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martes, 15 de mayo de 2012

Las misteriosas vías de los bípedos apolíticos

Mucho gusto de saludarles:

La víspera de escribir este texto participamos de una reunión en Café y Libros para hablar sobre el inconmensurable Yasuní y la propuesta que ha sacudido el cerebro del mundo. Café y Libros es un local donde se habla de Latinoamérica generalmente entre japoneses. Está en la mitad de Tokio.
Ayer conocimos a Nobuyo san, una japonesa elegante, cuarentona, que ha vivido entre Cuba, México y Japón. Presentó su nuevo disco, en el cual hace una interpretación especialmente lacrimógena de Llorona. Con ella hablamos rápidamente de un tema que no es objeto de discusión en Japón: política.
¿Por qué no hablan de política? Nosotros, los latinoamericanos, somos especialistas en hablar de política, discutimos, argumentamos, nos indisponemos con personas a quienes queremos. En nuestro caótico y multicolor continente, siempre habrá una disputa cuando se habla de política, de fútbol y de religión. En muchos países del mundo. En casi todos.
Se critica las decisiones del gobierno central, se propone salidas a los problemas pendientes de la ciudad, todos somos economistas expertos, políticos consumados, abogados diestros, ingenieros civiles, urbanistas y periodistas, según sea el tema de discusión.
Los latinoamericanos somos políticos activos, sin dudarlo. Cada ciudadano se siente con más capacidad para gobernar que su presidente, sabe exactamente qué medida económica tomar para corregir desequilibrios y es capaz de desafiar a un sistema nacional gracias a sus reflexiones sobre derecho constitucional comparado. Generalmente toda esta acción es retórica y la mayoría de las veces quien declara en voz alta sus soluciones salomónicas no está dispuesto a pelear por ellas en el campo político.
Eso, sumado al desarrollo de las redes sociales, ha creado un nuevo animal que habita este planeta: el homorete (homo como ser humano; rete, la etimología de red). El homorete es un ser humano que habita en la red y que tiene condiciones especiales, la más llamativa es que tiene la capacidad de decir por la red aquello que no tiene el valor de afirmar en persona. Es el político latinoamericano típico pero con el agravante que se escuda en la red. No solo que no es capaz de asumir un reto sino que se esconde tras una cuenta para decir lo que piensa y evitar la incómoda escena de defender argumentos mirando a los ojos del interlocutor, peor todavía frente al detractor.
A veces siento que es una manera de llevar el acto de hacer política al extremo. Al extremo de la virulencia insuflada, que es todo y es nada. Para el autor de las reflexiones en las redes, se construye la Patria insultando a "raimundo" y sus vecinos sin límite. Para el lector de las reflexiones es gas, esos berrinches que casi nunca pasan de ser pedos inocuos.
El homorete japonés, por principio, no publica en la red nada que tenga que ver con política, no insulta a su oponente ni lo felicita. La red es social, están pendientes de lo que sucede con sus conocidos con cariño y protocolo. Con mucha atención. Para mucha gente, las redes son la única manera de relacionarse con otros seres humanos.
Tampoco hablan de política en las oficinas, ni en las jornadas posteriores ablandadas por el sake, ni en el estadio mientras alientan a su equipo de béisbol, menos aún en el Pachinko porque ahí es imposible escuchar e imposible que alguien le escuche.
Nobuyo san, sin embargo, sí hace política. Lo hace activamente y se queja de la apatía de sus conciudadanos. Pero, ¿por qué ese desinterés por, para decirlo así, la construcción comunitaria del futuro?
Es difícil saberlo. ¿Qué pensaría yo si fuera japonés? Voy a intentarlo. Los señores que gobiernan tomaron un país devastado en la II Guerra Mundial, lo convirtieron en la tercera economía del mundo, no me quitaron mi identidad y mi nivel de vida es aceptable. Bien, no tengo necesidad de intervenir para cambiar la forma de gobierno. No tengo, en realidad, necesidad de intervenir. Las previsiones del futuro son buenas, no me faltará trabajo, tendré una jubilación muy decente, me respetarán hasta el día que muera. Me siento un ser humano casi privilegiado. Luego, ¿qué interés tengo en tratar de cambiar una situación que para mí es buena? Y es buena también para mis vecinos, mis amigos, mi mamá recibe una pensión que le permite vivir holgadamente, de hecho viaja mucho, le fascina el turismo interno.
La primera pregunta que se hizo el ser humano, la duda primigenia respecto a la actuación política debió haber sido "¿Qué puedo hacer para que mejore mi situación?" Si la situación está buena, pues nada. Deje que los que gobiernan este país lo sigan haciendo. Y si entre ellos surgen divergencias, envidias, deseos de conspiración, pues se las arreglarán, como ha sido en el pasado, como será en el futuro.
Luego, veamos un segundo elemento: hay un valor nacional que es evitar los conflictos. Es muy extraño que un japonés, ante una pregunta, responda llanamente "No". Se darás las vueltas, dirá "...es que sucede que..." Esa costumbre trata de alejarse de cualquier posible conflicto. De hecho, la tolerancia tiene, además, una fuerte dosis de esta predisposición a rehuir el enfrentamiento. Rechazar el conflicto antes de provocarlo, seguramente eso les quitará las ganas de ir a jugarse la vida en la arena política entre carroñas y carroñeros.
Es posible encontrarse con grupos políticos activos que disienten con una militancia feroz. Una vez lo vi. Eran treinta que provocaron un forcejeo con policías, los manifestantes recitaban consignas a través de un megáfono, el cual casi literalmente se tragaba el rostro de los pacientes policías. Sí, era un grupo muy agresivo y parece ser que se trata de nacionalistas que buscan un retorno al estilo de vida anterior, casi se podría decir que quieren que el país vuelva a ser el archipiélago inexpulgable que fue durante siglos.
De manera que todos aquellos homorete que piensan que su pensamiento puede cambiar el mundo estarían perdiendo el tiempo si viajan al este, hacia donde está el sol naciente. Pero, tampoco esta pretende ser una afirmación excluyente; digo, no es necesario tener ciudadanos que alienten la construcción colectiva del futuro para conseguir un país que avance. No, eso no se puede afirmar definitivamente, sin dudas ni remordimientos.

Hasta aquí llegamos ahora. Hasta pronto.