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miércoles, 12 de diciembre de 2012

Crónica de un terremoto en salsa de paciencia japonesa

Hola a todos:

"Pueden ser casualidades u otras rarezas que pasan, pero donde quiera que ando todo me conduce a ti". Es cierto, desde mi punto de vista esta es una canción de amor de Silvio Rodríguez; pero ni con Silvio Rodríguez ni con su genio se puede tener seguridad (desde todos los puntos de vista posible). "Tú fantasma", como titula la canción, sí se aplica para esta otra realidad intimidante, que bastante lejana está de una declaración de pasión desenfrenada. O a lo mejor no. Veremos.
Luego de haber estado a punto de perder la calma el pasado viernes cada sensación de temblor es una recurrencia latente, "...cuando desde tus rincones, te abalanzas sobre mí". Me había demorado para escribir esta crónica para tratar de conseguir la perspectiva que el tiempo da, pero la verdad es que todo me tiembla y la perspectiva se ha ido a la mierda, de manera que a por esta crónica de un terremoto adobado con la inefable paciencia japonesa.
Viernes 7 de diciembre de 2012, 17:18, terremoto de 7,3 grados de magnitud y una duración de... No lo sé, la página web de la Japan Meteorological Angency no juega con el factor duración, una variable importantísima para un ser humano que porta el número 0002 del Carné para Cobardes. Saber la duración de un evento telúrico marca la diferencia entre lo soportable y la horripilación. A saber, una cosa es bailar por 20 segundos el Himno Nacional con el obipso, que danzar los más de tres minutos de la versión no oficial con el prelado vestido de traje largo, negro y púrpura. En el pasado ya lejano de mi adolescencia, una cosa era encontrarse por tres minutos con la Monserrat mientras se tonteaba en el CCI y otra muy diferente irse con ella al cine y que te tomara la mano. Un hombre valiente habría aguantado en brazos del obispo y en manos de Monserrat, pero a quien porta un carné como el descrito : siempre queda la posibilidad de, rememorando los términos taurinos, salir por piernas y dejar al obispo y a Monserrat en paz -y lejos- con sus horripilancias. Y no, esa medida desesperada y superefectiva no sirve para evadir los 7,3 grados de intensidad porque no se puede correr a ningún sitio donde no se esté moviendo la tierra. Además, no se debe huir, hay que estar quietesito debajo de la mesa y esperar con paciencia japonesa.
Sin embargo, en el terremoto del 7 de diciembre, en el que "..especialmente la casa me resulta insoportable cuando desde sus rincones te avanzas sobre mí", hacer lo que manda la prudencia, es decir meterme debajo de la mesa, era poco aconsejable porque el bien mueble tiene por mesón vidrio y se me habrían incrustado algunas armas mortales en la espalda si el desenlace hubiera sido el peor. Mi otero, a la sombra del marco de la puerta, pareció bastante eficiente.



Las señales de que la tierra temblaba eran al principio dudosas, se podría haber discutido si era tal o si se trataba de un camión de 24 ruedas que pasó raudo por la avenida cercana haciendo puré lo que estuviera debajo. Las islas del archipiélago nipón se mueven y todo lo que está encima también. Uno de los secretos de la prevención de desastres naturales es la flexibilidad, la antípoda de la rigidez, hasta las más imponentes bestias de concreto le siguen el ritmo a las placas tectónicas que andan de bolero en el subsuelo. Macarena, en los matrimonios cuando el ponedor de canciones tiene la genialidad de dejar sonar Macarena, hasta la abuelita de la cuñada del novio sale presurosa a demostrar que sí sabe contonear las caderas con la sensualidad limitada que permite la calcificación. Si las estructuras de las obras civiles fueran como la cadera de la venerable anciana la mitad de la ciudad hubiera colapsado el 7 de diciembre.
Esas digresiones sucedieron mientras las evidencias se hacían visibles, momento en el cual se inicia un teatro aparte. Las evidencias de que se estaba produciendo efectivamente un evento sísmico. Hay quienes no se quedan quietos y comienzan a andar de aquí para allá con alguna ocupación intrascendente en las manos para no parar, para no sentir que donde los pies están pisando se ha vuelto gelatina.
Cada persona tiene su manera de actuar frente a un terremoto. Mi padre, el licenciado Samaniego, salía corriendo. A él le tocó vivir todas las réplicas del terremoto de Pelileo de 1949 y no soportaba estar dentro. Volaba y cuando el evento se daba por superado iba por nosotros, que nos protegíamos bien entre todos; una madre y seis hijos formamos una masa que ya merece algún respeto.
Su servidor hace dos cosas, se consume internamente con el fuego terror y suelta la lengua, en general, con una sobredosis de incoherencias, "En días graves le he pedido / masajes para mi espalda, / los peores ni te cuento / porque no vas a creer", canta el mismo señor Silvio.
Y comienza un parloteo incesante. Yo supongo que en los aproximadamente 60 segundos que duró el terremoto del 7 de diciembre habré contado dos anécdotas, emitido tres argumentos de la actualidad política, probablemente un chiste corto, un resumen ejecutivo de los datos relevantes de la sismología moderna, predicado el miserere, recordado el párrafo del Himno de las Juventudes Mundiales "Destruyamos las fuerzas / que encadenan la felicidad, / derrotemos la muerte / e impongamos eterna la paz" y coreado el "¡Dale A...!" con frenesí. 28.000 palabras, a buen recuerdo del que las portaba.
Imaginarán ustedes que, en condiciones normales, la perorata puede durar una hora bien administrada y ustedes alzarán las cejas para arrugar la frente y pensar -sin decirlo- que lo dicho por su servidor mientras la tierra tiembla debe ser como el balbuceo de un extraterrestre estreñido. Eso sucede de bocas para afuera, porque el único hecho real es que uno termina por esperar, con paciencia japonesa.
Mientras, alrededor suceden cosas. Desde la mente de quien ha entrado en pánico y ha soltado una verborrea consistente son fotos, cromos de un álbum que, a no ser porque tiene un inicio y un final, serviría para engordar la carpeta del psicoanlista y menguar más las arcas propias.
Alguien que se puso el abrigo al vuelo y se lió con los guantes, trataba de evitar que se despeinara su cabellera a-reglada e intentaba no perder la compostura para decir alguna blasfemia como "Creo que sería bueno que saliéramos" cuando todas las técnicas recomiendan mantenerse en el puesto. Otro de los asistentes al circo cruza el campo de batalla, porta un papel en la mano, llega a la copiadora y, en una acto de despreocupación pasmoso, cumple con el proceso de colocar el papel sobre el vidrio, cerrar la tapa, pulsar el botón y obtener efectivamente una copia, lo cual es profundamente irresponsable con quienes hemos caído en el tifón del pánico y la verborrea. Una persona más, ella sí japonesa, con la experiencia que pende de su espalda, dispara a quemarropa la munición perfecta guardada para estos momentos: "Este edificio si aguanta", que en el fondo significa "idiota, hemos pasado cosas bastante más fuertes aquí, qué te crees para hacer semejante escándalo público por una sacudida de confianza". Más allá está quien relata el evento como un partido de fútbol. "Ahora se mueve más, ahora se mueve menos, parece que el retumbón es oscilatorio; corrijo, es trepidatorio. Parece que ya está pasando. No, volvió, volvió, ¿y ahora, qué hacemos? Tenemos que estar calmados, no se muevan de aquí, este es un lugar seguro, ya se mueve menos, cuando salgan por favor usar las gradas, los ascensores pueden colapsar con las réplicas que se vendrán ya mismo. Esperen que no ha terminado, este sí está fuerte, ahora sí se puso fuerte de verdad, qué será, dónde será". En esos instantes, en esos oscuros momentos de hiperinformación cantada por los pregoneros afanosos creí encontrar utilidad para los libros del tal Cohelo: usar de corcho para que la mal defendida libertad de expresión deje de atormentarme.
Insisto, son imágenes aisladas sucedidas en un mismo lapso y en un mismo lugar que, de no ser así, de haber inventado o atado artificialmente esas escenas, tendría yo que tomar precauciones farmacológicas. El azar quiso que antes que se me rompiera la cordura por completo paró de moverse la tierra, pero la calma añade un elemento más al pánico y a la verborrea: la necesidad de información.
En la computadora de bolsillo que también llama por teléfono comienzan a aparecer los datos: Alerta de tsunami en el noreste, Shindo 4 para Tokio ("Strong. Strong shaking of houses and buildings, overturning of unstable objects...", que en lenguaje llamingo significa "Esta pendejada tembló harto, casito las construccioes se desmadran..."). El pánico verborréico se transmuta en un chuchaqui silencioso, medio agradecido porque esta vez haya sido solamente un susto, medio aprehensivo en espera de lo que vendrá. Pero este nuevo estado hay que enfrentarlo con paciencia japonesa.
"Hoy no es día inteligente y no sé ir más allá", sigue cantando don Silvio y le tomamos al pie de la letra el consejo: como no es día inteligente para racionalizar las verdades ocultas de la sísmica nos vamos a beber hasta las ni sé que horas, mientras las réplicas siguen atormentando a quienes decidieron sostener la conciencia. Nosotros preferimos la poética frase de Heirich Boll, creo que fue el Nobel alemán quien comparó a la borrachera con la hermana buena de la muerte. Ya les cuento cuando pase otro.

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