Portada

sábado, 13 de mayo de 2017

El ramen y la ruptura

Es un honor para mí estar entre ustedes y, como leerán, solo cabe decir ¡buen provecho!

Cuando era un niño y osaba sorber los alimentos, mi madre me regalaba una reprimenda. A lo mejor por eso es que para los occidentales el uso de los asiáticos de sorber, sobre todo, los fideos puede llegar a ser chocante.
Pero, con el tiempo se aprende que es un asunto de necesidad, no de educación. Los fideos se los suele comer muy calientes y sorber provoca que entre aire junto con el alimento y los enfríe. Es decir, si no se hace esto las consecuencias las paga la lengua.
Esto sucede sobre todo con una sopa que se va convirtiendo de a poco en un ícono de la gastronomía japonesa: el ramen
Ishiyama Hayato es un experto en esta sopa. La ha comido en 6.000 restaurantes de los 30.000 que calcula existen en el Japón. Ha escrito guías y libros acerca de la sopa que, para muchos es un vicio, una costumbre incontenible.
Es un plato muy popular en Japón por el precio, por los valores nutritivos, el sabor y la facilidad para comerlo. Un buen tazón de ramen equivale a un almuerzo por un precio reducido y un comensal normal lo despachará en menos de 10 minutos, lo que le permitirá seguir tras la caza de la admirable eficiencia nacional.
Japón se apropió de este plato, pero también le dio carta abierta para ser el espacio de ruptura de reglas gastronómicas, en una cultura que está más arrimada a la honra de la tradición y a la búsqueda de la perfección sin abandonar los principios básicos.
Según ha investigado el señor Hayato, en 1910 fue contratado un cocinero chino en un restaurante del barrio de Asakusa que, entonces, bullía con los desenfrenos de las vecindades dedicadas al ocio. Allí preparó este plato, muy antiguo en la cocina china, de caldo con fideos. En el comedero innovaron hasta que adquirió su primer rostro japonés.
Esta sopa tiene tres elementos que, como es tradicional en la cocina asiática y sobre todo en la nipona, solo se mezclan cuando se sirven en el plato, de manera que cada uno de los elementos conserve su sabor o, visto desde otro lado, los sabores no se confundan.

El caldo es una preparación en base de huesos animales y vegetales. Depende el tipo, algunas variedades deben cocinar carne y pescado por ocho horas y dejar doce más en reposo. Las tres variedades principales se pueden agrupar en shoyu, en base de salsa de soya; shio, que se sustenta en la sal marina; y, miso, un preparado de soya fermentada.
Lo segundo es el fideo. Hay una tradición asiática muy fuerte de consumo de trigo, de trigo chino y de trigo sarraceno (alforfón). El primero era llamado por los chinos como lamian y se especula de que este es el origen del nombre de la sopa: el japonés no tiene la letra l, ese sonido lo convierten en r; de ramian a ramen hubo muy pocos altercados. La clave de todo buen ramen es que el fideo se produce de manera artesanal en el mismo local, una medida indispensable para asegurar un sabor lucido.
Por último, los aderezos, que pueden ser muchos pero los más comunes son: una lonja de carne de cerdo, cebolla blanca, huevo duro, algas y brotes de soya. De hecho, es posible descubrir la región de donde procede la receta por los aderezos que se colocan en la cumbre del tazón.
Y por esta razón es que es una gastronomía de ruptura. La variedades son tantas como los deseos de experimentar de los cocineros, de manera que hay variedades que se identifican con regiones y otras que se relacionan con quienes los preparan. Sí, hay miles de variedades. Siempre que se use los ingredientes de base, es un plato de libre creación. Y, evidentemente, siempre que les guste a los comensales.
Pero a pesar de que tiene una acogida tan amplia es un plato nuevo en la gastronomía japonesa. Si bien se introdujo en 1910, solamente cuando terminó la II Guerra Mundial cobró fama, según destaca el señor Hayato, debido a la gran cantidad de soldados que regresaron de combatir en china.



La mayoría de restaurantes tradicionales nacieron entre 1945 y 1954, fueron los que hicieron que este plato se convierta en uno de consumo regular. La internacionalización se inició en 1958, cuando se desarrolló y se comercializó el famoso ramen de Maruchan, marca de fideos instantáneos que se vende en todo el mundo.
Pero, la fama de esta sopa en el mundo tuvo que esperar un poco, mientras pasaba la fiebre del sushi, ese otro plato japonés que ha seducido a todo el mundo. Si bien las reglas de preparación del sushi dentro de Japón son estrictas, es un plato que ha permitido que en cada lugar se utilicen ingredientes locales.
El señor Hayato recuerda que el “boom” fue tan fuerte que en octubre de 2014 un restaurante de ramen ganó una estrella Michelin y locales que sirven este plato comenzaron a formar parte de la guía. En esa línea de volver mundial el gusto por la sopa se embarcó la empresa Ajisen Ramen, tiene unos 700 restaurantes en el extranjero.
Si es un restaurante japonés para japoneses, habrá fuera una cortina y encima los tres caracteres nipones escritos en el alfabeto katakana. Dentro es muy probable que no haya mesas, los clientes se sientan sobre la barra, frente al cocinero. Cerca hay una jarra con agua, que es gratis, y un recipiente con palos chinos. La carta no suele ser muy extensa, porque cada restaurante defenderá su manera de preparar el ramen. En la cocina, se destaca la gran olla en la que está el caldo, el caldero en el que se cocinan los fideos y los aderezos ordenados en recipientes. Luego de realizado el pedido, el cocinero pondrá a cocer los fideos, proceso que tomará alrededor de dos minutos; mientras tanto servirá el caldo en un tazón grande. Hasta que eso suceda los fideos estarán listos, los sacarán en las redes en las que se introdujeron en el caldero y con un par de fuertes movimientos de los brazos sacudirá el agua que se haya adherido y los pondrán en el tazón para que se sumerjan en el caldo. Enseguida colocará con la mano y con movimientos medidos los aderezos, que se ubican con algo de arte, el plato debe ser atractivo y la cumbre alegre, por lo que coronará su obra con naruto, un remolino de pasta de pescado que resalta con sus colores blanco albo y rosado, que hace un fuerte contraste con el verde profundo de la hoja seca de alga. El plato es colocado al frente del comensal quien junta las manos y agradece el alimento con la frase “itadakimasu”. Toma los palos chinos con la mano derecha y la cuchara de cerámica con la mano izquierda. Lo que sigue no se debe decir con palabras (si quiere tener esta experiencia y está por Quito, vaya a probar en Yen Ramen).
El ramen sabe a muchas cosas pero tienen un dejo inexplicablemente fuerte a japoneses alegres que no le tienen miedo a que su madre los reprenda por sorber fideos.


Les veo pronto, muy pronto.

miércoles, 18 de enero de 2017

Repensar Tokio (y no perderse en el intento)


Bienvenidos, siéntense por ahí que enseguida comenzamos. Este artículo fue publicado, originalmente, en Revista MundoDiners, en el año 2012. Y dice así:

 
Shintaro Ishihara. Difícil ponerse en los zapatos del que entonces era el Gobernador de la prefectura de Tokyo. Administrar la ciudad con la mayor densidad de población del mundo y cuyos vecinos son el mar y los terremotos es una tarea de valientes.
Uno de los problemas de Ishihara es que no queda un centímetro cuadrado libre en la ciudad para poder satisfacer las necesidades crecientes de los ciudadanos. ¡Uf!, problemas gordos, aunque tiene la ventaja de administrar un espacio ocupado por ciudadanos responsables. Los necesita para que este monstruo no colapse.
La Torre Mori, reflejada en la fachada de una tienda de alto rango
Juunko Kojima sale todos los días de su apartamento de 38 metros cuadrados para aparearse con la maldita rutina; camina los mismos 7 minutos hasta la estación de metro, viaja iguales 23 minutos, asciende a la ciudad por la misma puerta 4B, camina otros tantos 8 minutos y llega a su oficina.
Lo hacen así los 15 millones de habitantes del Tokyo metropolitano. La apariencia brillante de las ciudades cosmopolitas tiende una mortaja sobre los individuos: mientras más habitantes más soledad.
Gran paradoja porque es la ciudad con mayor densidad poblacional del mundo (equivale a todos los ecuatorianos metidos en la mitad del territorio de la provincia de Imbabura).
Minoru Mori, diestro empresario de la línea inmobiliaria, notó que la ciudad propendía a formar ciudadanos ejemplarmente responsables y profundamente solitarios. Además de buscar un buen negocio, Mori trataba de devolver a los tokiotas el placer de la vida de comunidad. Crear los espacios para que se comuniquen con seres humanos iguales a ellos.
Soluciones: desarrollar un complejo para que las personas gasten menos tiempo en ir de aquí para allá y lo usen más para verse con sus conciudadanos en situaciones distendidas.
Mori creyó firmemente que podía darle un mejor estilo de vida a personas como Kojima si ponía todo junto: vivienda, manutención, trabajo y diversión. "Mi visión es crear una ciudad dentro de la ciudad con todo lo necesario para la vida diaria", dijo Minoru Mori.
El lugar que halló como adecuado se conocía como Roppongi (六本木), “seis árboles”. Literalmente. Había seis árboles que eran la marca distintiva de seis zonas propiedad de un número igual de sogunes, jefes militares.
Con el tiempo las tierras se parcelaron y Minoru Mori, para comenzar su proyecto, tuvo que comprar 400 lotes de terreno y alcanzar la superficie que necesitaba para la edificación del proyecto Roppongi Hills, 109.000 metros cuadrados.
Roppongi no es solamente el proyecto de Mori. Se puede decir que es una zona que va desde Roppongi Hills hasta la Torre de Tokio, pasando por Tokio Midtown. Evidentemente buena parte de la vida de esta zona está en la avenida Roppongi Dori.
Vamos por partes. El complejo Roppongi Hills debía tener todo –y lo tiene. Con una inversión de USD 4.000 millones fue inaugurada en 2003 esta micro ciudad futurista.
El eje del complejo es la Torre Mori: un mirador de la ciudad desde donde se palpa la magnitud de Tokyo. Una gran galería de arte, un centro de desarrollo del conocimiento, cinco salas de cine, un hotel y una centena de almacenes y restaurantes.
Fuera de la gran torre existe un jardín hermoso, un escenario al aire libre para actos culturales, un canal de televisión, cinco edificios de apartamentos y dos más para oficinas.
En total, 800 apartamentos. Las oficinas son ocupadas por huéspedes como Yahoo Japan, Credit Suisse, Ferrari, Google y Goldman Sachs. En las enormes torres, diseñadas por corporaciones de arquitectos japoneses, un departamento de 60 metros cuadrados puede costar USD 10.000 dólares de renta al mes. Es el lugar más caro de la ciudad.
Desde Roppongi Hills se mira, al fondo, la Torre de Tokio. La torre, en realidad, se ve desde todas partes. El diseño se inspiró en la Eiffel parisina pero tuvieron el cuidado de hacerle 8,6 metros más alta.
Tokio, visto desde el mirador de la Torre Mori
De acuerdo a las especificaciones del tráfico aéreo, está pintada de rojo y blanco, pesa 4.000 toneladas y sirve como base de las antenas de transmisión de radio, televisión y señales digitales.
En el medio está Tokyo Midtown. Este edificio, la torre de transmisiones y la Torre Mori son las tres edificaciones más altas de la ciudad. Cada una con una cara completamente diferente.
Es evidente que el estilo de Tokyo Midtown difiere mucho de Roppongi Hills pero la finalidad es la misma. En Midtown hay un intento (exitoso) de rescatar el corazón del Japón, pero el uso que se da al espacio es el mismo.
Se destaca, sobre todo, el enorme y hermoso parque de la parte trasera, que durante las festividades de navidad se ilumina con cientos de miles de luces. Pero es más que bombillos de colores, son 250.000 luces LED armonizadas por computadoras, que son capaces de crear una sensación de viaje interestelar.
Menos tradición y más confort
Una bomba atómica puede hacer muchas cosas. Puede destruir un país, puede cumplir la devastadora metáfora bíblica de no dejar piedra sobre piedra. Ni dejar un alma entera.
Pero una cosa es hacer gala de poseer el arma más destructiva construida por el ser humano y otra es soltar una estratégica política que devaste hasta la identidad de una nación.
Hace 70 años que Estados Unidos lo hizo: botó bombas atómicas sobre la población civil de Hiroshima y Nagasaki e inició un proceso de devastación de la nación japonesa. Querían asiáticos aliados y para ello no hay nada mejor que volverlos a la cultura estadounidense: que coman MacDonals y no obento (colación típica japonesa,lonchera).
Mucho de la invasión cultural al Japón se nota en Roppongi. La mayoría de los negocios están hechos para satisfacer los gustos de los extranjeros más que para servir de imán hacia las tradiciones japonesas.
Tener clientes contentos –que gasten bastante- también deja un espacio a lo japonés puro. Es decir, la mayoría prefiere perder lo menos que sea posible el confort de su metro cuadrado, comerá fideos a la japonesa, que no es una aventura extrema, pero probablemente no un delicioso okonomiyaki.
La variedad está ahí, en Roppongi Dori, en la gran avenida. La lección principal es mirar hacia arriba. Al contrario de las avenidas tradicionales en las que movimiento está a la altura de la planta baja, la densidad poblacional les obligó a la conquista del concepto de lo vertical.
En la planta baja de cualquier edificio de medio pelo puede estar una farmacia, en el siguiente piso un restaurante de comida mexicana, luego un bar especializado en vinos californianos y jazz, un bailadero de música electrónica, un restaurante de comida italiana y en la planta más alta un bar de sake.
Para abajo, también. Las estaciones de metro son microciudades subterráneas. En los interminables pasillos hay supermercados y restaurantes. A Roppongi se llega usando las líneas Hibiya y Oedo, esta última es una de las más nuevas y, por tanto, de las más profundas. Las escaleras eléctricas para llegar al andén son interminables, da la sensación de estar demasiado cerca de ardiente centro de la tierra.
En las estaciones y en los edificios hay que mirar la información, que puede estar sobre las cabezas o bajo los pies. O en la voz medio gangosa de decenas de jóvenes que reparten propaganda con esfero, propaganda con kleenex, propaganda con cupón de descuento, folletos, catálogos.
Puede ser eventualmente agobiante la cantidad de información. A Anthony Bourdein, quien tiene uno de los mejores programas de televisión sobre las comidas del mundo, le llamó la atención esta particularidad, la de la cantidad de noticias, datos, aclaraciones y alarmas que hay por todas partes y una buena parte de ellas son alarmas sonoras.
A propósito de catálogos: una cadena de establecimientos de diversión para adultos del género masculino reparte impresos de varias páginas en los que constan las fotos de las niñas que serán motivo de la diversión, sus medidas y el tipo de sangre. Claro, la tarifa. La propaganda se reparte en las calles y la tolerante cultura nipona lo acepta sin reparos.
Información. Roppongi está recargado; los letreros luminosos, los repartidores de propaganda, pregoneros de las bondades de los locales, voces sensuales salidas de parlantes bien ocultos. El griterío puede parecerse a la feria de un pequeño pueblo de los andes ecuatorianos.
La hora y el uso
Hay tres momentos diferentes en Roppongi. En el día, miles de japoneses con trajes negros, camisa blancas y corbatas negras corren de un lado a otro para cumplir con sus oficios. Las mujeres, o bien visten traje formal o usan pantalones cortos, medias sobre la rodilla, una chaqueta y zapatos con tacones de diferente envergadura. Solo los extranjeros van diferente. Al mediodía se repletan los restaurantes
Tokio Midtown
Cuando terminan las horas de oficina se encienden los bares, es muy típico para un japonés tomar un trago antes de ir a casa. Van muchos y con frecuencia a los restaurantes del mediodía que luego se transforman en bares.
Más tarde se prende la fiesta, que puede comenzar a las diez de la noche y alargarse hasta las seis de la mañana, cuando los metros reanudan sus locas carreras uterinas.
Por mucho tiempo, la vida nocturna de Roppongi estuvo regentada por los yakuza (mafias locales) y luego por nigerianos, pero aumentaron mucho los controles de venta de droga y se diversificó la propiedad de los antros.
En Roppongi Dori, una de las vías principales de la tercera economía más grande del mundo, el movimiento es superrevolucionado. No es raro que cualquier turista recién llegado note, en minutos, que ha caído en ese rito. Pero que, además, trate de bajarlo.
Pero pasa un Maserati, cuyo motor suena como los ronquidos del mismo Godzila y cuando termina la fascinación de ese monstruo de fierros se habrá dado cuenta que ha vuelto a caminar a ritmo forzado.
Asalariados caminan presurosos por Roppongi Dori
Tiene la posibilidad de doblar por una callejuela donde alcanza al milímetro un vehículo, caminar 20 metros y encontrar edificios de dos plantas adornados con macetas o un pequeño templo; una anciana que empuja su carro de compras, con la espalda encorvada y la dignidad de un guerrero; un pequeño furgón que ha abierto las puertas y vende verduras o una caminoneta que tiene instalado en el balde un horno de leña en donde se asan papas.
El turista habrá entrado a los espacios donde Tokyo es una ciudad profundamente tradicional y silenciosa. En esa otra urbe también tiene que pensar Shintaro Ishihara. ¡Qué difícil estar en sus zapatos!
Roppongi se repiensa todos los días. Muta de identidad pausadamente, mientras los seis árboles cambian con las estaciones. Su dimensión le impide un minuto de quietud porque puede morir asfixiada por su propio peso.

Eso es lo que quería contarles. Pero les contaré más, solamente dejen que aclare las ideas. Hasta entonces.

lunes, 26 de diciembre de 2016

2017: año del Gallo de fuego

Muchos saludos a todos, bienvenidos a este espacio suyo.

El próximo 1 de enero de 2017, en Japón se iniciará el año nuevo, signado por el Gallo rojo o Gallo de fuego (en China, que se rige por un calendario lunar, el año dará inicio el 28 de enero).
Luego del desorden que orquestó el mono en 2016, ahora hay nuevas reglas, dictadas por un gallo, cuyo elemento es el fuego, que tiene forma de yin y que es femenino. En rigor, debería ser Gallina de Fuego Yin.
El nombre común con el que se le conocerá en el mundo a 2017 es el año del Gallo Rojo. Esta unión de fuerzas resulta perjudicial para las medias tintas, las cosas estarán bien o estarán mal. Las buenas será recompensadas y las malas serán castigadas, sin dilaciones, sin la posibilidad de rebatir o defender.
En China, el año nuevo será el número 4715 y la estación en la que le el Gallo Rojo estará en su plenitud es el otoño.
Queda advertido que para las personas que se dejen llevar por estados de descontrol –comunes con el mono-, será un año marrullero y se llenará de obstáculos difíciles de sobrepasar.
El Gallo Rojo de Fuego Yin es un animal elegante, majestuoso pero a la vez demuestra calidez en sus formas más íntimas así como gran protector. Por ello, será una etapa donde se unificarán lucha y amor en ámbitos generales.
Este signo del horóscopo chino expresa la calidez e invita a mirar hacia adentro, a encontrar el flujo vital que se alimentará del orden, la justicia, la rectitud de procedimientos; las personas, las sociedades o las naciones se agruparán alrededor de principios positivos como la paz.
Pero quienes tuvieran acciones contrarias reproducirán estados de caos, de desquilibrio, en contraposición de quienes privilegien la visión interior, así como la dulzura de las relaciones íntimas y familiares. Pensamientos olvidados surgirán repentinamente, en medio de un ambiente desconcertante, un tanto rígido y muy abigarrado.
Los estudiosos advierten que el gallo es un ser altruista y samaritano. Sabe escuchar y aportar soluciones eficaces. En cada ser humano brotará una semilla de conciencia ante tanta injusticia, y germinará lenta pero segura. Se afianzarán alianzas nuevas entre países y se disolverán otras que parecían eternas. El mundo buscará equilibrar la pasión y la razón.

Año 28 del emperador Akihito

Como se conoce, en el Japón se cuenta el número de años de manera diferente. Esta nación que tiene 2.600 años de fundación estableció que la medición del tiempo estará atada a su Emperador.
De esta manera, desde el día que uno nuevo asume funciones, el calendario se pone en cero. En este sentido, el 2017 del anuario occidental coincide con el año 28 de la era Heisei, como la llama el propio Emperador Akihito. este año aparecerá en todos los documentos oficiales de Japón.
Para este país insular, 2017 podría marcarse con mayúsculas en la historia, toda vez que el Emperador ha expresado su deseo de abdicar al trono, en consideración de que siente que ya no tiene las fuerzas ni la predisposición de ánimo para reinar sobre un país que es la tercer economía más grande del mundo.
En términos legales no existe la figura de la abdicación, de manera que los grandes sabios del país están analizando la mejor manera de complacer a Akihito sin romper una tradición muy antigua.
La dinastía japonesa es la monarquía hereditaria continuada más antigua del mundo, es conocida como la dinastía Yamato. La Casa Imperial japonesa reconoce la legitimidad de los ciento veinticinco monarcas que se han sucedido desde el ascenso del emperador Jimmu.
Esa muy probable que el fin de la acción imperial de Akihito esté marcada por el Gallo de fuego. Es posible.

Espero verles pronto.


sábado, 26 de noviembre de 2016

La estética de lo efímero


Esta es su casa, pasen por favor, siéntense, estoy con ustede en seguida.

El seguiente es el texto de artículo de mi autoría, publicado en la revista MundoDiners de Ecuador, en el mes de mayo.
Desde hace milenios los japoneses le perdieron el miedo al vacío. Han llegado más lejos, su concepto de la nada es tan complejo que para defender su identidad no les falta nada más que enseñar las manos yermas. Ni menos que guardarse en el silencio.
El vacío más explícito se lo puede admirar en un lugar en el que la entrada está vedada. Lo han contado, es el salón donde el Emperador Akihito recibe de los diplomáticos las cartas credenciales. Es un salón muy grande, pero es falto de todo adorno. Lo que llena el nave son la solemnidad, el respeto, la historia, la amistad; nada tangible, es un vacío que se llena con las sensaciones individuales.
El último Emperador del Mundo no tiene un palacio que se destaque por la opulencia y, además, representa a un pueblo que devalúa los objetos porque son efímeros. Ellos mismos saben que tanto vienen cuanto van. Es decir, la estética no es un cubo con lados definidos y esquinas numeradas sino la suma pequeñas explosiones que desvelaron la verdadera belleza pero que se apagaron, a la misma velocidad del ciclo vital de las efímeras.
El disparador de este par de ideas fue la pregunta de un visitante en Tokio: ¿cuáles son las características de las mujeres bellas en Japón? La respuesta fue un silencio que ha durado hasta que estas letras han puesto el ruido que pretende ocupar el espacio de una respuesta.
No hay manera de explicar la belleza femenina sin acudir a los principios de la estética del país. Este el desafío inicial: la estética de un país. ¿Es posible hacer una descripción, en mil palabras, de los principios estéticos de Moldavia, Singapur, Marruecos o Australia? Y si se cierra la mano, ¿hay señas particulares de la estética de Pretoria, Brujas, Quito o Hanoi?
El portal para llegar a las respuestas es entender la naturaleza de los pueblos isleños. Bien se hable de una isla o sea en este momento de un archipiélago sobre el que se ha construido un país desde hace más de 2.600 años. Japón ha tenido al mar como instrumento binario: un inmenso cerco o una ruta de doble vía, las fronteras marcadas con agua imponen un ánimo especial a todo y sí, ha habido veces en que las rutas han estado fluidas y han quedado desoladas en otras. Las islas, los archipiélagos, Japón solo ha dependido de sí mismo y de su capacidad para convivir con el vacío.
De manera que su visión estética o, dicho de otra manera, su percepción de la belleza se puede explicar utilizando categorías que suelen resultar extrañas, sino inexplicables, para occidente. Si son inexplicables para quienes aprovechan el tiempo teorizando, sucede en general que los críticos dan el salto al escaño de al lado, ese en el cual es posible poner este puñado de principios estéticos en el morral de lo excéntrico o, más comúnmente, en el rango de lo exótico. Así se evita la incomodidad de que sus argumentos científicos tengan que ceder espacio y aceptar como válidas categorías como la vacuidad, la melancolía o la imperfección.
El desarrollo disciplinado de la creación y la técnica está razonado como la ruta para alcanzar niveles cada vez más altos de perfección; la perfección se asocia con la belleza, así está diseñado occidente.
La estética nipona, por otro lado, no se apresura para mejorar la creación y la técnica, no prevé allanar el camino a la perfección. Más bien, busca vaciar el ambiente de conceptos para que se produzca la belleza, la belleza única e irrepetible que explota en el encuentro entre el que percibe y lo que es percibido. Los maestros no quieren ser artistas, quieren ser el arte.
En este archipiélago es harto complicado desenredar la cultura y la identidad, de las religiones. El sintoísmo, sus dioses y deidades les ha dado la razón para hacer la cotidianidad con cierto apego místico. El budismo (con un toque transversal de taoísmo) ha puesto los conceptos.
Allá, en el país del sol naciente, se practica sobre todo el budismo zen. Esta secta tiene siete principios estéticos explícitos: asimetría, simpleza, austeridad, naturaleza, profundidad, desapego y calma. Pero se contradice a sí mismo porque teorizar sobre las mil formas de belleza es un seppuku (breve digresión: harakiri significa destriparse, pero seppuku está mejor asociado al suicidio ritual).
Pero bien, los conceptos son estos y las palabras que se han dicho y las que se escriban después han de lograr abarcar los apéndices pero no la verdad sobre la estética.

La ruta del wabi sabi


Su estética, para los japoneses, se llama wabi sabi, dos términos cuya traducción puede ser la belleza de la imperfección aunque, otra vez, el concepto peca de limitado porque no se puede conceptualizar la manera cómo entienden la belleza. La sigueinte es una muestra.
Marcel Theroux, un periodista de BBC, produjo un documental… Es angustiante su desesperación por conseguir una definición de wabi sabi de boca de un japónes. Pregunta y pregunta, en la calle, en el metro, a expertos, a tenderas, a la recepcionista del hotel. Llega luego al jardín de un templo que tiene fama de ser una pieza maestra de wabi sabi, diseñado para evocar las estaciones y el paso del tiempo. Encuentra a un monje que dedica cuatro horas al día para mantenerlo inmaculado. Theroux había experimentado horas antes la profundidad de la ceremonia del té y le inquiere al hombre santo.
El monje responde: “Cuando barro el jardín no pienso en nada más. En ambos, en (la ceremonia del) té y en el zen los objetivos son los mismos. Tú buscas una apreciación de qué es realmente importante en la vida. Lo logras eliminando todo lo que no es esencial. Así es como el té y el zen se vincularon y el término wabi sabi fue creado”. Marcel, el periodista, le reta: “¿Puede definir usted el wabi sabi?”. El monje responde: “¿La definición?” (entre dientes dice «la definición de wabi sabi») “Para ponerlo de manera simple, no hay una definición para wabi sabi. Si se pudiera definir, no sería wabi sabi. Es una idea difícil”.
Dicen quienes mucho han estudiado que el wabi sabi se rige por tres leyes: Nada es permanente, nada está completo, nada es perfecto. Y dicen también que transmite pureza, serenidad y melancolía.
También alcanza con justeza lo que dijo Alessandro Baricco en un escrito de presentación de su novela Seda: “Esto es algo muy antiguo. Cuando no se tiene un nombre para decir las cosas, entonces se utilizan historias. Así funciona. Desde hace siglos”.

Fotografía de Álvaro Samanigo

Y así sucede en este país de simas, las lecciones de estética las dan los expertos en la ceremonia del té. El maestro de la ceremonia se opone al aprendizaje con libros y se asegura de que todos los movimientos sean aprendidos con el cuerpo y no con el cerebro. Las artes tradicionales –la ceremonia del té, la caligrafía, el arreglo floral y las artes marciales– fueron todas enseñadas originalmente sin libros de texto ni manuales. El objetivo no es el entendimiento intelectual, sino lograr la presencia de ánimo.
Es probable que una de las mejores maneras de acercarse a la sensación wabi sabi sea “El libro del té”, escrito a principios del siglo XX por Okakura Kakuzō: solo en el vacío está lo verdaderamente esencial. “La realidad de una habitación, por ejemplo, se encontraba en el espacio libre encerrado entre el techo y las paredes, no en el techo y las paredes propiamente dichos. La utilidad de una jarra de agua está precisamente en la vacuidad donde puede ponerse el agua, no en la forma de la jarra o en el material de que está hecha. El Vacío es todo potencia porque lo contiene todo. Sólo en el Vacío es posible el movimiento”.
Okakura Kakuzō fue un pensador que predicaba con indignación la debilidad de los japoneses que aceptaban la cultura occidental sin tamices y dejaban en rezago la japonesa. Como director e la Escuela de Bellas Artes de Tokio escribió que “Para un japonés, acostumbrado a la sencillez en la ornamentación y el cambio frecuente de método decorativo, un interior occidental permanentemente lleno con un vasto despliegue de cuadros, estatuas y baratijas da la impresión de un mero y vulgar alarde de abundancia. Se necesita una enorme riqueza de apreciación para disfrutar de la constante visión incluso de una sola obra maestra, y realmente ilimitada debe ser la capacidad de sentimiento artístico de aquellos que pueden vivir día tras día en medio de tal confusión de color y forma como se ve con frecuencia en los hogares de Europa y América”.
Belleza imperfecta, impermanente e incompleta. Una ceremonia de té, cuya programa consta de una comida frugal y la preparación de dos variedades de té elaborado gracias a media docena de utensilios y un fogón, puede tomar cuatro horas. Todos esos minutos son usados en hacer lo preciso para que los pocos asistentes tengan un encuentro con la belleza.
La estética japonesa, el wabi sabi, ni es una experiencia para iniciados ni está reservado para expresiones como la ceremonia del té, el honkyoku (música tradicional de los monjes de la secta zen), ikebana (arreglos florales), los jardines y los bonsái, el haiku o el kintsugi (el arte de reparar cerámica).
La sala en la que el Emperador Akihito recibe la cartas credenciales de los diplomáticos recién llegados es una muestra magnífica, así como el templo de Meiji, el mayor del sintoísmo.
Muchos edificios modernos, restaurantes, modas, pintores y músicos; diseños de vajilla, decoración de interiores, estilos de caligrafía, sombrillas, zapatos, letreros, altares y cuadernos. Están ahí las muestras de una identidad de la que viven los japoneses en silencio.
La conclusión es…, ninguna; si acaso la sugerencia de ir e intentarlo con humildad, desapego y cierta nostalgia. Y la convicción de que la estética, la belleza, es un instante íntimo que ya no está más.

lunes, 25 de julio de 2016

Que no se acabe el Japón

Hola, en la mesa hay viandas, en el aparador bebidas, sean bienvenidos a este convite.

Que no se acabe Japón puede tener dos acepciones y depende si la óptica es desde el país o desde quien lo dice. En el primer caso no, el país no se va a acabar, eso se debe afirmar, no se va a acabar a menos que un cataclismo termine con el planeta; si hasta ahora la abundancia de fenómenos naturales y la saña de detractores no lo ha logrado, es harto complicado pensar que se le va a acabar la resiliencia ahora mismo.
El segundo caso es el que aterra: es la posibilidad de que se acaben los días en que se disfruta de estar en Japón o de visitarlo con la nostalgia, la maldición del olvido.
Siempre es necesario tener claro que mi relación con Japón, y creo que la de cualquier persona en un país que le acoge, se forma de escalones.
Espero no cansarles con este corto apartado biográfico: antes de llegar a Japón conocía tanto de este país como de Francia, Moldavia o Nigeria, y cuando supe que iría con un equipaje grande tampoco hice el intento de estudiarlo, no tenía razón para aparentar que sabía a dónde iba.
El siguiente escalón es el que suele acompañar a un turista: novelería, despreocupación, perplejidad. Pero el turista absorbe lo justo porque sabe que el tiempo se le acaba rápido, que en unos días ha de estar sobreponiendo otras sorpresas o se dejará estar en su rutina.
La próxima, la que siguió, fue una ruta escabrosa, difícil, dejar de se turista y comenzar a ser ciudadano. Es decir, aprender los pequeños protocolos cotidianos para volverse parte de la sociedad que acoge. Abandonar el fastidioso “Es que en mi ciudad la cosa se hace así” e integrarse a las formalidades de la convivencia diaria (Japón es fascinante en este punto, una sociedad ahíta de formas auténticas, únicas y vastas). En este trance, además, se comienza a husmear en pestillos y cerraduras con la intención de trasponer la fachada, con mucha emoción y algo de aprehensión, arriesgarse a tantear el alma de una nación, donde están guardados siglos de avatares.
Luego, un escalón más arriba, ya se produce una integración orgánica. Es entonces inevitable preguntarse si habría compatibilidades suficientes para abrazar al Japón e instalar residencia por que tiempo que queda (o que falta). Ese es el punto de quiebre cuando queda bien impreso en el alma un país (que no es el país, desde un punto de vista personal son la cultura, la identidad y la sociedad).


 
“¿Y por qué me seduce tanto este lugar lejano y distante (lejano en distancia y distante en cultura?). Las guías de turismo hacen listas de las cosas inolvidables de Japón, pero no necesariamente coinciden con mis argumentos.
Apreciar. Esa es la primera palabra que tengo en el corazón, hay la posibilidad de aprender a apreciar pero, además, hay las condiciones para practicarlo. Por principio, siempre respetan el espacio ajeno y ese no inmiscuirse da la libertad individual para quedarse de pie en la mitad de la acera mirando cómo los pétalos de las flores de sakura se dejan estar en el viento y descienden acariciando la nada.
Luego, no mostrarse alegre y sonreído no es sinónimo de un estado negativo. La nostalgia no está asociada a la infelicidad, dejar de sonreír no se interpreta como un síntoma de enfermedad, pesadumbre o estado dañoso. A pesar de que en pocos lugares del mundo se sonríe tanto y hay tanta predisposición para hacerlo, es excepcionalmente común acariciar la nostalgia con una ternura tibia y es recomendable aprender a hacerlo.
Las artes, en uno de sus ángulos, reproducen la realidad. Evangelion, el anime de culto, juega con personajes que son una extrapolación que mantiene fidelidad en el contenido, aunque distorsiona el continente. El silencioso estar, el vacío de la mirada de Ayanami Rei, la sonrisa sin gesto, el valor sin límites, la nostalgia contenida, la sincera manera de ocultarse. Este personaje es capaz de mostrar el fascinante espacio que ocupa el interior de personas que suelen sentirse más a gusto consigo mismas.
Que no se acabe nunca el Japón del sonido de la katana, el murmullo áspero de la hoja que llena con paciencia la vaina, ese como graznido que es más parecido a un pincel patinando sobre el papel de arroz que a la fricción de metales; cautiva la suave brisa del metal que se aduerme en su castillo de bambú.
Los cascabeles de los templos, el tintinar cuando un feligrés toma la larga cuerda y la sacude para llamar a los dioses y entregarles las ofrendas. Los cascabeles están colgado frente al altar de oración, el pío se detiene bajo ellos, hace una reverencia profunda, mueve con fuerza una cuerda atada a los cascabeles que cantan un sonido sin eco, opaco; el pío aplaude dos veces y ora. El ritual sin pompas, el techo del templo que quiere aplastarlo todo contra la tierra para regresarlo al origen, el barullo del mundo, el susurro de la oración, el sandalias de madera que teclean andares pausados, la tersura de los quimonos multicolores. Los latidos de los corazón se relajan indefectiblemente.
Que no se acabe el Japón de la quietud. La parafernalia de la modernidad en las calles de urbes futuristas cuya naturaleza multicolor se suspende en un estado de quietud al cambiar una avenida bullente por una callejuela contenida o por una jardín con una armonía desordenada.
El paisaje de las montañas enhiestas que se suceden sin orden y que en cada capa pierden un poco de verde, ganan un tanto de gris y se tiñen, las más lejanas, de un negro que parece la boca de una caverna que conduce al cielo. Todo este concierto se asienta en las olas sucesivas del mar que juegan a contagiar sus grises con los del cielo.
Que no se acabe el Japón que desnuda los límites del idioma, que es capaz de colocar a un persona en medio del vacío para dejarle mustia de palabras, para enseñarle que no todo hay que verbalizar, que lo que se puede contar es poco frente a lo que se debe callar.
Por más que he mirado no he encontrado el final de la escalera y cada grada se muestra misteriosa y cabal. Por ahora, no quiero encontrar el final y, de verdad, espero que no se acabe nunca Japón, en la presencia y en la nostalgia.

Volveré con ustedes y otras tantas historias