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viernes, 7 de octubre de 2011

Del ojigi a los problemas de la cervical

Un gusto saludarles:

A Deborah Lee, quien nos está ayudando a encontrar un departamente, le propuse que nos despidamos como lo hacemos en las faldas del Pichincha, donde tu grandeza buscó un pedestal. Claro está que exageré, no me atreví a darle un beso en la mejilla, como se usa, sino que hicimos una serie de choques de manos, como lo hacen los más jóvenes.
Ella es australiano-koreana y le pareció muy divertido.
Solamente me animé a jugar con ella a los saludos porque ya nos habíamos visto tres veces y habíamos ido de apartamento en apartamento tratando de cazar el espacio exacto para nuestras necesidades (de la Paulina y mías, para decirlo con exactitud. Deborah no está buscando departamento).
Los japoneses saludan en dos tiempos. Nosotros también lo hacemos. Primero las palabras y luego los gestos. Para nosotros es "hola, cómo estás, buenos días" y luego estrechamos las manos o nos besamos las mejillas. Primero la palabra, luego el gesto. Dos lenguajes simultáneos. Primero unas palabras positivas, de preocupación, de solidaridad, y luego el gesto. Darse la mano derecha, como manda el protocolo occidental, tiene un origen pasado: se estrecha las manos en las que normalmente se porta las armas, en señal de respeto y de paz. Los guerreros demostraban que el arma ya no estaba en la diestra y ese era el signo de que, al menos en ese momento, las cosas no se resolverían a espadazos.
Siempre me ha llamado la atención el simbolismo de los saludos de los estadounidenses. Primero, aquello de chocar primero las manos abiertas y luego chocar los puños. A mí me suena como "estoy dispuesto a establecer una relación contigo y por eso te doy mi mano abierta" pero, inemdiatamente, "...pero no te sobrepases porque te voy a golpear" y se chocan los puños. La intolerancia y los intereses de la Casa Blanca se marcan a través de esas sutilezas. La otra manera es estrechar las manos y abrazarse, pero sin soltar las manos que se unieron previamente. Igual que lo anterior, parece que se dijera "te reconozco como un ser humano igual a mí pero estos puños ponen el límite entre tú y yo", un obstáculo que impide un contacto integral; el puño, otra vez, es una amenaza.
En el primer encuentro con Deborah, intercambiamos palabras e intercambiamos venias. Palabras y gestos.
La frase que se dice es la misma, konnichiha, se le agrega unas partículos al final para darle más o menos formalidad. Y luego la venia. Es una señal de humildad. Existe un blog que se llama "Una japonesa en el japón". En él Nora dice que "No es solo un acto de cortesía, es algo más profundo, y a pesar de inclinarse al saludar, no significa humillación ni sumisión. Inclinar la cabeza delante de una persona, significa literalmente “entregar la cabeza” (頭を差し出す – atama wo sashidasu). Es decir, ofrecer la parte más débil del cuerpo humano, significa confiar en esa persona, es un acto de respeto y confianza".
Los japoneses son muy protocolarios y la venia no se hace caminando, hay que detenerse. En el caso de los hombres, poner las manos en los muslos, en la famosa línea del pantalón. Las mujeres tratan de juntar las manos para hacer la venia.
La inclinación es diferente para cada caso: un poco para saludar a alquien conocido, otro poco para saludar a alguien desconocido, algo más cuando se hace una presentación pública y un poco más todavía en actos oficiales y religiosos. Yo imagino que si a uno le toca saludar al Emperador deberá tocar la cabeza contra el piso.
De manera que para un Llamingo, el ejercicio de la cervical es permanente y resulta saludable inclinar la cabeza para saludar a alguien y no solamente para responder mensajes en el teléfono celular. Ahí es cuando se producen las lesiones de la cervical, cuando se tiene la cabeza abajo en un acto de sumisión a la tecnología y no en una señal de respeto por otro ser humano.

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