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lunes, 12 de agosto de 2013

Shodo: hacer arte dibujando palabras

Monje budista diestro en shodo
Saludos a todos, estimados:

Mi papá conocía a un hombre al que nunca le vi la cara ni del que me aprendí su nombre, pero que estaba presente, era parte de esos artificios caseros que generalmente están bajo polvo pero cuando son requeridos cumplen su papel con exactitud y eficiencia: el calígrafo.
Y, claro, era reclamado para escribir los nombres en las invitaciones a bodas y para trazar, sobre papeles especiales las peroratas de los diplomas y documentos conmemorativos. Se le reclamaba con el nombre de “el calígrafo”, una persona, como dice la Real Academia Española de la Lengua, que tiene “excelente” letra.
Podría llegar a afirmarse que, en occidente, quien tiene una buena letra ha llegado a un nivel de artesano. En Japón hay la tal caligrafía elevada al nivel de arte y es fascinante asistir a una de las funciones en los que los pinceles, danzando, cuentan las historias literales que se callan la tinta y el papel.
Como ya es sabido, la escritura llegó al Japón en el siglo VI desde China y también el alfabeto fundamental, el kanji, unos 50.000 ideogramas. Pero, no es difícil imaginar, tomó su propio camino y luego se desarrollaron los dos alfabetos adicionales para resolver problemas surgidos en la aplicación de la gramática china a los modos de expresión japoneses, hiragana y katakana.
Nació, creció y se reprodujo el shodo (書道), que debe traducirse como “el camino de la escritura”, que tomó la forma de un arte y, además, de una disciplina y que todavía hoy se practica. Los niños de escuela deben aprender las chapucerías básicas y de ahí para adelante hay un horizonte claro y extenso.
No hay que olvidar que para la sociedad japonesa tienen mucho valor los documentos escritos con pincel y tinta. Un japonés prefiere enviar su hoja de vida escrita a mano, porque quien la reciba podrá percibir sus sentimientos más nobles (más sobre esto en este artículo).
Pero esa seguirá siendo la escritura del diario, no el shodo. Para esa expresión del arte local se necesita de un instrumental básico: pincel, tintero, barra de tinta, pisapapeles y papel de arroz.

Esta es una abstracción de la palabra "mar"

Es lo mismo que usaban los primeros monjes que copiaban los textos sagrados del budismo o que, poco a poco, ponían sobre papel la historia de su país que hasta tanto se transmitía con la palabra declamada catorce siglos atrás.
Se ha presentado una exposición en el Museo Nacional de Tokio de “Maravillas de la caligrafía de estilo japonés”. Se mostraron documentos de hace más de mil años, intactos y hasta legibles; y muchas joyas más, increíbles. Inasibles.
Lo de legibles hasta hoy merece una explicación adicional y un antecedente, que es algo más a lo que se puede constatar ahora con respecto a la calidad de los materiales que se usaban siglos atrás. Los ideogramas son figuras de varios trazos, hay kanji de un solo trazo y otros que pueden tener más de 30 trazos. Está establecido un orden en el que deben ser trazados los ideogramas (de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo) pero, además, existen otras características que deben desarrollar quien abraza el shodo.
Los calígrafos japoneses crearon estilos que respondían a sus necesidades pero que, además, tenían cierto carácter ritual:
Kaisho, está ligada al estatus y debe escribirse trazos precisos y firmes.
Gyosho, escritura más rápida, de líneas suaves y redondeadas.
Sosho, escritura impetuosa, hecha con movimientos rápidos y apasionados.
Entonces, un comunicado oficial emitido por un sogún era escrito con letra kaisho, recta, muy clara y legible, lo importante era la información que transmitían los kanji, no la belleza de su trazo (aunque no dejaba de tenerla). Pero un poeta redactaría su haiku en gyosho, le agregaría una dosis de expresión gráfica. Pero escogería sosho quien fuera a hacer arte utilizando como pretexto los ideogramas, las palabras, de manera que los ideogramas adquirían un trazo abastracto, serían muy difíciles de entender pero fácil de sentir la expresión del artista.
El shodo forma parte de las actividades cotidianas que tienen un sentido religioso. Para ser un diestro en este arte se necesita practicar mucho, la vieja y perfecta receta de repetir los movimientos hasta dominarlos, hasta dominarse a sí mismo.

Un monje escribe en un libro de templos.
Gracias a la rama zen del budismo se ha logrado que la repetición de movimientos tenga un sentido religioso, porque se cultiva fuertemente el espíritu y la concentración.
Los samurái, que eran guerreros que respondían al mando de los sogunes, entendieron desde temprano en su historia que la clave no está ni en el tamaño ni en la fuerza de los guerreros (uno de los samurái más reconocidos en la historia del Japón medía 1,50 metros de estatura y no tuvo rival).
Encontraban la perfección en otros destinos, trabajaban todos los días en las artes marciales, dominaban la catana, pero también practicaban teatro y shodo.
En el libro Bushi-do (“El camino del samurái”) dice “Cuando Tsunetomo permitió a Yasuburo que hiciera caligrafía en un papel, le dijo: «Asume que vas a dibujar un solo caracter en todo el papel. De modo que hazlo como si tu trazo fuera a rasgar el papel. El resultado dependerá de tu vigor espiritual»”.
Un artista del shodo, en definitiva, domina el pincel, el papel, la tinta; domina la presión, la velocidad y la intensidad del trazo; domina su fuerza interior, se conoce a sí mismo, tiene bien claro que la vida es como un solo trazo, en todos los sentidos.
Entre el calígrafo que conocía mi papá y los que se encuentran aquí creo que hay una sola diferencia: los segundos le han dado un sentido religioso al hecho de dibujar palabras.
Se puede encontrar información interesante en este enlace: Shodo Creativo.

Además, si hacen click aquí podrán ver un video muy gráfico.

Me encanta verles, será hasta pronto. Y si le ven al calígrafo que conocía mi papá denle mis saludos.