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lunes, 3 de diciembre de 2012

Sensación de 0 °C

Es cálida la sensación del reencuentro:

Sucedió con una artera alevosía, muy parecida a un acto violatorio. Cuando al fin descubrí quién me robó el otoño y comencé a disfrutar del botín recuperado, se fue ajando sin que pudiera hacer nada para impedirlo y me vi caminando apurado para sentirlo todo lo que fuera posible, me apresuré con el vértigo concentrado en el estómago, una sensación parecida a la de un campesino que debe recoger todos los frutos que pueda antes de que un tifón asole la cosecha completa.
Definitivamente este año no fue igual al anterior; Mi Señora organizó el viaje a Nikko y allí cumplí las cuatro décadas con las ocho unidades. Ahora, por andar en estas carreras para meter todo el otoño que sea posible en los bolsillos, el destino nos mandó a Hakone en donde me fue presentado oficialmente el Fuji-san y a su amparo el calendario marcó las cuatro décadas y las nueve unidades anuales.
Pero por más rápido que nos movimos, por más esfuerzos que hicimos, a la vuelta de la esquina he caído en una emboscada, en un campo minado que no tenía ni alertas ni dibujos de calaveras; solamente la leyenda  "Temperatura: 5 °C. Sensación térmica: 0 °C". Al buen entendedor le queda claro que el otoño de 2012 no existe más, que pisó mal en una pendiente de suelo resbaloso y se precipitó hasta desnucarse en la quebrada del pasado.
A mí me quedan buenos recuerdos, pero los bolsillos están llenos solo hasta la mitad, se salvó una parte de la cosecha antes que lleguen los vientos, el resto quedó para las cuentas.
Debe ser por su posición geográfica, pero el viento que se mete por la bahía a Tokio, el que arrastra toda la humedad del océano Pacífico, enfila a como manotazos por la Roppongi Dori, una de las más populares avenidas de la ciudad, y se te mete como una colonia de arenillas que han logrado penetrar tu pantalón mientras disfrutabas de un baño en un río tropical.
En días como hoy, cuando cincuenta capas de nubes se interponen entre el astro de las chispas doradas y mis todavía frescos recuerdos de la hojarasca cobriza de la que estaba hecha el collar al Fuji-san, me vence la insoportable levedad de odiar el paisaje plomizo, el de los edificios, las calles, las autopistas elevadas, las entradas de las estaciones de metro, las rejas de las casas y la ternura de los tokiotas. Tokio me suena demasiado alto, se mueve tan aprisa que no puedo seguirla, el tiempo se lanza atado a un parapente y yo no tengo ningún intención de curarme del vértigo, no esta vez.
Generalmente, cuando me preguntan qué tal es vivir en Tokio yo respondo que es una ciudad que te acoge bien y rápido. Mi Señora no decía mucho en el pasado reciente, pero ahora creo que cree lo mismo que yo, y le aumenta una frase: "El Japón siempre se encargará de recordarte que eres un extranjero". Sensación térmica: 0 °C.

Les veo ya mismo con algún reporte invernal.


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