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miércoles, 24 de septiembre de 2014

Los ainu, corromper hasta exterminar

 Muchos saludos a todos ustedes

No sé si les pasa a ustedes, pero a mí me da pena cuando sé de una cultura que se pierde. Y más aún si se extingue porque hubo otras culturas que se superpusieron hasta anularla.
Algo de eso sucedió con mi nativo Ecuador y América con la violenta conquista de los españoles católicos y, más recientemente, con la también violenta intromisión del capitalismo estadounidense disfrazado de cultura para facilitar su imposición.
Debo ir al norte de Japón, ¿me acompañan? Nos vamos a la isla de Hokkaido, la segunda  más grande del archipiélago nipón, donde habitan los ainu, indígenas que recién ahora están en condiciones de defender lo poco que queda de sí mismos antes de la extinción.
Está bien, no es que las personas van a desaparecer, pero los rastros de una cultura especial se van perdiendo en la historia; o, lo que es peor, ya solo son piezas inventariadas de museos.
Foto tomada de conservapedia.com
Vamos a ver: son una raza y por ahí comienza su autenticidad. Caucásicos, son como un lunar en un paisaje de asiáticos y mongoles. Blancos, con mucho pelo, cabello largo y ensortijado, luengas barbas, una notable longitud del tronco en relación a las piernas, nariz prominente, ojos castaños y sin pliegue epicanto (piel del párpado superior), diferencia que puede ser la más notable para un occidental.
No se parecen a los vecinos, llegaron en la última glaciación unos 18.000 mil años antes de la era común, hay estudiosos que defienden que estuvieron en estas tierras antes que los japoneses y los mongoles, y hasta apuntan la posibilidad de que hayan cruzado el estrecho de Bering durante la Era del Hielo. Es decir, pueden ser algunos de los primeros habitantes de América. Puede ser mi abuelo.
Por motivos que no están claros, decidieron instalarse en esta zona comprendida entre la isla de Hokkaido, las islas Kuriles y la isla de Sajalín, a lo mejor algo de la península de Kamchatka y el mar de Ojotsk. Zona muy norteña, de inviernos tenaces.
Es un pueblo animista, creen que sus dioses son la naturaleza: la abuela tierra, todo lo que la habita, el mar y todos los nadadores de sus profundidades. Pero han tenido siempre al oso como el portador del espíritu principal, le han casado, le han sacrificado y le han hecho funerales con honores superiores a los de cualquier otro ser vivo
Han sido cazadores, pescadores y recolectores. Pero, les llegó la hora, inevitable, de enfrentarse a los japoneses que buscaban supremacía territorial. Ainu pacíficos, perdieron todas las batallas a las que les tocó acudir porque, entre otras causas, no sabían trabajar el metal y compraban espadas a mercaderes que les vendían cualquier calidad, cuando en el sur se fabricaban katanas que eran consideradas las mejores armas del mundo.
También estuvieron en una posición asimétrica con respecto a aislados navegantes que les cambiaban chucherías por sus símbolos culturales, los cuales terminaron colgados en museos europeos para mayor gloria del apetito insaciable de occidente.
Luego, llegaron los estadounidenses a "civilizar" al Japón y sus alrededores, con el argumento que les es tan típico: una flota de guerra. Lograron modificar el gobierno imperial, lo que significó una serie de imposiciones para el pueblo ainu, en nombre de la integración definitiva de ese territorio (y ese pueblo) al imperio japonés.
Los estadounidenses establecieron allí una base, confiscaron las tierras y dictaminaron que a quienes habían habitado esas tierras por milenios les estaba prohibido sacrificar osos; y, se les prohibió la caza y la pesca, que de lo que vivían.
Foto tomada de Tribes & Things
Por su parte, el emperador Meiji, quien administró, padeció y murió en la dicotomía, decidió japonizar a un pueblo que no era ni japonés ni asiático ni mongol, pero que estaba dentro de las fronteras nacionales.

Obviamente, para sobrevivir los ainu debían declarar que no lo eran y de esa manera, poco a poco, año tras año, los símbolos de su cultura se iban enterrando en la corrupción, con los mismos métodos que se usaron para exterminar a los pueblos nativos de norteamérica.
Solamente en 1973 tuvieron las garantías y las agallas para reunirse en una asamblea que vindicó sus derechos dentro de la nación japonesa. Solamente en 1998 el parlamento japonés los reconoció como "un pueblo indígena con su propia lengua, religión y cultura" y aprobó ayudas para mejorar las condiciones de vida de la población más pobre del país. Y solamente una década después se votó a favor de que los ainu tengan una representación parlamentaria permanente.
Para expresiones de su cultura como el idioma podría ser muy tarde. No se conoce a alguien que sepa hablar ainu y los expertos rebuscan en las bibliotecas que las piezas completas para armar de nuevo el rompecabezas.
La Unesco llegó con las justas para declarar como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad las danzas ainu. Considera que "Para los ainu, la danza no sólo representa un medio de fortalecer su relación con la naturaleza y su universo religioso, sino que también constituye un vínculo con otras culturas árticas de Rusia y América del Norte" (pueden mirar algo de danza en este vínculo y en este otro).
Para los que llegamos tarde al florecimiento de esta cultura, lo que llama la atención es que aún algunos viven en grandes chozas circulares que tienen una puerta, una ventana y un fogón en el centro.
Cuando llegan a la adolescencia, los hombres dejan de afeitarse y se cortan el cabello solamente alrededor de las orejas, de manera que los ancianos tienen una cabelleras muy respetables. Mientras tanto, las mujeres se tatúan la boca, los brazos y los genitales cuando están en estado de merecer y a los 17 o 18 años se tatúan alrededor de la boca unas líneas que dan la sensación de una sonrisa de penumbra o un bigote.
Aunque con muy poca influencia sobre las decisiones de Estado de Japón, han estado siempre en la cultura popular: en la película Mononoke Hime, del director japonés Hayao Miyazaki, el protagonista, Ashitaka, es un príncipe ainu. En el videojuego "Samurai Showdown" aparecen varios personajes que pertenecen la tribu. En el ánime Shaman King uno de los protagonistas pertenece a esta etnia.
Foto tomada de Asia Society
Se calcula que hay 50.000 personas hijas de padre o madre ainu y aunque la pureza racial no asegura la conservación cultural, se ha notado últimamente un mayor compromiso para sostener una forma de ver el mundo que tiene miles de años de antigüedad.
En Shiraoi, Hokkaido, está el Museo Ainu de Poroto-kan, para quienes están con ganas de darse una vuelta y conocer parte de la cultura ainu. Este museo se lo hizo porque los pobladores de esta etnia se molestan de tantos turistas que les tratan de cazar con sus cámaras de fotos.
Corromper es alterar la forma de algo y eso es lo que sucedió durante siglos con un pueblo que no tenía la intención de pelear para defenderse. Corromper hasta exterminar, hasta extinguir la llama ainu que alguna vez iluminó el norte con fulgores divinos.

Ojalá en nuestro próximo encuentro no se haya extinguido ninguna otra cultura. Hasta entonces.

Nota final: Miguel Vázquez ha comentado que "Aunque exista aún cierto debate y algunos piensan que solo se trata del cambio de palabras para hacerlas políticamente correctas, lo cierto es que desde el concepto de la biología no existen razas humanas, entre otras (razones) porque la diferencia genética no es suficiente para considerarlas así. Como es sabido, existe más variabilidad entre el ADN de poblaciones africanas que entre algunas de estas y los europeos. El término más usado ahora es el de "etnias", para diferencias grupos humanos distinguibles por sus características fenotípicas.

lunes, 8 de septiembre de 2014

La Misión Hasekura y los Japón de España

Les saludo y les agradezco siempre por darse una vuelta por esta bitácora.

Les invito a viajar al año 1613. Japón vive los años iniciales del período Edo, el país ha cerrado las fronteras, los accesos, ha levado los puentes, nadie entra y nadie sale. Sin saberlo, el sogún Tokugawa, a quien se le ha entregado el poder absoluto y quien decidió aislar el país, provocará una introspección profunda dentro de la cual se fundirá una identidad nacional que pervive hasta ahora.
En el sogunato de Sendai, al norte de la isla grande (Honshu), Masamune Date habla un idioma diferente que el del centro del poder. Influenciado por el sacerdote franciscano fray Luis Sotelo, decide enviar una comisión para que se reúna con el rey de los españoles y con el pontífice de la religión católica, manda mensajes a las autorides civiles y religiosas de quienes los evangelizan.
San Juan Bautista es el nombre de la nao que parte del puerto de Tsukinoura. Es nombrado embajador el jefe de los samurái del sogunato, Tsunenaga Hasekura. Ciento y ochenta más forman la tripulación que rápidamente pone velas rumbo al naciente, a la conquista del puerto de Acapulco, el más grande fondeadero de los españoles en el océano Pacífico (el cual navegaban de punta a punta para evangelizar, para "descubrir" otras tierras que conquistar y para pillar otras onzas de oro, como sucedió luego con Filipinas).
En los más de 60 días que les toma cruzar la mar más grande del planeta repasan los objetivos: establecer una línea fluida de comercio con Nueva España (México) y España, gestionar el envío de más misioneros para propagar el cristianismo y aprender la tecnología para la extracción de plata.
Mientras viajan, la oposición del gobernante del Japón se vuelve implacable contra los sacerdotes católicos, a quienes se les da muerte de maneras atroces. Antes de que los miembros de la misión Hasekura vieran siquiera la costa del primer país donde España mandaba ya habían fracasado en el objetivo de obtener la delegación de más curas misioneros.

Tsunenaga Hasekura, retrato europeizado
Hasekura, de quien no se despega nunca fray Sotelo, es recibido con rango superior en la ciudad de México y departe banquetes, comparsas, venias y saludos con el mismo virrey y el obispo. Después de bautizar a algunos japoneses unos veinte miembros de la misión cruzan México de occidente a oriente hasta un puerto en el estado de Veracruz, donde se embarcan con destino a Sevilla (los otros se quedan en México y regresarán por su cuenta).
Ese trayecto ya es conocido por los españoles, de manera que es recorrido sin sobresaltos. Hasekura, unos 20 japoneses y el inseparable fray Sotelo son recibidos con honores en España: en Sevilla, primero, y luego acompañados a la capital a varios encuentros con la realeza en 1615.
Hacen escala en Barcelona para embarcarse a Roma, donde se entrevistan con el papa Paulo V. Hasta ahí, han recorrido dos terceras partes de la circunferencia del planeta y han entregado una rogativa al pontífice para que refuerce la operación evangelizadora en el archipiélago nipón. La respuesta les será enviada a España, anuncia el camarlengo; regresan a la corte de los reyes católicos de España tras medio cumplir esta misión que les toma un año.

La misión japonesa entrea un presente al rey de España
Se había iniciado el viaje de regreso, les sorprende el año de 1617 en México y se embarcan, gracias a las buenas gestiones de fray Sotelo, a Filipinas, donde planean esperar las respuestas del papa y del rey de España. Ninguna de las dos llega, Hasekura y los que quedaban con él entran discretamente a su país, pero el franciscano decide hacerlo por su cuenta. Dos años después llega, es prendido de inmediato y muerto a poco.
Hasta ahí la historia, ahora viene la anécdota. Unos diez japoneses deciden sembrar raíces en un pueblo cercano a Sevilla, llamado Coria del Río. Cuando les veían pasar, los corienses musitaban “Miren, ahí pasa un caballero Japón”, en franca alusión a su origen geográfico, así como le decían al caballero de la Villa de Gómez. Al final, el primero se convirtió en Villagómez y los segundos en Japón.
Cuatrocientos años después, luego de trece generaciones, Tsunetaka Hasekura fue a Coria del Río a conocer la tierra en la que se quedaron los compañeros de su antepasado y conocer a Juan Francisco Japón Carvajal, descendiente en el mismo número de generaciones de uno de los que se volvieron españoles.
La misión Hasekura de 1613 duró siete años. Pero la memoria de los descendientes crean la sensación de que sigue escuchándose el sonido de la getas que golpena contra las piedras de las calles menudas de Coria del Río.


Si van por allá, pregunten por los señores Japón, son muy amables.