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miércoles, 2 de mayo de 2012

Compartir el fuego

Siempre es un gusto saludarles:

Somos parecidos entre ecuatorianos y japoneses en que vivimos en una geología que esta viva. En algunos casos es hiperactiva, pero la sicología volcánica no ha desarrollado todavía métodos para calmar la enjundia de la tierra.
Si no me equivoco -y el prestigioso Instituto de Geofísica de la Escuela Politécnica sabrá corregirme- en el Ecuador hay 68 volcanes activos. En Japón, según Wikipedia, hay más de 100 (no creo que sea bueno levantar testimonios insultantes contra alguien que consulta Wikipdia y que además lo confiesa, el sistema tiene su utilidad).
Fuimos a visitar el monte Aso, un volcán activo que es uno de los atractivos más interesantes de Kumamoto (el sitio en el que aterricé después de ver las arrugas a la muerte: http://llamingosan-samaniego.blogspot.jp/2012/04/el-terror-de-una-licuadora-con-alas.html).
El monte Aso se presenta más bien modesto a los ojos de cualquier visitante distraído y con poco interés de preguntar algo más de lo que está escrito en los carteles turísticos.
Hay una clasificación, más o menos aceptada en el mundo, que es el Índice de Explosividad Volcánica (VEI por sus siglas en inglés).
El índice califica con 0 a erupciones fuleras y con 8 a las mega explosiones de los supervolcanes. En el tope de la lista, los que tienen VEI-8, están solo cuatro y la encabeza la erupción de la montaña Toba, en Sumatra, que provocó la Edad del Hielo.
Luego, en el punto más alto de las erupciones VEI-7 está el monte Aso. Es un supervolcán que tiene una caldera de unos 350 kilómetros cuadrados. Actualmente está formado por cinco picos (Taka, Naka, Eboshi, Kijima y Neko) y el cráter más activo se puede observar desde uno de los domos que se formaron en las erupciones recientes y que es el registro de la fotografía que acompaña esta nota.
La verdad es que luego de visitar el monte Aso la mente humana tiene poca capacidad para imaginar la dimensión real de semejante promontorio supuroso. Peor aún imaginarlo en plena acción. En cuatro erupciones sucesivas expulsó unos 600 kilómetros cúbicos de material y se ha descubierto esas evidencias cientos de kilómetros lejos del cráter.
Para los turistas es fácil llegar al teleférico de Aso. Desde Kumamoto en bus se demora algo más de una hora. Luego, las cabinas dejan a los pasajeros en no más de cinco minutos a pocos metros desde se puede mirar el cráter activo: vapor expulsado a borbotones desde el centro de la tierra y una laguna sulfurosa pintada de un verde intenso que contrasta con el paisaje yermo del cráter. 
La continuación del fuego del centro de la tierra estaba a una hora de viaje, en Kurokawa. La cabina de teléfonos construida de madera y a la que le crecieron en el techo plantas y flores es una bienvenida interesante. Es un pueblo de cuatro calles y se llama igual que el río. Lo pobladores trataron de mantener la construcción original en todo cuanto fue posible y, de hecho, las calles son estrechas, un auto de tamaño normal y un peatón de tamaño normal suelen completar el ancho de las vías que no tienen aceras.
Cada casa es un onsen (baños termales públicos). De hecho existe una coqueta construcción donde los turistas pueden descansar en un pequeño onsen solamente para pies.
Las casas se aprietan empujadas por un verdor que en esta época del año es profundamente cenote, las flores han vuelto tras su fuga para evitar las ráfagas de ventisca helada, en las tiendas se venden productos para disfrutar mejor el onsen y sake para gozar más las noches post-onsen. Y se venden croquetas de basashi, de carne de caballo cruda (sashimi). La prefectura de Kumamoto se precia de preparar el mejor basashi del país.
Y bueno, muchos tenemos el interés de encontrar el verdadero espíritu de un país, de hallarlo en las formas que tienen las personas, en la manera como se resuelven los techos de las casas, en el modo que tienen para orar a la divinidad o en las señales de la cotidianidad.
No es fácil llegar, no hay duda, y no es cuestión de llegar, ver y vencer. Con el turismo, a fin de cuestas, solo es posible mirar la fachada y solamente aquella fachada que nos permiten ver. Pero esta manea de viajar, desafiando a los horarios de las líneas de bus, de ir a un pueblo que tiene buen cartel pero ninguna referencia directa, de meterse sin la menor vergüenza debajo de la alfombra de un país, de una cultura, de una historia es tan difícil de entender como la magnitud del Aso.
Hace falta tiempo, paciencia y una actitud de respeto intelectual para entender lo que pasó entre el fuego del volcán, el fuego de las aguas termales y la flama de la búsqueda interna que tanto queman.

Estoy con ustedes pronto.