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domingo, 17 de diciembre de 2017

En el envés del mundo 第三章 (Tercera parte)

Son ustedes muy amables de asistir a la tercera parte de este intento por entender el rebulicio interno que vive un latino promedio cuando va a vivir a Japón. Bienvenidos a lo que será el relato de una mudanza, la del pasaporte a la tarjeta de residencia. Es como una eclosión, dejar de ser capullo para comenzar a volar.

Como se ha dicho en los capítulos anteriores, Japón es un país que tiene abundantes protocolos y reglas sociales no escritas. En el aprendizaje de las venias y los protocolos se va el tiempo. Es posible decir que las primeras semanas se vive despreocupadamente con una sensación de ser un turista con el privilegio de gastar mucho tiempo sin la tiranía de un guía.
Santuario de Zojoji, Tokio
La posibilidad de perderse por ahí sin más responsabilidad que tener en cuenta un par de puntos de referencia, el dinero suficiente para regresar y la dirección escrita en un papel. Así puede pasar mucho tiempo. Es un país tan amable, organizado, es un sitio en el que se respeta tanto a los seres humanos que es posible y aconsejable despreocuparse por lo que tanto importa en occidente.
Pero llega el punto de transición: visto desde lejos parece como un salto al vacío, dejar de ser turista y comenzar a ser residente; "...amargura sin nombre de dejar de ser niño y empezar a ser hombre" según palabras del poeta ecuatoriano Medardo Ángel Silva. ¿Es amargo? De alguna manera sí, la presencia temporal, la turística, es una vivencia adolescente, irresponsable, libertina: todo está permitido; total, en un rato más hay que salir de aquí.
La del visitante de paso es la rutina del ser sorprendido (que no perplejo), del alma inquieta (no asustadiza), de la emoción con fecha de caducidad (que no de la pasión irrefrenable). Es la del hombre que hace concesiones nimias mientras está de vuelta a su metro cuadrado de seguridad y de confort donde no concede nada. El explorador audaz, el extranjero que salva sus nalgas de una cornada en Pamplona, una esponja que absorbe sin filtro las fachadas, tanto como las miradas condescendientes y remilgosas de los locales, la actitud de un mozalbete despreocupado, la reflexión epidérmica sobre la otredad de un ser humano que se deja seducir por baratijas. Con una facilidad pasmosa la mujer se enamora perdidamente por tres días del botones del hotel y el hombre desata fuegos pasionales por la mesera del restaurante. La actitud del turista siempre es la de un amateur que baila sobre una cuerda floja. ¿Hasta dónde transgredo para aprehenderlo todo en tiempo récord?, esa es la consigna.
Mirador en lo alto del santuario de Yamadera.
El tiempo se acaba de dos maneras: o es hora de regresar o es tiempo de dejar de ser un turista y cambiar a la orilla del frente, allá donde se debe aprehender todo lo necesario para no transgredir.
Ser acogido por un país, entre otras cosas, significa, como canon mínimo, respetarlo; la actitud debe ser permeable en un juego que algo tiene de trampa, pues ha de volverse un ciudadano de aquí, sin perder la identidad de allá. Una tómbola de derechos y deberes que se construyen alrededor de una cultura diferente.
Ese es el limbo, uno diferente al de la imagen cristiana de una sala de espera difusa en la cual se aguarda el veredicto, este es como un momento detenido en un lugar inexplicable en el cual se fragua la nueva realidad. Este limbo de la realidad provoca amargura y felicidad, complacencia y ansiedad, las expectativas son alentadoras y catastróficas, quizás sea la más macabra acción de alternar simultáneamente los contrarios. ¡Maldita sea la dialéctica!
El japonés Yukio Mishima, uno de los más destacados escritores del mundo, en el libro El Templo del Alba tiene unas referencias soberbias sobre el atardecer, el no momento, el instante donde se desatan las fuerzas que no se ven o no nos atrevemos a mirar, los minutos de la transición del día y a la noche, la escapada del sol y el arribo de la luna, el suspiro que media entre la vida y la muerte.
Ese es el limbo en el que se sobrevive. En este estado, la actitud menos apropiada es esperar un veredicto con los dedos cruzados; pero, hay una peor todavía: nos ser permeable.
A lo mejor el orden del ser humano mande que después de la sorpresa debe venir la reflexión. Dígase con precisión, una segunda reflexión pues la sorpresa misma ya es un proceso reflexivo. Y se puede suponer que ese proceso puede provocar dos reacciones que, de por sí, empañan el proceso de apropiarse del envés del mundo. Una de ellas es sentarse, relajarse y disfrutar. La otra, valorar y sobrevalorar lo dejado en el pasado y atarse a las evocaciones.
Puede hallarse una tercera vía que será la más difícil, una que impele a caminarla con libertad, con amor y con pasión, esa es la combinación adecuada para aprender lo que es importante (y dejar lo periférico) sin estrellarse contra la sociedad como un meteorito.
Hay muchos aspectos dispersos que se han mencionado hasta aquí. Pero se los puede juntar en el que llamo “el síndrome de la dubitación”. Puede resultar más claro si se usa el ejemplo de un francotirador que tiene a su blanco en el punto de la mira, ha calibrado el instrumento a la distancia correcta, las condiciones meteorológicas son ideales, pero decide mirar con el otro ojo para comprobar que efectivamente el blanco está a tiro. Cuando lo hace el objetivo ya no está.
Estudiantes a la entrada del complejo religioso de Kiyomisudera
Japón es un país complejo, cuesta ver el final del pozo, hay que rascar despacio y seguido para descubrir lo que hay dentro de la piel. ¿Es solamente un asunto de las formas? No, es un asunto de normas. ¿De las leyes? De antiquísimas leyes de evolución que mutan todos los días, que fueron creadas por fuerzas distintas a las del Japón actual y que por ende ahora no se pueden modificar; ni entender.
Evidentemente se puede aprender la mayoría de esas formas pero es muy difícil asimilar la lógica que está detrás de los protocolos
La verdadera tortura del "síndrome de la dubitación" es, para seguir con el ejemplo, que el francotirador, por honestidad, deberá disparar, deberá hacerlo de todas maneras. Será enseguida o mucho después, pero no puede dejar de hacerlo.
Entrar en el espíritu japonés es inevitable, es además un ejercicio responsable de convivencia y esa es la tercera vía: entrar con libertad, con amor y con pasión.
El “síndrome de la dubitación” obstaculiza esa posibilidad porque contrapone a la libertad la duda, el prejuicio; opone al amor el interés por usufructuar; y, a la pasión se le opone el cálculo intelectual y el marco lógico. Si vence el “síndrome de la dubitación” la vida del residente se vuelve como una resbaladera, a través de la cual se desciende con vértigo para llegar a la quizás más perniciosa de todas las actitudes: evitar por todos los medios ser permeable a la cultura local.
Cada persona que se instala en el Japón mira este proceso desde su ángulo. El de Llamingosan es este, un ejercicio de convivencia responsable con libertad, amor y pasión, ¡Vamos por él!


No se alejen, hay mucho más por ver.



lunes, 4 de diciembre de 2017

En el envés del mundo 第二章 (Segunda parte)

Llego donde ustedes nuevamente para contarles esta otra parte de la historia que, a propósito, dejé inconclusa.  Hagamos un recuento: para un latino adaptarse a la vida en Japón demanda esfuerzo. Y más aún, como consta en esta segunda parte, si hemos de encontrarnos con un país que funciona a la izquierda

Japón es una país con un capitalismo pleno pero que ha logrado un estándar socialista de igualdad. Es decir, no hay pobres (salvo un porcentaje mínimo de indigentes “voluntarios”, gente que no quiere acogerse a los programas de protección), el nivel de vida promedio es alto y no hay personas escandalosamente ricas. Todos tienen acceso a todo. Eso se logró con el capitalismo que, en el caso de este país, conquistó los tan deseados preceptos del socialismo, un capitalismo que puso al ser humano en el escalón superior al libre mercado.
Es una definición económico-política difícil de entender pero real; hay pocos en capacidad de discutir que es un modelo de libre mercado pero, igualmente, nadie puede negar que ha logrado políticas de beneficio de los ciudadanos de gran impacto.

 
Pero no solamente son zurdos en los resultados de su política económica de tinte social. Hay una minoría respetable de países en el mundo en los que el volante está a la derecha del vehículo y se conduce por el carril de la izquierda.
Pero, independientemente de por dónde circulan los vehículos –y las personas- respetar este sencillo código ciudadano marca una diferencia crucial. Es un acuerdo social para que, por ejemplo, sea posible vivir en una megaciudad futurista como Tokio; así se ha organizado esta sociedad y así funciona.
Para los más de trece millones de habitantes de la ciudad (y treinta y cinco millones si se calcula la población del Tokio metropolitano), vivir en orden es un sinónimo de supervivencia, se necesita reglas claras; pero el éxito se ha logrado sobre todo por los ciudadanos que dispuestos a cumplirlas. Muchos personas en buena onda.
La actitud ciudadana es parte fundamental de los estudios formales. Los primeros años de escuela pueden ser resumidos en una larga, extensa y profunda preparación en torno a los valores fundamentales: solidaridad, organización, respeto. Estas virtudes son generales y se usan todos los días; para Tokio, esa es la razón por la que la ciudada logra ser el espacio de convivencia con calidad de tantas personas.
El Ecuador es el país con más densidad de población de Sudamérica, (66 habitantes por kilómetro cuadrado). Japón tiene 336 personas en cada kilómetro cuadrado y Tokio... Es una cifra que provoca miedo pero no hay alternativa: 6.282 habitantes por cada uno de sus más de dos mil kilómetros cuadrados (estadísticas de 2017). Un 50 % más que en Bogotá, más del doble que Lima, aproximadamente un 45 % más que Caracas.
No es conveniente dejarse asustar por estas cifras, la realidad es todavía más complicada. El que se ha mencionado es el número de residentes registrados en la ciudad, pero muchos más llegan todos los días para trabajar desde sus residencias ubicadas en las preferctuas vecinas. Esto, en cifras, signifaca que las cinco estaciones de metro más concurridas reciben al día no menos de seis millones de personas. ¿Que cómo se organiza a tanta gente? Fácil, caminan por la izquierda. En orden.
Pero, además, quienes la habitan saben que la responsabilidad es compartida entre las instituciones y los ciudadanos. En Japón existe un gran respeto por las personas. Y muchísima cordialidad. Debe ser el país el mundo que emite más agradecimiento por persona por hora en el mundo, estadísticas que incluye a los planetas que están habitados en las galaxias cercanas.
Shinjuku, para mencionar un caso, la estación con más movimiento del mundo, recibe al día tres y medio millones de pasajeros. La estación tiene 36 andenes y más de 200 salidas para atender a quienes viajan en una veintena de líneas de metro, tren y bus.

 
Sucede que hay orden, el orden marcado por la izquierda, puede ser de las pocas ciudades del mundo en la que se hace fila ordenada para entrar al metro inclusive en horas de mayor tráfico. la presión es aún mayor porque en su naturaleza está la puntualidad, pero también está la amabilidad.
Tienen la encantadora venia, un símbolo muy activo de la identidad, es un lenguaje que se traduce de diferentes formas dependiendo las circunstancias, pero venias se miran por todas partes y siempre. La palabra más común para saludar es konnichiwa, luego de decirlo se hace una venia, inclinación que es es una señal de humildad.
Existe un blog que nombrado "Una japonesa en el Japón". En él, Nora, la autora, dice que "No es solo un acto de cortesía, es algo más profundo, y a pesar de inclinarse al saludar, no significa humillación ni sumisión. Inclinar la cabeza delante de una persona significa literalmente ‘entregar la cabeza’ (頭を差し出す – atama wo sashidasu). Es decir, ofrecer la parte más débil del cuerpo humano significa que le confía su vida a (...) esa persona, es un acto de respeto y confianza".
Los japoneses son muy protocolarios y no se permiten el desafuero de hacer la venia mientras caminan. Se deben detener, los hombres colocan las manos sobre el músculo vasto lateral de los muslos, en la famosa línea del pantalón; y, las mujeres las juntan debajo del vientre, en el punto que se conoce en japonés como hara, donde se acumulan la energía vital y el equilibrio.
La inclinación es diferente para cada caso: unos pocos grados para saludar a alguien conocido, otro poco más para saludar a alguien desconocido, algo más cuando se hace una presentación pública y un poco más todavía en actos oficiales y religiosos. Es difícil para un extranjero saber hasta dónde deberá ir la venia para rendir el respeto justo a quien está al frente. Sin duda, si un japonés tuviera al Emperador frente a sí, la venía llegaría hasta cuando la frente toque el piso. La máxima expresión de respecto es también la manera más pronunciada de pedir perdón. Es famoso la venia que hicieron los principales ejecutivos de Tepco: es la empresa dueña de la planta de Fukushima, que tuvo un accidente nuclear luego del doble desastre natural de marzo de 2011. Frente a los medios de comunicación se arrodillaron y tocaron la cabeza con la frente para pedir disculpas al pueblo del Japón.
Los japoneses siempre expresarán mayor cordialidad con los extranjeros, porque saben que para ellos es difícil entender estos principios de vida. Muchos gaijin, paralabra que se usa para los visitantes y que se puede traducir como "forasteros", no intentan siquiera entender las razones por las que la cotidianidad es así.
Por eso, visto desde occidente, el Japón es un país excéntrico, en el que los ciudadanos defienden por sobre todo el orden y el respeto de la vida común, elementos que son más bien extraños en el mundo e, inclusive, en los países vecinos como las Corea y China. Hay abundante muestras en los actos cotidianos y son reglas no escritas que se desarrollaron desde hace siglos y para las que no se impone persecuciones legales, es suficiente con la conciencia. 

A los japoneses debieron acoplase a una vida así que es, desde otro punto de vista, un entrenamiento cotidiano para enfrentar los desastres naturales que les han golpeado con la mayor frecuencia del mundo. Ahora ya no pelean contra los desastres provocados por los fenómenos naturales, ahora saben vivir con ellos sin mayor drama. Además, por la izquierda.

Estoy pronto con ustedes y con el final de estos artículos. Hasta pronto.

lunes, 27 de noviembre de 2017

En el envés del mundo 第一章 (Primera parte)

Hola, tengo mucho gusto de saludarles. Sucede que cuando un persona llega a vivir a otro país enseguida cuenta lo que le llama la atención, bien o mal. Pero raramente relata el proceso de convertirse en el nuevo ciudadano de un grupo humano estructurado. Es un hervidero de pensamientos, reflexiones y sensaciones. Y es lo que trato de transmitir en este primer capítulo de una serie de tres.

En el fondo y en la forma, es una zoquetada intelectual decir que este texto describe lo que hay al otro lado del mundo. A los seres humanos nos han entregado como residencia una pelota azul verdosa; pelota redonda; redonda, sin lados.
Se parece al cerebro humano, tiene hemisferios integrados. Es como el alma, fluye como una pompa de jabón que no distingue direcciones, que se ríe de la gravedad y que no se permite esquinas: todo es igual y diferente.
Si no hay lados, ¿cómo señalar geográficamente este archipiélago que está a una docena de miles de kilómetros de distancia de Sudamérica, al nor-oeste, a través del océano Pacífico?
Prefiero decir que es el envés. Estar de pies sobre una montaña con la vista fija hacia el horizonte para descubrir una perspectiva desconocida; esta óptica nueva muestra la vida de otra manera aunque es la misma vida, un paisaje que aunque parezca diferente es el mismo pero mirado con el envés de la razón; una energía igual, invertida.
Este país, ubicado en el meridiano oriental 140°y en el paralelo norte 50°, no está en otra parte que no sea el mismo lado de la vereda del mundo. Pero es invisible desde América Latina, dada la curvatura de la Tierra y, por eso, provoca la sensación de que es un espejo, que el Japón es la misma imagen pero invertida.
En datos puros y duros, es un archipiélago formado por más de seis mil islas. Si se las juntaran tendrían una superficie de 374.744 kilómetros cuadrados; está al este de Asia continental, en el océano Pacífico.


Muchos han ocupado su tiempo en responder la pregunta de cuál de las imágenes es la real y cuál un reflejo, pero ese ejercicio es igual de vano que hablar del otro lado del mundo. Las dos imágenes son reales, la repetición exacta de cada uno de los detalles me provoca imaginar que a ninguna de las dos se le pude acusar de ser un reflejo de la otra y, de hecho, en el espejo hay un mundo completo, conciso y coherente.

La Región de los Cinco Lagos, vista desde la cima del monte Fuji
A mi entender, el espejo es la forma; para citar al escritor ecuatoriano Juan Valdano, son los nimios rituales cotidianos los que abren un abismo entre quienes están en la realidad del reflejo o en el reflejo de la realidad, son los protocolos, las normas y los usos los que abren un abismo que nos parece insalvable. Debido a que los modos son diferentes nos solazamos ante nuestros conocidos con la manida frase de "estoy en el otro lado del mundo". Y no nos alcanza la humildad para aceptar que estamos en el mundo, en el mismo: más allá o más acá.
Mientras caminábamos por las afueras del Palacio Imperial y mirábamos los muros y los árboles –ver más allá es imposible-, caímos en cuenta que hay una sensación de inseguridad y esa incapacidad de tener el control puede provocar algún nivel de pánico.
Es esto: la vida en la ciudad propia, donde se ha nacido y vivido es, sobre todo, predecible, las sorpresas se enumeran con pereza y las historias que hay para contar se refieren a detalles insignificantes: hay la seguridad de la hora del ocaso, del tono de voz con el que se llama a la señora de la tienda; se puede saber con mucha certeza quién ganará las próximas elecciones y acercase mucho a la tasa de crecimiento de la economía. Hay, en definitiva, la sensación de haber dominado a la ciudad, ser el dueño de sus primaveras y sus neurosis.
Pero, en el momento en que se se abandona esa pradera predecible, donde se interactúa fluidamente, cuando se deja la esquina de confort, emerge la sensación de ser seres miserables, veletas mangoneadas por fuerzas inentendibles e incontrolables.
Se pierde la sensación de dominio del medio, el miedo se apodera del cuerpo como si fuera la ropa interior, a pesar de que frente a sí existen seres humanos iguales, calles, ritos en los templos, puestos de venta de comida, impuestos, noches y cuervos cuyo graznido puede nublar el sonido ronco del motor de un Lotus de sueño.
Y sí, vivir en el envés del mundo, en este archipiélago cariñoso y extraño, es lo mismo que habitar el revés del espejo, es mirar una puesta de sol que en realidad es un amanecer.

lunes, 16 de octubre de 2017

Japón, donde el sol nace todos los días. Parte III

Esta es la parte final de este artículo que trata de mirar el Japón desde el espacio, para descubrir aquellos elementos que conforman la esencia del país del sol naciente. Veamos ahora algo sobre su vecindadrio o, mejor dicho, acerca de una vecindad tensa. ¡Bienvenidos!

Durante la Restauración Meiji, tras fuertes amenazas externas, los gobernantes del Japón decidieron dejar una historia de siglos de aislamiento voluntario e ir a ver el mundo que estaba fuera de sus muros de agua.
Fue un archipiélago cerrado a cal y canto. Nadie entraba como tampoco salía, salvo excepciones. Es conmovedora la historia de Hervè Joncour (el protagonista de la novela “Seda”, de Alessandro Baricco) y sus viajes subrepticios para comprar gusanos de seda en Japón. De ese claustro, del encierro, de ese caracolillo les liberó el emperador Meiji, quien lideró una era de reparación de desarreglos y sobresaltos.

Jinete que participa en el rito de Yabusame
La Restauración Meiji provocó una transformación muy profunda. Se cambiaron los kimonos por los frac, las afiladas katana de Masamune por las ruidosas pistolas Smith & Wesson, y el pescado crudo por la carne a la parrilla.
Fue la que época cuando sucumbió el sistema de gobierno de los sogunes, que había caducado décadas atrás y que se sostenía como un sistema de privilegios inadmisible. Vino la democracia.
Mucho de bueno y tanto más de malo. En ese momento se inició el proceso que ubicó a este país como la segunda economía más grande del mundo. Sin embargo, se comenzó a asimilar lo extranjero (sobre todo occidental) sin ningún tamiz.
Pero lo peor de este proceso fue que se miró con ojos golosos a los vecinos, con quienes había habido una historia de tensa vecindad: poco amor y mucha necesidad; enemigos íntimos.
Las tropas imperiales anduvieron fundando cabezas de playa en Corea (que era una sola), China y hasta Mongolia, se metieron muy dentro del Asia del este. Sus enemigos todavía no les perdonan que hayan actuado como un invasor implacable y brutal.
Jirō Horikoshi diseñó el modelo del mítico avión Zero, con el que Japón atacó la base militar estadounidense de Pearl Harbor, en Hawai, lo que provocó la inverosímil respuesta de dos bombas atómicas lanzadas contra la población civil de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.
Cobraron fama en occidente, en el evento de Pearl Harbor, los pilotos que convertían sus aviones en municiones y se estrellaban contra los barcos de la flota estadounidense. Se les conocía como kamikaze (pilotos suicidas), pero poco se sabe inclusive hoy del significado de esta palabra (kami=dios, kase=viento).
Japonés en el santuario de Yasukuni
El viento divino había salvado al Japón de al menos dos invasiones de mongoles. Cuando las enormes flotas trataron de cruzar el Mar Oriental de la China o Mar del Japón potentes tifones asolaron las fuerzas navales y se creyó que los dioses defendían el archipiélago, el viento divino al servicio del Japón. Los pilotos en mención trataban de emular el viento divino que protege su país y, para ello, dieron su vida.
Pero ni las historias épicas ni los sufrimientos horrendos pudieron cambiar la realidad de una vecindad que está siempre abrigada por desacuerdos.
A mediados de octubre se festeja en Japón el O-bón, una fiesta semirreligiosa en la que se allana el camino para que los muertos encuentren las casas de los vivos y puedan pasar unos días juntos (de alguna manera se parece al católico Día de Difuntos).
Una parte de las autoridades del gobierno japonés y miles de ciudadanos visitan ese día el santuario de Yasukuni, en el cual están enterrados quienes para los nipones son sus héroes de guerra.
A día siguiente –todos los años, disciplinadamente- los gobiernos de China y Corea del Sur emiten protestas oficiales porque para ellos el gobierno del Japón ha rendido honores a quienes consideran que no son héroes, sino criminales de guerra.
Ese día, todos los años, los ritos del pueblo japonés y las protestas de los del continente funcionan como una ceremonia para recordar que hubo malos momentos en el pasado pero también la ratificación de la necesidad de convivir lo mejor posible.
Japón tiene disputas de límites con Rusia, China, Taiwan, Korea y Singapur. En el Asia existen muchos conflictos de fronteras sobre todo por la disputa de tierras insulares. El punto más crítico de la actual coyuntura en la relación con China son las islas Senkaku, un conjunto de pocas islas pequeñas inhabitadas que son reclamadas por los dos países.
El enfrentamiento se calentó en 2011 cuando la Gobernación de Tokio compró las islas a una familia que las había registrado como su propiedad privada dentro del territorio japonés. La idea del Gobernador Shentaro Ishihara fue garantizar que las islas estuvieran deshabitadas, pero eso fue tomado por el gobierno de Pekín como una amenaza y se han mirado a los ojos muy cerca varias veces.

Esas islas estuvieron ahí siempre, en la década de los cuarenta se fijó como parte del territorio soberano del Japón y estuvieron solas y desatendidas hasta que los nipones encontraron yacimientos minerales importante en el lecho marino. Se dispararon las alarmas y se inició el conflicto.
Y, en 2017 se han vuelto más cercanas las amenazas de Corea del Norte. Según se susurra casi en voz alta, los norcoreados tienen jurada la venganza contra Estados Unidos y el enclave más cercano es la isla, Guam, que es territorio estadounidense de ultramar. El trayecto de los misiles de la Corea del Norte deben pasar por encima del cielo soberano de Japón y hay muchas apuestas sobre si tales cohetes tendrán el vigor para volar por sobre el archipiélago o se quedarán sin aliento en la mitad de la ruta.
Seguramente estos serán de esos eventos que se registra en los pies de página de la historia, porque Japón es un referente mundial indispensable, no es posible prescindir de lo que le pasa a este país.
Por cierto, ha llegado a ser lo que es gracias a lo que en occidente se dio por llamar el “milagro” nipón. Pero mientras se camina por la calle es evidente que esta no es una tierra donde abundan los milagros sino el trabajo. Y la organización. La dedicación y la responsabilidad social. La solidaridad.
Todo ha sucedido sin mayor ruido, sin pirotecnia ni neón, los japoneses son más bien silenciosos. Les gusta la quietud. Les encanta. Karlfried Graf Dürckheim fue Embajador de Alemania en Japón y, sobre todo, un fanático de este país. Lo estudió, todo lo que pudo (es virtualmente imposible para un occidental llegar a la médula de lo japonés). Llegó a ser maestro zen y luego de su viaje intelectual y espiritual escribió el libro ”Japón y la cultura de la quietud”.
Karlfried escribió: "Un japonés lleno de edad y sabiduría me dijo en cierta ocasión: 'Para que una cosa adquiera relevancia religiosa, solo necesita ser sencilla y repetible'. ¡Sencilla y repetible! Toda nuestra vida cotidiana está llena de cosas sencillas y repetibles. Consideramos nuestras acciones tan sencillas y tantas veces repetidas de cada día como una condición y requisito de nuestras consecuencias propiamente dichas. 'También' lo son para el japonés. Pero para él se convierten además en oportunidades de experimentar lo 'auténtico y verdadero'. Adquiere de nuevo conciencia de sus automatismos inconscientes, y los convierte en objeto del 'ejercicio para la experimentación de la armonía' y también del ejercicio de un estado del propio yo en el que esta experiencia de la armonía y su custodia pasan a ser el 'leitmotiv' de toda su vida".

Y continúa: “Detrás de todo ello está la sumisión humilde y natural a la muerte como la otra cara de la vida. El sentido central de todo ejercicio está en considerar a la muerte como la otra cara de esta vida y al morir como la puerta para la otra vida superior. La educación japonesa, a base de ejercicio, es siempre una educación para la muerte; supone siempre aprender a dejar morir una y otra vez al diminuto yo. Un japonés me dijo: «Vuestra educación está relacionada casi en exclusiva con esta vida. Nuestra educación para la vida pasa siempre por la educación para la muerte»”.
Con silencio, actos repetitivos y quietud el Japón avanza hacia un futuro forjado. Todos los días ve cómo el sol nace desde el fondo del océano Pacífico, todos los días ven como la diosa mayor, Amaterasu, se hace cargo de que no les falte luz.


Les veo pronto, otras investigaciones están en marcha.

viernes, 6 de octubre de 2017

Japón, donde el sol nace todos los días. Parte II


Vengan, esta es la segunda parte de una serie de tres artículo. Hoy, vamos a hablar en razgos generales del últimpo imperio del mundo.

Akihito es el descendiente de la dinastía imperial continuada más larga del mundo. Desde Jimmu (11 de febrero del año 660 a.C.) se han sucedido 125 emperadores. Aún ahora, en los documentos oficiales se debe escribir el año de acuerdo al calendario gregoriano y el número de años de ejercicio del emperador en funciones. Por ejemplo, 2012 en el
calendario gregoriano equivale al año 24 del actual emperador. Y es fiesta nacional el día de su cumpleaños, sea cual fuera la fecha. En un contrato de arrendamiento, por ejemplo, consta la denominación local del tiempo y también en las papeletas de depósito de los bancos.La Constitución del Japón en vigor (elaborada por las fuerzas de ocupación estadounidenses) afirma que el Emperador es el "símbolo del Estado y de la unidad del pueblo"; no tiene poderes políticos pero es un Jefe de Estado ceremonial que representa la monarquía constitucional.
Vista de Tokio desde el Palacio Imperial
Luego del ataque atómico y la rendición de Japón, las fuerzas de ocupación estadounidenses trataron de lograr que, por decreto, se eliminará el carácter divino del emperador, pero los japoneses advirtieron que podían negociar todo, menos eso, que se jugaban la vida por defender a su emperador.
A la investidura del Emperador se le conoce como el Trono del Crisantemo. Esta flor, de 17 pétalos, es el símbolo del poder imperial y el escudo de armas del país, si es que puede considerarse tal.
 
Aki-Hito Tsugu-no-miya, casado con la Emperatriz Michiko,es un hombre delgado y de baja estatura pero quienes han estado frente a él no han podido sostenerle la mirada. Han dicho que estar en presencia de Akihito provoca la sensación de que ese hombre, el hijo de la diosa creadora de esta Nación, tiene una presencia capaz de llenar un salón vacío. Sin ninguna muestra de soberbia, Akihito se presenta como el administrador excepcional de una complejidad tan extrema que ha logrado dominar la simpleza.

Asumió la regencia de la Casa del Crisantemo el 22 de septiembre de 1988 tras la enfermedad y muerte de su padre, Hiroito. Como es la tradición, dio nombre a su reinado como la Era Heisei, que significa "la paz conseguida". De hecho, con este segundo nombre se le conocerá en la posteridad.
Emblema de la Casa Imperial a la entrada del santuario de Engaku-ji
Es, por otro lado, la cabeza visible la religión sintoísta, que no ha concebido una estructura jerárquica. El emperador es el protector de la iglesia sintoísta y, de hecho, está a cargo de la protección y funcionamiento de algunos santuarios que tienen un bagage histórico extraordinario.
Muy pocos seres humanos pueden darle la mano al Emperador del Japón, al último emperador del mundo, de hecho los japoneses no le pueden topar y si así pudieran no se atreverían a hacerlo.

Villa Imperial de Katsura, en Kyoto
Aquellos que pueden compartir instantes con él, a veces sin saberlo, viven una cima en sus vidas nada más con compartir el espacio vacío de un enorme salón con el descendiente de la diosa del sol, cuyos rayos dibujan susurros amarillentos contra los mínimos ornamentos de un salón palaciego.
El respeto del que goza Akihito se lo ha ganado con esfuerzo tras las turbulencias provocadas por su padre, Hirohito, a quien le tocó, en cronología inversa, rendirse ante Estados Unidos, soportar el primer y único ataque con bombas nucleares de la historia de la humanidad, entrar a la segunda guerra mundial del lado de la Alemania nazi.
De esa manera culminaba una aventura expansionista que se inició en el siglo XIX. 


Unos días más y estará aquí la última parte de esta historia. No dejen de venir.