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martes, 2 de julio de 2019

El camino del té o la ruta hacia el espíritu

Me gusta mucho recibirles para contarles una historia más de estas que se cuentan por aquí.

No, no lo podían creer: que una invitación a tomar el té dure cuatro horas está fuera de la comprensión de la mayoría de personas de este lado de un mundo redondo que no tiene lados. A quien relaté esta historia se negó a concebirlo.
Pero para los japoneses es así, una ceremonia de té con todo el rigor dura ese tiempo. Es una de las más auténticas y permanentes muestras de la identidad nacional y, además, es la mayor expresión de la estética nipona.
La comúnmente conocida como ceremonia del té en realidad debería llamarse “el camino del té” si dicha nominación se sustenta en la traducción del término original japonés (chado o sado, en el que la terminación “do” significa camino, como aikido es el camino de armonía y shodo es el camino de la escritura).
Pero, ¿por qué el acto aparentemente trivial de colocar agua caliente en una taza y hacer una infusión con té puede tomar un giro dramático? Porque la intención no es tomar té, es tener un encuentro espiritual con uno mismo, valiéndose de otros que hacen lo suyo.
En términos formales, hay un anfitrión que invita a compartir esta bebida y unos huéspedes. El anfitrión es un facilitador del proceso a través del cual una persona busca –y generalmente encuentra- una porción de sí mismo que está en reposo.
La historia de la ceremonia en la que se prepara té es antigua y no es tanto el protocolo actual (menos aún la que podría llamarse como “sinopsis para turistas”). La que se mantiene es la predisposición para dejarse guiar a través de la corriente de esa bebida verde hacia rincones excepcionales.

Foto de The Jakarta Post

El té verde llegó a Japón procedente de China, como mucho de la cultura nipona. Fue, al principio, una bebida bebida estimulante para mantener despiertos a los monjes budistas en las interminables horas de la meditación.
Debido a la íntima relación del budismo con al poder en la historia, no pasó mucho tiempo para que conquiste fama de infusión medicinal y que pase a los salones de la aristocracia y de la casta guerrera de los samurái. Sucedió que comenzaron a organizarse ceremonias de té cuyo espíritu se describía como una ostentación de opulencias; sin embargo, entre los resplandores de los metales y los fulgores de la seda comenzó una especialización hacia conocer las variedades del té verde (esto sucedía alrededor del siglo XI).
Entonces, se afincó definitivamente el budismo zen en un país que, además, profesaba el sintoísmo y estas maneras religiosas fueron tomando también las acciones cotidianas y las expresiones de la identidad nacional, como tomar té, preparar un arreglo de flores –ikebana- o el arte de la caligrafía.
Sen no Rikyu (siglo XVI), hijo de una familia acomodada y bien relacionado, decidió darle la vuelta a la que ya era una expresión cultural centenaria. En línea con la estética zen, que elimina todo lo superfluo para permitir un encuentro sin distracciones con el espíritu, Sen no Rikyu decidió botar todo.
Para comenzar, dejó los salones palaciegos y pidió que se construya una habitación de cinco metros cuadrados; paredes limpias, techo de paja, tatami y nada más. Pasó de la opulencia a la reivindicación de lo austero. Lo único que añadió fue una tokonoma, es un cubículo para un arreglo floral ikebana y para un lienzo con una pintura o una escritura apropiadas. Además pidió que la puerta tuviera una altura menor que el promedio.
Los invitados, que nunca son muchos, deben agacharse para entrar, es como el imperativo de ingresar a esta habitación envueltos en humildad porque (otra vez el budismo) el ego opaca el camino hacia el espíritu.

Foto de Japan Times

Con el camino del té se busca cazar al vuelo los cuatro instrumentos –armonía, respeto, pureza y quietud- con los que se forjarán la armonía entre la humanidad y la naturaleza, la disciplina de la mente, calmar el corazón y llegar a la pureza de la iluminación.
Para eso, se cumplen pasos que acercan a los huéspedes al camino del té. Una ceremonia completa dura alrededor de cuatro horas y se inicia en el jardín que antecede a la casa de té, en el que los invitados esperan que el anfitrión les invite a pasar.
Todos se descalzan al entrar a la habitación y sus pies deben vestir medias blancas. Hay algunas acciones que pintan de nimias pero que pretenden formar un muro entre lo mundano del mundo y el ascenso a un nivel en el que es necesario estar concentrado en el camino del té. Un alimento ligero que se come en un par de bocados refresca a los invitados quienes se sientan en posición seiza (sobre las rodillas), mientras el anfitrión saca de una caja los instrumentos.
En la tokonoma habrá solo una flor de la estación, un símbolo inequívoca de que el tiempo es una brisa que no se posa en ninguna rama. No hace falta más. Sobre un caldero el agua hierve dentro de una tetera. El anfitrión extrae un cuenco rústico, un recipiente con tapa que contiene el té verde molido, una cuchara generalmente de bambú, una brocha del mismo vegetal.
El anfitrión prepara primero un té espeso que comparte con los huéspedes, mientras hay una conversación que gira alrededor de los elementos que están presentes durante la ceremonia: el té y sus variedades, los movimientos precisos, relajados y fluidos del anfitrión, las zonas de producción, la belleza rústica de los instrumentos, el vacío.
“… en el vacío está lo verdaderamente esencial. La realidad de una habitación, por ejemplo, se encontraba en el espacio libre encerrado entre el techo y las paredes, no en el techo y las paredes propiamente dichos. La utilidad de una jarra de agua está precisamente en la vacuidad donde puede ponerse el agua, no en la forma de la jarra o en el material de que está hecha. El Vacío es todo potencia porque lo contiene todo. Sólo en el Vacío es posible el movimiento”, como ha quedado escrito en “El libro del té”, la mejor obra que se ha escrito nunca sobre la estética y el espíritu japoneses, una pieza de arte de Okakura Kakuzo.
A ello se llega a través de la admiración de la belleza rústica, del wabi sabi, que es el principio medular de la estética japonesa. Kakuzo abunda: “Es una meditación; tanto el anfitrión como los invitados están concentrados en la ceremonia, en el té y en los ritos asociados. Los japoneses lo expresan muy bien con los conceptos de sabi y wabi. Sabi representa las imperfecciones exteriores, aquellas que nos ha dado la vida (no solo a nosotros sino también a las cosas materiales), como las arrugas que van apareciendo en el rostro después de décadas de reír y llorar, y que son parte de nosotros mismos. Es la naturaleza original de las cosas".
En Japón hay cien o más escuelas de pensamiento diferentes relacionadas con la ceremonia del té, es una de las materias extras que más frecuentemente toman los estudiantes universitarios, pero no aprenden en libros, sino repitiendo la ceremonia.
La página oficial Web Japan recuerda que “El maestro se opone al aprendizaje con libros y se asegura de que todos los movimientos sean aprendidos con el cuerpo y no con el cerebro. Las artes tradicionales –la ceremonia del té, la caligrafía, el arreglo floral y las artes marciales– fueron todas enseñadas originalmente sin libros de texto ni manuales. El objetivo no es el entendimiento intelectual de un tema, sino lograr la presencia de ánimo”.
El mismo portal aclara que “La esencia de la ceremonia del té de Rikyu fue el concepto de wabi. Wabi significa literalmente 'desolación'. La filosofía zen toma el lado positivo de esto y dice que la mayor riqueza se encuentra en la desolación y en la pobreza, porque miramos nuestro propio interior y encontramos allí la verdadera riqueza espiritual, cuando no encontramos nada que nos ata a las cosas materiales”.
Con la misma compostura con que bebieron el primer té, el anfitrión convida a los invitados a beber, otra vez del mismo cuenco, un té más ligero; el utensilio pasa de una mano a la otra y los huéspedes hacen muestras de agradecimiento por esta invitación que tiene un valor inestimable. Se mantendrán en sus lugares mientras el anfitrión limpia y guarda los instrumentos en su caja.
Sin decirlo, el anfitrión invita a quienes serán sus cómplices en un acercamiento individual al arte, que es donde reside la esencia de los humanos; y los invitados le acompañarán porque saben que su complicidad acuñará una emoción indescriptible pero, sobre todo, irrepetible.

Kakuzo pone el final cuando dice que “El salón de té era un oasis en el lúgubre desperdicio de la existencia donde los fatigados viajeros pudieran reunirse para beber de la fuente común de la apreciación del arte. La ceremonia era un drama improvisado cuyo argumento se tejía sobre el té, las flores y las pinturas. Ni un solo color que perturbara el tono de la sala, ni un sonido que estropeara el ritmo de las cosas, ni un gesto que se entrometiera en la armonía, ni una palabra que rompiera la unidad del entorno; todos los movimientos ejecutados simple y naturalmente: éstos eran los objetivos de la ceremonia del té. Y, por extraño que parezca, a menudo era un éxito”.

Nada más que decir. Solamente que nos veremos pronto.