hacia conocer las variedades del té verde (esto sucedía alrededor del siglo XI).
Entonces, se afincó definitivamente el budismo zen en un país que, además, profesaba el sintoísmo y estas maneras religiosas fueron tomando también las acciones cotidianas y las expresiones de la identidad nacional, como tomar té, preparar un arreglo de flores –ikebana- o el arte de la caligrafía.
Sen no Rikyu (siglo XVI), hijo de una familia acomodada y bien relacionado, decidió darle la vuelta a la que ya era una expresión cultural centenaria. En línea con la estética zen, que elimina todo lo superfluo para permitir un encuentro sin distracciones con el espíritu, Sen no Rikyu decidió botar todo.
Para comenzar, dejó los salones palaciegos y pidió que se construya una habitación de cinco metros cuadrados; paredes limpias, techo de paja, tatami y nada más. Pasó de la opulencia a la reivindicación de lo austero. Lo único que añadió fue una tokonoma, es un cubículo para un arreglo floral ikebana y para un lienzo con una pintura o una escritura apropiadas. Además pidió que la puerta tuviera una altura menor que el promedio.
Los invitados, que nunca son muchos, deben agacharse para entrar, es como el imperativo de ingresar a esta habitación envueltos en humildad porque (otra vez el budismo) el ego opaca el camino hacia el espíritu.

Foto de Japan Times

Con el camino del té se busca cazar al vuelo los cuatro instrumentos –armonía, respeto, pureza y quietud- con los que se forjarán la armonía entre la humanidad y la naturaleza, la disciplina de la mente, calmar el corazón y llegar a la pureza de la iluminación.
Para eso, se cumplen pasos que acercan a los huéspedes al camino del té. Una ceremonia completa dura alrededor de cuatro horas y se inicia en el jardín que antecede a la casa de té, en el que los invitados esperan que el anfitrión les invite a pasar.
Todos se descalzan al entrar a la habitación y sus pies deben vestir medias blancas. Hay algunas acciones que pintan de nimias pero que pretenden formar un muro entre lo mundano del mundo y el ascenso a un nivel en el que es necesario estar concentrado en el camino del té. Un alimento ligero que se come en un par de bocados refresca a los invitados quienes se sientan en posición seiza (sobre las rodillas), mientras el anfitrión saca de una caja los instrumentos.
En la tokonoma habrá solo una flor de la estación, un símbolo inequívoca de que el tiempo es una brisa que no se posa en ninguna rama. No hace falta más. Sobre un caldero el agua hierve dentro de una tetera. El anfitrión extrae un cuenco rústico, un recipiente con tapa que contiene el té verde molido, una cuchara generalmente de bambú, una brocha del mismo vegetal.
El anfitrión prepara primero un té espeso que comparte con los huéspedes, mientras hay una conversación que gira alrededor de los elementos que están presentes durante la ceremonia: el té y sus variedades, los movimientos precisos, relajados y fluidos del anfitrión, las zonas de producción, la belleza rústica de los instrumentos, el vacío.
“… en el vacío está lo verdaderamente esencial. La realidad de una habitación, por ejemplo, se encontraba en el espacio libre encerrado entre el techo y las paredes, no en el techo y las paredes propiamente dichos. La utilidad de una jarra de agua está precisamente en la vacuidad donde puede ponerse el agua, no en la forma de la jarra o en el material de que está hecha. El Vacío es todo potencia porque lo contiene todo. Sólo en el Vacío es posible el movimiento”, como ha quedado escrito en “El libro del té”, la mejor obra que se ha escrito nunca sobre la estética y el espíritu japoneses, una pieza de arte de Okakura Kakuzo.
A ello se llega a través de la admiración de la belleza rústica, del wabi sabi, que es el principio medular de la estética japonesa. Kakuzo abunda: “Es una meditación; tanto el anfitrión como los invitados están concentrados en la ceremonia, en el té y en los ritos asociados. Los japoneses lo expresan muy bien con los conceptos de sabi y wabi. Sabi representa las imperfecciones exteriores, aquellas que nos ha dado la vida (no solo a nosotros sino también a las cosas materiales), como las arrugas que van apareciendo en el rostro después de décadas de reír y llorar, y que son parte de nosotros mismos. Es la naturaleza original de las cosas".
En Japón hay cien o más escuelas de pensamiento diferentes relacionadas con la ceremonia del té, es una de las materias extras que más frecuentemente toman los estudiantes universitarios, pero no aprenden en libros, sino repitiendo la ceremonia.
La página oficial Web Japan recuerda que “El maestro se opone al aprendizaje con libros y se asegura de que todos los movimientos sean aprendidos con el cuerpo y no con el cerebro. Las artes tradicionales –la ceremonia del té, la caligrafía, el arreglo floral y las artes marciales– fueron todas enseñadas originalmente sin libros de texto ni manuales. El objetivo no es el entendimiento intelectual de un tema, sino lograr la presencia de ánimo”.
El mismo portal aclara que “La esencia de la ceremonia del té de Rikyu fue el concepto de wabi. Wabi significa literalmente 'desolación'. La filosofía zen toma el lado positivo de esto y dice que la mayor riqueza se encuentra en la desolación y en la pobreza, porque miramos nuestro propio interior y encontramos allí la verdadera riqueza espiritual, cuando no encontramos nada que nos ata a las cosas materiales”.
Con la misma compostura con que bebieron el primer té, el anfitrión convida a los invitados a beber, otra vez del mismo cuenco, un té más ligero; el utensilio pasa de una mano a la otra y los huéspedes hacen muestras de agradecimiento por esta invitación que tiene un valor inestimable. Se mantendrán en sus lugares mientras el anfitrión limpia y guarda los instrumentos en su caja.
Sin decirlo, el anfitrión invita a quienes serán sus cómplices en un acercamiento individual al arte, que es donde reside la esencia de los humanos; y los invitados le acompañarán porque saben que su complicidad acuñará una emoción indescriptible pero, sobre todo, irrepetible.

Kakuzo pone el final cuando dice que “El salón de té era un oasis en el lúgubre desperdicio de la existencia donde los fatigados viajeros pudieran reunirse para beber de la fuente común de la apreciación del arte. La ceremonia era un drama improvisado cuyo argumento se tejía sobre el té, las flores y las pinturas. Ni un solo color que perturbara el tono de la sala, ni un sonido que estropeara el ritmo de las cosas, ni un gesto que se entrometiera en la armonía, ni una palabra que rompiera la unidad del entorno; todos los movimientos ejecutados simple y naturalmente: éstos eran los objetivos de la ceremonia del té. Y, por extraño que parezca, a menudo era un éxito”.

Nada más que decir. Solamente que nos veremos pronto.

sábado, 18 de mayo de 2019

Naruhito y las montañas

Bienvenidos a esta entrega que vuelve a celebrar el inicio de una nueva era en Japón, Reiwa. ¿Se unen a la algarabía?

Hiro-no-miya Naruhito Shinnō, o simplemente Naruhito, ha estado siempre, para utilizar una metáfora, en el piedemonte, ese lugar en el que se unen los llanos con los cerros.
Su vida ha sido, y es hasta ahora, un punto de inflexión en el que algunas tradiciones de la Casa Imperial del país del sol naciente se han modificado y otras se han fortalecido.
Esas dos tendencias se reprodujeron durante dos de las ceremonias de entronización de Naruhito, cuando se sentó en el Trono del Crisantemo para continuar con la más antigua descendencia imperial de la Tierra.


 
El primer momento sucedió el día de su asunción: se produjeron, según estipula la tradición, dos actos de fuerte protocolo; el notable es el primero: un emperador llega a ser tal cuando recibe los Tres Tesoros del Japón y los sellos imperiales.
Todo el ceremonial se resolvió en menos de diez minutos y en silencio total. No hubo discursos, himnos, glorias o salvas, el mayor símbolo de respeto al Emperador fue el silencio, que solo dejo de cubrir el salón (despojado de todo oropel) con los sonidos de las pisadas sobre la madera de quienes entraban y salían.
Un silencio tal es probable que Naruhito solo pueda encontrar en las montañas, a las que vuelve siempre, desde hace 50 años,  siempre va allá donde viven los espíritus.
El segundo evento sucedió enseguida: durante todo un día, el Emperador saludó por 6 veces a los japoneses, que acudieron al normalmente cerrado Palacio Imperial de Tokyo para expresarle sus respetos. En cada presentación, el Emperador y su familia aparecieron en un balcón para saludar con los nipones y aprovechó para expresar unas palabras de aliento. A cada una de las seis presentaciones asistieron no menos de 100.000 personas.
De esta manera se cumplió este hito en la vida de Naruhito quien es el primer Emperador de postguerra: nació luego de las décadas más convulsas de la historia del país en la era moderna.
En el pasado, al cumplir la edad necesaria los tutores se habrían encargado de su formación, pero sus padres, Akihito y Michiko, decidieron que se mantuviera junto con la familia y asistió regularmente a sus clases escolares, colegiales y universitarias en el prestigio instituto Gakushūin, creado para educar a la nobleza japonesa.
Por momentos, la formación privilegió educar a un hijo de familia más que a un emperador.
Tuvo luego una paso rápido por la británica Merton College Oxford University, para luego volver a sus montañas, sin las que no pude vivir. De hecho, es miembros de la Sociedad Japonesa de Montañismo.
El archipiélago de Japón está formado por un territorio montañoso en más del sesenta por ciento. Se produce una disputa permanente por las escasas áreas llanas en donde se asientan las ciudades y donde se puede cultivar los campos. La vida de los japoneses no se puede separar de sus montañas.
La tendencia de Naruhito fue a identificarse con el agua, recurso que en su país es abundante (porque se cuida las montañas), pero peligrosamente escaso en el resto del mundo. Publicó un libro en el que describe una romántica visión del Támesis, que atraviesa Londres, para luego se nombrado presidente honorario de la Junta Asesora de Naciones Unidas sobre Agua y Saneamiento (2007 a 2015).
De la misma manera como el agua fluye por las montañas, lo hace la historia de la casa imperial cuyas funciones históricas han sido fundamentales para la vida del país. Sufrió un embate poderoso cuando el gobierno de Estados Unidos “supervisó” la redacción de la Constitución de posguerra, que está vigente, limitó las funciones del Emperador a “símbolo de la nación y la unidad de su pueblo”.
No tiene funciones políticas específicas pero mantiene una fuerte influencia lo que obliga a Naruhito a revisar –y modificar si es del caso- sus funciones, con una tendencia a la modernización. Japón tiene las virtudes y las dificultades de un país cuyo desarrollo supera al de la mayoría de naciones del mundo, la prensa occidental ha aprovechado para poner énfasis en la necesidad de que se trabaje profunda y rápidamente en la igualdad de género.
El ejemplo que se toma es que resulta inaceptable que su esposa Masako no haya asistido a la ceremonia de entrega de los Tres Tesoros y los sellos imperiales, porque el evento estuvo reservado a los varones de la familia y del gobierno (la única mujer asistió porque es ministra).
Owada Masako, su compañera de ascensión a las montañas, es su esposa desde 1993, cuando dejó la carrera diplomática para formar parte de la formalidad imperial. Esa presión pudo haber sido la causa para que desarrolle un trastorno de adaptación.
A pesar de la enfermedad de Masako, o a causa de ella, Naruhito ha desarrollado una fuerte relación con su familia, mucho más de lo que el protocolo tenía escrito.
Se ha portado con su hija Aiko como un padre moderno, asumiendo responsabilidades que históricamente estuvieron reservadas para las madres o para los asistentes de la Casa Imperial
Naruhito, en el piedemonte, ha demostrado ser prudente, una actitud que respeta los tiempos de un país que está a la vanguardia del mundo en muchos aspectos al mismo tiempo que no descuida el permanente florecimiento de su identidad y cultura.
La próxima vez, volverá a las montañas como Emperador y se encontrará, sin duda, con sus ancestros y con los espíritus que cohesionan este archipiélago. 


Hemos de vernos pronto, me comprometo a ello y les dejo un acotado álbum de fotos de Naruhito.



Naruhito y Masako

Naruhito y Masako con vestimenta tradicional
El nuevo emperador junto a sus padres

Los años de estudos en Inglaterra
La familia imperial
Un apasionado por la música



viernes, 19 de abril de 2019

La sucesión imperial o un mensaje de resistencia


Hola, ¿cómo están las cosas en sus vidas? La historia que sigue tiene bemoles muy interesantes.

La sociedad japonesa está acostumbrada a los protocolos. El hecho de hacer una venia para saludarse es uno y otra quitarse los zapatos siempre que se entra a un lugar, costumbre que incluye la oficina.
Pero el que sucede este año es especial. Se ha repetido 125 veces durante 2.600 años, una ceremonia de sucesión del Emperador del Japón, el representante del Trono del Crisantemo, el que más ha durado en el mundo. De hecho, Akihito, el actual Emperador, y Naruhito, el sucesor, son los últimos de la Tierra.
Esta es una de las más antiguas tradiciones que perviven, con ciertas variaciones, no muchas, por cierto. Evidentemente, es trascendental para el Japón, país que ha logrado estar a la vanguardia de la modernidad sin perder la luz del pasado.
Japón envía un mensaje al mundo: pase lo que pase fuera del archipiélago, haga lo que el mundo decida, tome la humanidad la dirección que quiera, ellos tienen una historia –larga- y una tradición –bien asentada- que están dispuestos a proteger, porque de ello depende su identidad.
(Para dejarlo claro, en nada se parece la Casa Imperial japonesa a la realeza europea, dicho esto para ahorrar prejuicios, sobrentendidos o comentarios azarosos).
El que se vendrá, en esta línea de sostenimiento de la tradición, es un acto doble: Akihito debe abdicar y Naruhito debe entronizarse. Se trata de ceremonias que son una combinación de protocolos mantenidos por siglos, moderación y la necesaria rigurosidad de protocolos.
Si bien cada emperador en cada época de la historia nacional ha puesto su impronta tanto en la ceremonia cuando en su ejercicio imperial, hay un hecho que marca un hito que se ha de dejar sentado.


Palacio Imperial de Tokio (fotografía tomada del libro "Japón bajo la piel"
En la II Guerra Mundial, luego que Estados Unidos asoló el archipiélago sin pudor, decidió que la mejor manera de hacer provechosa su ocupación era dictar una nueva Constitución. Es decir, la supervisó. Intentó eliminar cualquier rasgo de la casa imperial japonesa, pero el pueblo ofreció su vida en defensa de su Emperador. La presión llegó al extremo de exigir que se incluya en la Constitución, que está vigente, un apartado en el que se aclara que el Emperador es “…símbolo del Estado y de la unidad de la nación” y se quitó cualquier otra referencia.
Esa constitución le dio a la Agencia de la Casa Imperial cierta autonomía para regentar las cosas de la una parte del poder, pues el gobierno es una monarquía parlamentaria. Sin embargo, las decisiones sobre el protocolo que se aplicará –y los fondos requeridos- son responsabilidad del Primer Ministro, Shinzo Abe. Así, una figura nacida de la democracia toma una posición relevante muy cerca del Trono del Crisantemo.
Es decir, el gobierno civil debe intervenir en un asunto que representa a la realeza y a la religión sintoístas, en una extraña combinación para nuestro concepto de organización del Estado.
Pero bien: lo que sucederá es que, en una ceremonia en la que asistirán unos 300 invitados, el Primer Ministro Ave explicará las razones por las que abdica Akihito (tradicionalmente, el príncipe heredero se convertía en Emperador tras la muerte de su padre).
Cuando hizo este anuncio, Akihito dijo que podría no ser capaz de cumplir sus deberes oficiales debido a su edad y a su salud. Se debió hacer una reforma legal, porque desde la expedición de la nueva Constitución no había sucedido que el “Mikado” abdique.
No es la primera vez que acontece en la historia del país del sol naciente. De los 125 emperadores que han reinado, hasta Akihito, 58 renunciaron al trono, en muchos casos para tonsurarse y volverse “emperador monje”. La última vez que uno renunció fue en 1817.
La noche del 30 de abril de 2019, Japón dejará de tener emperador hasta el 1 de mayo, cuando sucederá la ceremonia de asunción al trono de Naruhito, hijo mayor de Akihito, quien se convertirá en el centésimo vigésimo sexto emperador del Japón (como se explica en este artículo previo)
Si bien ese es el día en que ascenderá al trono, la ceremonia principal de entronización sucederá el 22 de octubre. Pero, asumirá su carácter divino en una ceremonia privada, a la que asisten los miembros de la familia imperial que pueden suceder al nuevo emperador (que son todos varones).

Los Tres Tesoros Sagrados

En ese acto profundo suceden varias cosas, pero aquí se resaltan tres momentos: en el primero, Naruhito recibe los Tres Tesoros Sagrados: la espada, el espejo y la joya, que representan el valor, la sabiduría y la benevolencia. Según la tradición, el primer Emperador, Jinmu recibió estas muestras de su calidad de descendiente en línea directa de los dioses de las propias manos de la fundadora, creadora y protectora de Japón, la diosa Amaterasu, quien habita en el altiplano del cielo junto a millones de dioses y deidades del sintoísmo.
La segunda ceremonia es aquella en la que entregará una ofrenda contenida en finas vasijas de porcelana colmadas de arroz nuevo, una manera de exaltar la fecundidad. En esa ceremonia, el Emperador, único asistente, rezará por la bondad de su pueblo y por la paz. Más tarde, agradecerá a Amaterasu por las bendiciones en uno de los santuarios internos del Palacio Imperial de Tokio.
Para el 22 de octubre están reservadas las galas consistentes en la ceremonia de proclamación, a la que asistirán 2.600 invitados (entre los que se cuentan a líderes de 195 países), además cuatro recepciones. El número de actos se redujo tanto por la edad de los celebrantes cuanto por la salud de esposa de N
aruhito, quien ha sufrido por años de depresión.
Tokio visto desde el Palacio Imperial. En primer plano, "el puente de los lentes"  (Fotografía  del libro "Japón bajo la piel").


En las ceremonias, sobre todos las íntimas, los asistentes visten trajes tradicionales de diversas épocas del Japón. Durante esta ceremonia será la primera y la última vez que Naruhito se siente en el trono de madera cubierta por laca negra, un mueble brocado de seda y en cuyo respaldo está labrada la imagen del ave fénix. El trono es relativamente nuevo (1926), pues se asumió el modelo de un asiento occidental; en el pasado el trono del emperador eran algunos cojines sobre el tatami.
De alguna manera, la entronización de un nuevo emperador se parece al florecimiento de los sakura, es un recuerdo de que la vida es efímera. Pero, desde la perspectiva japonesa, también es una muestra de que persiste en el corazón de los nipones un vínculo vivo con sus dioses, a través del Emperador, dios vivo, dios presente, dios que resiste a un mundo que se vuelve cada vez más trivial.


Estén atentos a estos eventos, no se los pierdan.

miércoles, 3 de abril de 2019

“Reiwa”, la era que apuesta a la paz

El año en el que se dejan impresas estas letras es muy importante para Japón y enseguida les cuento por qué. 2019
 



Japón ha expuesto su idiosincracia sin reparos, ha dejado dicho que es diferente a los prototipos y lo ha hecho en base a un hito histórico, pero a través de una sutileza.
Luego del deseo expresado por el Emperador Akihito para abdicar al trono del crisantemo, debieron ponerse en marcha una serie de protocolos que, más allá de formalismos, son una ratificación de la identidad del trono imperial más antiguo y largo de la historia del mundo.
Uno de los hitos de este proceso dilatado, colorido y repleto de simbolismos, es el cambio de nombre de era. Cuando un nuevo emperador asciende al trono se inicia una nueva era; significa que el calendario de la cotidianidad de Japón vuelve al punto de inicio, de nuevo el año uno.
No tiene solamente un sentido temporal, es más complejo que eso, hay mucho de la ratificación de su identidad. Es el único país del mundo en el que pervive un Emperador como una figura fundamental de la realidad diaria. Cada vez que ese cargo es renovado hay un cambio de era: en este caso, sucede treinta y un años después de la última vez.
Lo verdaderamente llamativo sucedió el primer día de abril, cuando el Primer Ministro, Shinzo Abe, anunció el nombre de la próxima era: se llamara Reiwa. Las autoridades japonesas han pedido al mundo que espere unas semanas para poder definir una traducción u ofrecer una interpretación del sentido cabal de esta acepción. Esa es una sutileza.

Del continente y el contenido

Lo que el mundo vio fue una ceremonia que no entendió mucho: una expectativa generalizada por un nombre que apareció escrito con unos trazos incomprensibles. Para el sistema de conteo del tiempo de occidente no hay nada que se le parezca.
Los historiadores suelen poner motes a ciertos momentos históricos como “la gloriosa” o “la década perdida”, según fuera que a un país le fue bien o mal en su historia. Japón piensa en lo que quiere construir para el futuro, imprime el futuro con una frase que marcará sus días.
Evidentemente, las frases que escoge están de acuerdo con su manera de mirar el mundo y no es el nombre del Emperador regente. La siguiente es la manera como nombraron a las eras desde la Restauración Meiji (1868).


El primer día de abril de 2019 se anunció el nombre de la era y al mismo tiempo se dio a conocer que los sabios se tomarán unos días para elaborar una versión que sea comprendida por los extranjeros y también por algunos japoneses.
He ahí la sutileza: nombraron una era de tal manera que los japoneses pueden “sentir” su significado y los extranjeros sobrecargan sus neuronas para tratar de poner en unas pocas palabras un significado que les satisfaga.
El cambio de era tiene, además, un efecto práctico, porque es el sistema de medida de tiempo que se utiliza en todos los documentos públicos: desde la licencia de conducir, los contratos, las papeletas de depósito de los bancos, monedas y billetes, las solicitudes, los divorcios y los nombramientos. Es la primera vez que se anuncia el nombre de la era antes que asuma el nuevo Emperador; el motivo es dar tiempo al Japón para que adecúe sus sistemas al nuevo nombre.
Si intentamos una versión literal, la nueva era se forma de dos ideogramas (imagen o símbolo que significa una palabra o frase determinados, sin representar cada una de sus sílabas o fonemas; son los que están en la primera columna del cuadro).
Este tipo de escritura llegó a Japón desde la China alrededor del siglo VII y tomó, en algunos sentidos, su propio camino. Mientras se espera a tener una interpretación oficial, los mayores medios de comunicación del mundo encontraron las suyas.
El País, de España, se quedó con la versión literal: rei: “agradable” u “orden”, y wa: “armonía” o “paz”. BBC hizo lo mismo, pero agregó que el nombre de la era “… tiene como objetivo implantar el tono de las décadas venideras y mantiene su significado en la vida cotidiana de la mayoría de los japoneses”.
La agencia Sputnik presentó dos versiones: “Orden y armonía” o “Armonía auspiciosa”. Por su lado, el New York Times decidió esperar a la versión oficial.
Luego de que se presentó el nombre, el Primer Ministro, Shinzo Abe, se presentó en conferencia de prensa. La televisión pública japonesa, NHK, que transmitió en vivo el evento, había decidido incorporar una intérprete que el momento en que trató de referir las palabras de Abe se excusó. Dijo que había demasiadas palabras que debían interpretarse, no traducirse y eso no se hace al vuelo.
Antes de tratar de explicar el significado, Abe hizo alusión a que es la primera vez que se utiliza ideogramas puramente japoneses (las anteriores se tomaron de la literatura china). El término es un hallazgo de una recopilación de poemas del siglo VII, llamado Manyoshu, cuyas páginas contienen exclusivamente waka, poesía japonesa.
Las pistas sobre el significado de Reiwa están ocultas en las siguientes frases del Primer Ministro:

  • "El nombre de la era se basa en la larga herencia de la familia imperial, la estabilidad del estado y la felicidad de la gente”.
  • “Simboliza la larga tradición y la profunda cultura pública” de Japón.
  • "Al igual que las flores de ciruelo que florecen bellamente, anunciando la llegada de la primavera después de un invierno severo, cada uno de los japoneses puede florecer sus propias flores con una esperanza para el mañana”.
  • "Nuestra nación enfrenta un gran período coyuntural, pero hay muchos valores japoneses que no deberían desaparecer”.
  • "Quiero que Japón florezca con orgullo como las flores del cerezos”.
Los cerezos (sakura) son la flor más popular del Japón (el Estado japonés se muestra a través del crisantemo de 16 pétalos) y tienen un profundo simbolismo. De hecho, mientras se hacía el anuncio del Reiwa estaban en pleno florecimiento, que se produce en el inicio de la primavera; es un espectáculo increíble, durante pocos días al año los árboles florecen y los japoneses se posan debajo de este manto de pétalos rosa, blancos o lilas para recordar que la vida es efímera. Que es un ciclo en el que el inicio y el final son opuestos complementarios y que tras una desaparición hay un renacimiento. Eso sucede cada año en el hanami (florecimiento de los sakura) y más extraordinariamente cuando cambia el emperador.
Este proceso, tan lleno de recovecos simbólicos sucede a propósito de que el 1 de mayo asumirá el trono del crisantemo el nuevo Emperador
Naruhito (a pesar que la coronación se producirá en octubre), quien llega arropado con la predicción de una era de paz y de orden, valores que la mayoría de japoneses comparte.

Hagamos el compromiso de seguir con esta conversación, ¿de acuerdo?

viernes, 28 de diciembre de 2018

Un jabalí de tierra blanca: 2019

Me da gusto verles, tenemos nuevo año a las puertas. Todo final es un inicio, vengan a ver qué paisaje se ve en el horizonte.

Para un japonés promedio es normal creer –tanto como confiar- en fuerzas que no son tangibles. Son supersticiosos, de hecho buena parte de los ingresos para mantener los templos y santuarios provienen de la compra de amuletos.
Las más comunes solicitudes de apoyo a estas otras fuerzas pueden concluirse de los amuletos que más se venden: prosperidad en el trabajo, resolver con buenas notas los exámenes, andar con seguridad por calles y autopistas; obviamente, salud.
Pero, en las conversaciones cotidianas proyectan la idea de que estos son simbolismos a través de los cuales se atan a su religiosidad, provocan encuentros con las bendiciones de sus dioses.
Algo similar sucede con el Año Nuevo, que es la festividad que con más fervor celebran y que ha logrado una mixtura única entre el sistema de creencias del archipiélago y los usos religiosos importados de China.
En resumen, 2019 es para los japoneses el año del jabalí, tiene como elemento la tierra, influenciado por la polaridad yin, ocupará el área de Tierra Blanca. Enseguida está el detalle.
Las historias populares dicen que el Emperador de Jade, uno de los más destacados dioses del panteón que rige la religión Tao, invitó a los animales a una cena. Llegaron doce y el último fue el cerdo (el jabalí, para los japoneses). Designó a cada uno de ellos un año y conformó así el horóscopo que da la vuelta completa cada 12 años.
Cada animal, de acuerdo a su posición en el calendario, está amparado por cada uno de los cinco elementos: aire y agua juntos, madera, fuego, tierra y metal.
Pero, además, cada uno tiene una polaridad específica, en el conocimiento de que el mundo está construido por opuestos complementarios: yin y yang (lo femenino y lo masculino, el día y la noche, el frío y el calor).
Del año del jabalí, que inicia el 5 de febrero, según el calendario gregoriano, invita a relajarse para disfrutar la sensación de final del camino, de haber recorrido, durante los últimos doce años, una ruta con sus recodos serenos y sus sobresaltos.
Hay un ambiente relajado y hasta festivo pero también queda la advertencia de no dejarse marear por este elixir. De hecho, mantener la cabeza fría, los sentidos despiertos y el alma transparente para aprovechar mejor las oportunidades. Hay que propender a sostenerse del efecto estabilizador y la posibilidad de fijar las energía que permite la combinación de la tierra y el yin.
Para los asiáticos, el final de ciclo es época propicia para evaluaciones y propuestas, mucho más logradas en vista de que esto sucede cada doce años (y no cada doce meses, como en occidente).
El jabalí tiene humor, es razonable y robusto, conquista los objetivos que se propone porque mira con ojos estratégicos el devenir. Los elementos aportan con organización y disponibilidad, además de flexibilidad, modestia e intuición.
Japón, en cambio, ha cuidado la tradición de su horóscopo, llamado Kyu Sei Ki Gaku (o la energía vital de las nueve estrellas). Por ello se determinaron nueve áreas, un color y un elemento natural, como se aclara en la siguiente imagen:
 

Pues bien, a relajarse, pero no tanto. A pensar en estos símbolos como un vínculo con fuerzas superiores que los humanos poco entendemos. A hacer del año de la Tierra Blanca una experiencia vital.
Se ha puesto muy intensa en redes una lista de la buena suerte que produjo algún japonés. Se debe buscar en esa lista el mes y el día del nacimiento y se obtendrá un número. Mientras más cerca esté de 1 será el 2019 un año más afortunado. Si quiere y cree puede encontrar esta prueba siguiendo este enlace.
Como un comentario adicional, este es el último año de la era dominada por el emperador Akihito (año 31). A partir de su abdicación en abril y de la asunción al trono del crisantemo del príncipe heredero Naruhito el calendario japonés se pondrá en cero (los detalles los puede leer aquí).


Será hasta muy pronto.