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viernes, 14 de septiembre de 2018

La activa vida bajo tierra


Vengo como siempre con nuevas historias que contarles, pasen, siéntense, ¿té verde?

Uno de los primeros actos de ruptura con mi naturaleza andina, que sucedió cuando estuve de pie y con harto asombro entre las costillas de Tokio, fue entender que la lógica de la vida urbana que dejé en América Latina no tenía asidero en Japón. Menos aún en la actual capital de Japón.
El horizonte en la más grande ciudad del mundo es vertical, es decir, luego de haber copado el horizonte llano hubo que poner de pie la planificación urbana: había que conquistar el cielo sí, pero con la complejidad de una ciudad y un país con sismicidad activa. Y había que conquistar el suelo, hasta la profundidad donde la tecnología lo permita.
Someter al subsuelo, sin embargo, no era una empresa cuyo único objetivo era exclusivamente al transporte subterráneo, sino una alternativa para poder crecer y desarrollar su mundo; por eso convirtieron el espacio de bajo tierra en un mundo rutilante, activo, variado y multicolor.

Estación de Kioto
Una de las razones fundamentales para que esto suceda es que los subsuelos no están pensados exclusivamente como áreas de estacionamiento, de hecho los edificios no tienen parqueaderos subterráneos o si los tienen son limitados.
Al contrario de lo que sucedió en Estados Unidos, Japón no pensó en la expansión basada en el automóvil, sino en el transporte público. De tal manera que la estructura urbana tiene muchos más elementos asociados al bus, el metro, el tren, bicicleta y peatón, que el automóvil.
Eso significa que bajo los edificios, los parques o los centros comerciales hay espacios disponibles para tantas otras actividades. A ver lo que pasa con dos lugares que son conocidos en términos generales como estaciones pero en cuyo interior hay un desarrollo sorprendente: la estación de Tokio, que se ampara en el concepto de estación central, y la de Shinjuku, que mereció una historia particular hace unos meses y que se puede leer aquí.
El universo de los subterráneos es diverso y está marcado por el flujo de personas que, a su vez, depende de si es un centro de transporte público o un eje ciudadano. Esto se aplica con más rigor a Tokio que es una ciudad que, al contrario de las que nos son habituales, no tiene un centro, un eje.

Estación de Kioto
Los barrios de Shibuya, Shinjuku, Roppongi, Marunochi y Ueno pueden ser los cinco ejes con mayor distribución de transporte y mayor presencia de personas. El uso multidimensional o multimodal es, entonces, una exigencia.
En el subterráneo hay, en estas y en muchas otras, la oficina del sistema de metro, sanitarios indispensables, otros servicios como zapaterías, salones de belleza y locales de variados oficios, siempre matizados por las brisas y los rumores de los trenes que invaden los socavones.
Dominan las tiendas y la venta de alimentos: las conbini, forma japonesa con la que se designan a las tiendas; ropa, cosméticos, zapatos, librerías, farmacias. Y, una variedad inmensa de opciones para comer y de cafeterías.
No por estar bajo tierra estos lugares tienen menor categoría que los que están a la altura de la calle. Nótese que el restaurante de Jiro, uno de los más famosos del mundo y que ha recibido las más altas calificaciones, está en el primer subsuelo de la estación de Ginza.
Y, por otro lado, en el subsuelo del complejo TokyoMidtown está el local principal de Toraya, una tienda con una historia de 480 años de fabricación y venta de dulces, una de las más antiguas empresas del mundo.

Estación de Roppongi Itchome
Estas estructuras polifuncionales suelen estar unidas a varios edificios que emergen desde los subterráneos. El espacio se organiza más o menos así: los subsuelos y los primeros pisos son una gran centro comercial y un eje de servicios. De ahí para arriba hay una porción de pisos para oficinas y puede haber otros tantos para vivienda.
Hay dos ritmos predominantes bajo tierra: el vertiginoso de los que usan estos espacios como zona de tránsito hacia el sistema de transporte y los que mantienen la parsimonia de mirar, descubrir, comparar y comprar. Dos maneras si acaso contradictorias de dinámica, pero que pueden convivir gracias al respeto de los ciudadanos, quienes comprenden que con un poco de predisposición no hay necesidad de conflicto.

Plano de la estación de Tokio (captura de pantalla de Google Maps)
Lo anterior es lo visible, que tiene ese matiz mixto que le da una encanto especial, pero no se puede ver –si acaso imaginar- lo que ha habido que construir para que la gran Tokio crezca para abajo.
Las líneas de metro, por ejemplo, tienen que cavarse una debajo de la otra. Hay andenes que están en el subsuelo 5, es decir, al menos 5 pisos por debajo del suelo y eso demanda de un trabajo de ingeniería minucioso. Las galerías y los túneles tienen que soportar toneladas de peso; deben, además, estar construidas de manera que no se inunden: Tokio está a nivel del mar y, además, hay meses de lluvias fortísimas. Hay que agregar un elemento adicional, la ciudad se prepara siempre para un terremoto de magnitud que provocará un tsunami en la bahía de Tokio y que inundará buena parte de la ciudad: las áreas potencialmente más afectadas, huelga decir, son los subsuelos. Tienen, en ese sentido, la preparación y la tecnología para mitigar los efectos desastrosos de los fenómenos naturales.

Una de las puertas de la estación de Roppongi. Nótese, a la derecha, la cantidad de negocios que funcionan
Estar en esta megalópolis significa, evidentemente, entender el mundo urbano como una estructura vertical. Por eso, es indispensable estar atento de los mapas de los subterráneos, para no perderse de nada y, lo que es más importante, no perderse uno mismo.

(Nota al margen, los subsuelos de algunas estaciones pueden visitarse virtualmente gracias a Google Maps).

Veámonos pronto, ¿les parece?

sábado, 4 de agosto de 2018

Castillos fantásticos

Es para mí un gusto reiterado  recibirles en este que es su espacio. Castillos, un tema fascinante. Ahorma mismo les cuento.

Los castillos en Japón fueron construidos, como sucedió en buena parte del mundo, con un principio utilitario y otro político. Controlar áreas geográficas estratégicas, como rutas de tránsito, zonas productivas, puntos de comercio eran las intenciones utilitarias que animaban a edificar construcciones extraordinarias; hacer una demostración de poder (con el miedo o la benevolencia que pueda surgir intramuros) era una herramienta para facilitar las tareas de gobierno, en muchos sentidos la política en base del poder militar.
Independientemente de la tipo de gobierno dominante, en Japón se construyeron castillos que reflejan con autenticidad la manera de ver su realidad y de ahí se desprenden características que les diferencian de otros.

Castillo de Kumamoto, antes de los daños producidos luego del terremoto de 2016
No se podía dejar de considerar que esta demostración de poder podía ser infinita, pues un daimio debía tener un castillo mejor que el del vecino. Pero gracias a la creatividad de los constructores, muchos castillos se veían –se ven hasta ahora- más grandes de lo que son realmente, para destacar en la competencia del vecindario pero también para intimidar a los enemigos.
Hubo dos momentos en que los castillos fueron un obstáculo para las estrategias japonesas de coyuntura: en primer término, para concluir la pacificación del país durante el sogunato Tokugawa se prohibió más de un castillo por cada daimio (equivalente a feudo), con la intención de limitar el poder local. Luego, con la Restauración Meiji se destruyeron algunos bajo el argumento de que el país debía modernizarse. Antes de 1875 el censo había resultado en un conteo de 170 castillos. Luego de las leyes del emperador Meiji solo quedó una tercera parte.
Si bien en la década de los 30 comenzaron a reconstruirse los castillos por una necesidad simbólica, buena parte de los edificados en la costa del Pacífico perecieron por los bombardeos estadounidenses, en la II Guerra Mundial. No había razón para destruirlos porque no eran una amenaza.

Castillo de Kanazawa
Ahora quedan solamente 12 auténticos. Se respetó en todo lo que se debía los métodos constructivos originales y se añadieron elementos modernos más eficientes para la preservación.Tras el sismo de 2016, el castillo de Kumamoto, uno de los más importantes, sufrió algunos desperfectos que aún ahora no terminan de arreglarse.
En la historia de estas fortalezas se ha de destacar que tanto aspectos de defensa militar cuanto le necesidad de tener estructuras más duraderas, así como el aprovechamiento de las irregularidades de la geografía y la consideración de la sismicidad del archipiélago empujaron a utilizar bases de piedra que, en muchos casos, se convirtieron en complejas fortificaciones. La piedra se utilizó para las paredes pero en el resto de la estructura primaron la madera y los materiales tradicionales japoneses.
El período Edo fue una era de paz, salvo escaramuzas aisladas. Eso provocó que los castillos (y buena parte de los actores que lo habitaban) se convirtieron además en ciudades castillo, alrededor de los cuales floreció la economía, la cultura, la sociedad y la ciudadanía locales. Se convirtieron en las urbes de hoy.
Al final de este período comenzaron a aparecer disconformidades organizadas y sublevaciones, hubo castillos que volvieron a ser armas colosales o reductos inexpugnables, como el de Kumamoto, que resistió uno de los últimos asedios de la historia, que duró de 53 días.
En cuanto a la estructura, el centro de un castillo japonés se conoce como la torre del homenaje, es el eje de la actividad administrativa, área de habitaciones de la nobleza y el punto más protegido de la fortaleza.

Parte del antiguo Castillo Edo, hoy convertido en el Palacio Imperial de Tokio
Los soldados, los artesanos y los mercaderes se ubicaban por fuera de los fosos y los muros de piedra, junto a los santuarios; más allá quedaban los campos de arroz.
Se puede registrar tres tipos de muros: el rústico, piedra sobre piedra; otro en el que se acomodaba las piedras con cierta lógica y se rellenaba los resquicios con piedras más pequeñas y los que se hacían con piedras talladas que calzaban exactamente. En ningún caso se usó ningún tipo de argamasa y en todos eran paredes inclinadas para facilitar las defensas.

Castillo de Osaka
Tras estos muros vivían los samurái, en lo que se llamó “ciudadela”, que protegía otro sistema de muros tras los cuales estaban las construcciones principales.
No podían faltar portones, ubicados estratégicamente, que eran accesos majestuosos en tiempos de paz y trampas mortales cuando la guerra.
Alrededor del techo de la torre del homenaje se solía colocar un pez que prevenía los incendios y alejaba los espíritus perversos.
Todas estas medidas eran tomadas para defender el castillo de un enemigo visible, que atacaba desde fuera de los muros. Sin embargo, había una amenaza igualmente peligrosa y sorpresiva, el ataque de los ninja. Para debilitar sus habilidades se construían puertas secretas y había sistemas que permitían una vigilancia secreta minuciosa de todas las áreas. Uno de los más interesantes inventos es “el piso de ruiseñor”: se disponía las maderas del suelo de tal manera que siempre que alguien pasaba sonaban como el silbido de esta ave.

El monumental "castillo blanco", Himeji
La razón por la que no se construyeron ciudades amuralladas es porque Japón no sufrió invasiones extranjeras. De hecho, hay casos en que se construyeron en el exterior del castillo hermosos jardines por los que paseaban los nobles.
Han sido tan importantes los castillos que el primer patrimonio inscrito por la Unesco de Japón es el de Himeji (prefectura de Hyogo), el que se conoce como “castillo blanco”, un complejo capaz de dejar sin aire a cualquiera.
En todos los casos se puede constatar que se privilegió una construcción y un decorado sobrios, pocos tienen la pompa del oro pues para los habitantes los verdaderos tesoros eran la vista hacia la naturaleza sagrada.
La cantidad de historias que guardan los castillos son memorables. La ventaja es que si se los visita  se puede escuchar los murmullos de la vida palaciega, tanto como los susurros de los asedios y la vida diaria de una sociedad organizada tras los muros.

Espero verles muy pronto.





lunes, 30 de julio de 2018

La pasión por el equilibrio: ikigai

Es bueno que estén aquí y más ahora en que tenemos entre manos uno de aquellos temas que se ha distorsionado mucho.


Recientemente se presentó en Ted Talks  el periodista Dan Buettner quien hizo una investigación de las características comunes de los habitantes de cinco pueblos donde viven las personas más longevas del mundo.
Obviamente, una de las que llama “zonas azules” fue Ogimi, un pueblo de 3.000 habitantes, ubicado en en litoral de la prefectura de Okinawa, en el extremo sur de Japón. Es, según reportes de medios de comunicación, el lugar del mundo con más personas longevas.
Durante su presentación, Buettner menciona con insistencia la palabra ikigai que, al criterio suyo y de los investigadores que le acompañaron, es uno de los motivos por los cuales las personas son longevas.
Foto de Álvaro Samaniego
En la busca de las razones de la longevidad (hay quienes se proponen vivir muchos años, pero otros quieren vivir simplemente bien) también se embarcó el español Héctor García, el autor de una de las más importantes bitácoras en español escritas sobre Japón: Kirai. Ha escrito dos libros en los que sugiere que el eje para tener una vida larga y feliz es el ikigai, tal como lo hacen los habitantes de Ogimi. Hay muchas derivaciones. Como suele suceder en Occidente, de tiempo en tiempo se hace moda un tema japonés, que se lo usa y se lo manosea a placer. Han aparecido luego muchos artículos en los que se realza que esta “corriente exótica de moda” es esencial para obtener un sobregiro en la vida: si usted hace tales cosas vivirá tantos años más que si no las hace.
Como muchos términos japoneses, ikigai no tiene una traducción literal al español y hay dos maneras de entenderlo: la primera es a través de la etimología: es la unión de dos términos que significan vida; y, valor o razón, la razón de la vida. La segunda es la forma como explican el ikigai los habitantes de Ogimi: “la razón por la que te levantas cada mañana”.
Es decir, hay una predisposición, un motivo racional por el cual vale la pena luchar todos los días o, dicho desde otra óptica, una pasión que merece que se le dedique la vida. En la mayoría de declaraciones no hay ninguna referencia a una práctica que asegure el sobregiro de años ni un camino específico al bienestar, sino un pensamiento específico.
Este principio se puede encontrar y explicar en la civilización occidental, de acuerdo a lo que afirma el autor Nicolás Boullosa, del portal Fair Companies.
“Si el concepto de autorrealización y sentido de la vida relacionado con el cultivo personal parte, en la tradición occidental, de Sócrates y una interpretación de cultivo de lo virtuoso según la 'naturaleza' de cada uno, la razón de ser o ‘ikigai’ surge en Japón de la búsqueda de la propia vocación a partir del conocimiento de uno mismo: todo el mundo tiene un ‘ikigai’ y, por tanto, una razón de existir o vocación”, afirma el autor.
Tal vocación, motivación, razón de vivir u objeto de vida no es, en los más de los casos entre los japoneses, un objetivo de trascendencia para mejorar el mundo, dar abrigo a los niños huérfanos o la destrucción de los arsenales nucleares, sino tan simples como cuidar a su tataranieta o pescar tres veces por semana para mantener a la familia.
Hay una estadística que menciona que una tercera parte de japoneses consideran que su ikigai es su trabajo actual, afirmación que invita a dos reflexiones: la primera, es que tales personas consideran que seguirán haciendo lo que hacen hasta su muerte (y se elimina de raíz la jubilación) o que el ikigai puede variar con el paso del tiempo.
Lo dice el medio público BBC de Inglaterra: es “propósito en acción”. “Para Tomi Menaka, de 92 años, su ikigai es bailar y cantar con sus compañeras en el grupo KBG84, como le dijo al periódico Mainichi. Para otras personas puede ser el trabajo en sí mismo. En una cultura donde el valor del equipo reemplaza al individual, los trabajadores japoneses se sienten motivados por ser útiles a los demás, recibir agradecimientos y ser estimados por los colegas, dice Toshmitsu Sowa, director jefe de la firma asesora de recursos humanos Jinzai Kenkyusho”.
Se descubren otras características de este término complejo: no son acciones obligatorias que hay que realizan para obtener un objetivo, sino comportamientos espontáneos y naturales.
En el afán de categorizar las formas del ser, expertos han coincidido en estructurar este pensamiento a través de responder las siguientes cuatro preguntas: qué es lo que amas, en qué eres bueno, qué es aquello con lo que te puedes ganar la vida y qué necesita el mundo.
El ikigai se une a otras prácticas muy japonesas para alcanzar bienestar personal, que puede ser mucho más alto al de la mayoría de habitantes del mundo: comen hasta llenarse al 80 %, están acostumbrados a ingerir muchas verduras, tofu y té verde, realizan una actividad física constante, su alimento anímico es el sentido de pertenencia a un grupo y dejar el trabajo formal no significa cesar en la actividad permanente.
Ahora, parece estar clara la relación entre ikigai y felicidad, en el sentido de autorrealización, del placer interno. No se puede desconocer que esta forma de actuar es una manera de conquistar el satori, la versión japonesa de la iluminación, según el budismo zen. Es conocido que esta religión propone que lo importante no es el destino sino el camino, y las acciones diarias inspiradas en el ikigai van en dirección hacia lograr un estado interno de bienestar, sin fines utilitarios. Los japoneses no se compran la idea de que estar bien y vivir bien sirve para para algo, la sensación interna de armonía les releva de cualquier racionalización
En muchas personas de Japón, además, la felicidad no se parece al prototipo que se ha acostumbrado a trasmitirnos de una persona sana, que tiene una mirada profunda y una sonrisa permanente. El estado que prefieren los japoneses es el de una tranquila melancolía: esa es la disposición de ánimo que alcanzan gracias al ikigai.
Un concepto final, que se aplica a todas aquellas “enseñanzas” que se originan en el archipiélago nipón, ¿se puede emular en otras sociedades o en el mundo en general, se puede aplicar el pensamiento ikigai indiscriminadamente?

Una respuesta primaria es que hay que ser japonés para poder extraer el beneficio esencial de su cultura. El argumento que le sigue es que de alguna manera en el mundo se hace lo mismo, pero por los canales abiertos en las culturas específicas.

Vengan pronto, están en el horno otros temas que pueden ser de su interés.

miércoles, 23 de mayo de 2018

La sensación de pureza del umami


Pase adelante, este es su blog. Ahora les recibo en la mesa.

El científico japonés Kikunae Ikeda es el responsable de haber explicado al mundo las características de un universo que toda la humanidad conocía pero que nadie podía explicar; el umami.
Es el quinto sabor, uno que completa la gama que antes estaba armada con los cuatro fantásticos: ácido, amargo, dulce y salado. Junto con el umami componen la tabla de los sabores básicos o primarios y se los llama así porque no se puede crear ninguno de estos sabores mezclando otros.
Pero el umami pasó desapercibido por mucho tiempo. O, mejor dicho, vivió sin nombre, definición ni respaldo científico, hasta que Ikeda san tuvo la virtud de describir hasta el último átomo la constitución del quinto sabor.

Fotografía de haikugirl.me
No es raro que esto haya sucedido en Japón, país que ha tenido la virtud de desarrollar un pensamiento, una cultura y una ciencia independientemente de los avances de Occidente y sobre todo encima de la banalización de los signos identitarios. Es un principio antiguo (en parte desarrollado por las reflexiones de los samurái) que el universo está compuesto, según Occidente, por cuatro elementos: aire, agua, fuego y tierra; Japón agregó el quinto: vacío.
Pues bien, el sabor que ha llegado en quinto lugar se encuentra, por ejemplo, en el tomate, los espárragos, la carne, el queso parmesano, el pescado o los hongos shiitake. Los estudios científicos que dieron con su identidad se realizaron, sin embargo, en un alga que es fuente de alimento regular del pueblo japonés.Ikeda san, luego de correr estudios de química en Japón y Alemania, pudo sintetizar los componentes del alga kombu, de la que extrajo los tres elementos constituyentes de este sabor: glutamato, que está en carnes y verduras; el inosinato que también proviene de las carnes; y, el guanilato, que es propio de las verduras.
Hay teorías que defienden que el glutamato que se vende para mejorar los alimentos es perjudicial para la salud y otros tantos argumentos que aclaran que el natural y el artificial son químicamente indistinguibles.
Hay que detenerse ya, porque la descripción química de un sabor puede terminar por arruinar el apetito y la cena. Para que tal cosa no suceda la imagen del laboratorio servirá también para explicar que el químico Ikeda san sintetizó estos elementos, como queda dicho, pero además logró reproducir el sabor y concentrarlo en un producto que fuera versátil para jugar en la cocina, para competir o complementarse con sus competidores más cercanos: la sal y el azúcar.
Produjo algo de la misma consistencia granulada y blanca, que se disuelve sin problema al contacto con casi todo. Patentó el invento y en 1909 ya estaba en las perchas de las tiendas japonesas el sorprendente Ajinomoto, un potenciador de sabor que, gracias a la combinación de químicos, resume el sabor umami.
Es como rescatar la mejor parte del sabor de una comida, el umami actúa de maneras sorprendentes en la química del cuerpo y por eso genera una sensación tan especial entre los comensales.
Hay tres básicas: es un sabor muy flexible, que se extiende por toda la lengua, al contrario de los otros cuyos sensores están en lugares determinados. Luego, es persistente, porque a pesar de haber terminado de comer la sensación se mantiene y, con el tiempo, se impone sobre otros sabores que se extinguen antes.
Ana San Gabriel, investigadora del Umami Information Center, con sede en Tokio, afirma que “provoca una sensación táctil sobre toda la superficie de la lengua que dura mucho más tiempo que cualquier otro gusto”. Por lo tanto, “aunque puede que no lo identifiquemos, si no está, sentimos que a lo que comemos le falta algo”. Se puede sentir el quinto sabor en “cualquier receta que contenga tomate, cebolla, ajo, carnes, pescados y mariscos, setas y frutos secos, al igual que productos curados o fermentados”, resume San Gabriel, ya que los compuestos umami se liberan o bien en la boca cuando masticamos los alimentos o bien en los jugos que estos desprenden al ser cocinados.
Además, desencadena una secreción sostenida de saliva por un período prolongado. Los estudiosos han concluido que sin saliva los alimentos no se pueden ni ingerir ni saborear.
Cuando se come umami se produce la salivación y el cuerpo entiende que esa es una alarma de que van proteínas en camino y de inmediato activa el sistema digestivo, de manera que las proteínas se digieran con eficiencia.
Este proceso se puede comprobar sin dificultad, no hay más que fijarse en las expresiones que se descubren en una mesa cuyos comensales se alimentan del umami, constatarlo no tiene parangón. La palabra japonesa, traducida al español literalmente, puede convertirse en “delicioso” o “muy sabroso”.
Si bien el descubrimiento de la esencia del sabor sucedió en Japón, en todo el mundo hay ejemplos simbólicos de la manera cómo se presenta: el mole mexicano, el tomate sudamericano, el jamón ibérico de España y el queso parmesano de Italia, la pasta de camarón de Nigeria, las anchoas escandinavas, el arenque de Rusia o la salsa de pescado de Viet Nam.
En Japón, el miso (una pasta de soya fermentada y sal marina), el shochu (licor de arroz destilado) y el katsuobushi, que son virutas de bonito seco, son ejemplos populares del quinto sabor. Hay recetas fáciles de preparar de comida japonesa que son íconos de umami. Las tiene aquí.
El diccionario de la Real Academia no reconoce la palabra umami y, por ende, desconoce el quinto sabor, pero no hay duda que es el responsable de la palatabilidad (cualidad de ser grato al paladar un alimento).
Cuando tenga oportunidad y quiera experimentar, beba el caldo dashi en Japón; pida la sopa de pollo a la que los chinos agregan cebollas chinas y col; ordene la sopa cock-a-leekie de Escocia; o, como alternativa, la combinación italiana de queso parmesano con salsa de tomate y champiñones.
Gracias a Ikeda san y a sus investigaciones en la Universidad de Tokio ahora sabemos qué es eso tan peculiar en la comida que nos pone de buen ánimo.
 

¡Buen provecho! ごちそうさまでした!

Les espero ya mismo.

sábado, 14 de abril de 2018

El genio artesano de Hokusai

De vuelta, les invito a sentarse, a servirse una copa de nihonshu a 18 grados centígrados y a escuchar esto que les quiero contar.

Probablemente la obra de arte que muestra una enorme hola azul cuyas garras están a punto de atrapar una barca y que tiene por testigo lejano pero contundente al monte Fuji sea de las más reconocidas por el mundo.
Es un grabado, lo creó Katsushika Hokusai, forma parte de 36 estampas cuyo tema central es la montaña Fuji y el nombre original es “Bajo una ola en alta mar en Kanagawa”.
Se ha de ser fiel a quien creó esta maravilla: a pesar de que la pintó aproximadamente en 1830, cuando tenía 70 años, consideraba que todavía le faltaba aprender y practicar para llegar a ser un artista. Le bastaba con ser artesano.
Es relevante lo que él mismo dijo al respecto: “A la edad de cinco años tenía la manía de hacer trazos de las cosas. A la edad de 50 había producido un gran número de dibujos, con todo, ninguno tenía un verdadero mérito hasta la edad de 70 años. A los 73 finalmente aprendí algo sobre la verdadera forma de las cosas, pájaros, animales, insectos, peces, las hierbas o los árboles. Por lo tanto a la edad de 80 años habré hecho un cierto progreso, a los 90 habré penetrado más en la esencia del arte. A los 100 habré llegado finalmente a un nivel excepcional y a los 110, cada punto y cada línea de mis dibujos, poseerán vida propia. Que el cielo, que otorga una larga vida, me dé la oportunidad de demostrar que esto no es mentira”.
Hokusai nació en Edo, al antiguo nombre de Tokio, en 1760, una época muy especial de la historia del Japón, pues el país vivía una paz duradera y las energías se centraban en la construcción del espíritu nipón.
Luego de trabajar en la adolescencia en una librería, a partir de los 18 años -y hasta los 88- se dedicó a pintar, grabar, dibujar, hacer serigrafías, marcar trazos sobre un papel que a golpe de movimientos firmes del pincel se convertían en sucesos animados, vivientes.
Desde los primeros garabatos se alineó a la escuela Ukiyo-e, aunque siempre será difícil dejar en un corral estético a una creación tan vasta. Este estilo se puede definir como “pinturas del mundo flotante”.
En la información oficial del Museo Británico se ha afirmado que “Hokusai dio expresión dinámica a la creencia del budismo japonés de que todos los fenómenos –tanto animados como inanimados- poseen un espíritu y están interconectados”. Pero, hay más, estaba en el punto en el que predicaba el desarraigo de los bienes materiales”.


Manga del artesano Hokusai

No anduvo explorando por los profundos escozores del alma, le encantaba convertir en una obra de arte lo que viera y eso se nota en lo que se conoce como “Hokusai manga”.
Vale aclarar que manga no tiene relación con las actuales historietas, sino que representaban lo que su traducción define (y que la etimología raramente contradice): literalmente significa “dibujo caprichoso”. De esos trazos hechos con una aparente displicencia hay quince volúmenes y están representadas personas, animales y paisajes, todos tienen mucho movimiento y tanto de humor, unas veces sutil y otras con juegos desvergonzados de palabras para satirizar e ironizar acerca de la sociedad japonesa. Publicó quince volúmenes de Hokusai manga.
No pintaba solamente cuadros. Hacía láminas de papel, envoltorios para regalos, bosquejos, láminas para abanicos, retratos imaginarios de poetas clásicos, retratos reales, imágenes de la vida urbana, la moda, el teatro kabuki y las casas de placer; ilustraciones para textos, tarjetas para ocasiones especiales, programas musicales, avisos, felicitaciones, todo el género de surimono. Son notables los encargos de las sociedades de poetas para que ilustre obras ganadoras de concursos literarios. Hokusai llegó a pintar un mural de 200 metros con personajes mitológicos fantásticos para un festival. Se tiene la idea que pintó 30.000 obras, un número importante pereció en un incendio de su casa.

El dragón del humo que escapa del monte Fuji
Hokusai enviudó dos veces, era hábil para gastar dinero y lento para cobrarlo, y tenía un nieto que actuaba al margen de la ley y que le quitaba energías y ganancias. Se mudó de casa 90 veces, algunas de ellas para evitar a los acreedores. Su hija Katsushika O-ei se encargó de muchos de los aspectos prácticos pero era, también, una de las mejores aprendices del artesano.
Se cree que muchas de sus obras fueron creadas por su hija y él aportaba con los terminados y en ocasiones solamente con la firma. O-ei se hacía cargo de cumplir los compromisos que su padre no lograba terminar.
Ambos, padre e hija, tenían una dedicación extraordinaria al trabajo, nunca pintaban lo suficiente a pesar de que el día les quedaba pequeño. Su creatividad navegaba en las pinturas del mundo flotante sin mayor esfuerzo.
En el portal de la Colección Gelonch Viladegut se consigna que “Ese mundo flotante fue también permeable a lo sobrenatural, lo que es especialmente visible en las obras de O-ei y de Hokusai. El arte es para ellos una tempestad, un torbellino dotado de poderes místicos, capaz tanto de inflamar como de apaciguar las almas. La pintura era de hecho una puerta que daba acceso a otro mundo, un mundo que era invisible para los profanos, pero en el que se desplegaban las manos balbucientes de alguien somnoliento, o bien dragones tempestuosos, y un mundo en el que todo aquello que había de yokai (demonios) en el archipiélago, esas criaturas folclóricas, podía surgir en cualquier momento”.
Cuando las obras del artesano florecían, en Japón estaba prohibida la entrada de extranjeros; salvo un par de naves holandesas que acoderaban en el puerto de Shimonoseki. Los marinos sacaron las primeras láminas de Hokusai, pero el Museo Británico adquirió la primera lámina solo en 1860.
Era, efectivamente, un grabado que tenía como protagonista al monte Fuji. El artesano sentía fascinación –¿u obsesión?- por la montaña sagrada.
Decía la tradición que en el monte Fuji estaba escondido el secreto de la inmortalidad, es una montaña sagrada y se cuenta que un emperador ordenó a sus súbditos que cortaran la parte superior para conseguir tal elixir. Además, está escrita en la tradición que en su cima habitan las diosas Fuji-hime y Sakuya-hime.

Tres mujeres tocan instrumentos musicales, de O-ei Hokusai
Con esa emoción pinto las 36 vistas del monte Fuji que es considerada como la cumbre de su genio creativo. Un talento que iluminó a los postimpresionistas Vincent Van Gogh, Paul Gauguin y Henri de Toulouse-Lautrec. Les asombraba el poder de la simpleza. El primero de ellos afirmó alguna vez que los pintores japoneses “Son capaces de hacer una figura con unos pocos trazos seguros, y que parezca tan fácil como abotonarse el chaleco”. Luego, Hokusai pintó otra serie, pero esta vez de 100 vistas del Fuji.
El genio pasó los últimos años de su vida junto a su hija. Los dos creían que cuánto más envejecieran mejorar serían como artistas. A poco de su muerte Hokusai dijo: "Si el cielo me diera solo otros diez años…, solo otros cinco años más, entonces podría convertirme en un verdadero pintor”.
Murió siendo un artesano con un genio superior al de la mayoría de artistas.

Este documental de NHK cuenta la vida Hokusai desde la mirada de su hija: siga este vínculo.
Estaré con ustedes pronto, con más que contar sobre Japón.