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lunes, 5 de noviembre de 2012

¡Ay!, el huevo negro

Buenas a todos, un gusto estar con ustedes.

Cuando estábamos embarcados rumbo a Odawara recién caí en cuenta que las cosas estaban sucediendo de una manera extraña. Digamos, lo normal fue correr de aquí para allá para alcanzar los trenes que debíamos a los minutos exactos. El Japón no concesionada nada en cuanto a puntualidad y a orden, se cumple o se paga el incumplimiento. Y la "multa" suele ser que pierdes tiempo. Y en Japón no se pierde el tiempo ni se lo regala ni tampoco se permite que sea robado.
El gesto del destino, aunque parezca raro decirlo, fue haber conseguido una habitación donde pasar la noche con 24 horas de anticipación. En Japón pasar una noche en un hotel se planifica con tiempo, con semanas y meses.
La habitación, el hotel, estaba en Hakone, destino del que leímos solo cuando supimos que la reservación estaba hecha. En Odawara cambiamos de tren. En la siguiente parada, Hakone-Yumoto, nos subimos al más viejo tren que anda por el Japón y por allí llegó otro guiño del destino. El Hakone Tozan Train sube a veinte kilómetros por hora las montañas, por una ruta compuesta por abismos, túneles y puentes. Hacía la misma operación que la única línea de tren en Ecuador cuando se bate a blasfemisas contra la Nariz del Diablo. La diferencia es la cantidad de árboles que amurralan la línea nipona contra la casi ninguna vegetación de la proesa ecuatoriana.
El tren resopla hasta Gora, un pueblo que sirve como enlace para muchos de los destinos turísticos de Hakone, que giran alrededor del lago Ashi y de una vista abúlica del Fuji (Fuji-san, en realidad, la gente le conoce como "el señor Fuji").
En Gora paramos por un café en un sitio que tenía todos los detalles de decoración perfectos y muchas miniaturas usadas con fines estéticos y prácticos. El café de la casa, preparado por una esepecilista, estaba compuesto por granos de varios tipos procedentes de tres países de América Central. El café y la consiguiente torta de chocolate fueron el postre de un plato que no pudimos evitar comer, por razones idiomáticas más que por algún antojo específico: Pollo con Jitomate. Así, escrito en español, aunque el sabor fuera auténticamente japan style a veces se supervive a la sensación de desarraigo con esas imposturas.
Luego, en bus bajamos hasta el lago. Ahí estaba el hotel, una construcción muy antigua administrada por tres septuagenarias que nos saludaron con venias abundantes y por una mujer más joven que hablaba perfecto español. Era un hotel tradicional japonés (ryokan), nuestra habitación olía a tatami y tenía una vista amplia y generosa del lago Ashi.
Como atraídos por alguna gravedad nueva, nos sentamos a contemplar el lago, mientras una de las ancianas, de rodillas, nos preparó té verde. De rodillas hizo una venia apoyando los tres dedos de cada mano, uno de los gestos de respeto y sumisión más profundos de la tradición japonesa. Ese fue una muestra absoluta de que el destino se había sentado junto a nosotros.
Hablamos por algún tiempo con Mi Señora sobre el color que tiene el agua de la laguna. Entonces no tuvimos un acuerdo, pero ahora pienso que las aguas del Ashi al atardecer son blanco-hueso, pero solo por un rato porque la noche se tiende perezosa con su negrura de parpadeo en parpadeo.
Cuando me desperté al día siguiente, muy temprano por la mañana, el cielo pasaba con cierto apuro de púrpura a azul, decidí hacer unas fotos en el malecón. Cuando disparé la primera foto el cielo estaba limpio, el paisaje estrenaba colores.

Dejé rápido las fotos porque debíamos comprobar si era cierto lo de los huevos negros. Para llegar salimos del muelle de Moto-Hakone, donde estaba nuestro hotel, navegamos por el lago hasta Togendai y montarnos en el teleférico para ir montaña arriba.
No me van bien en las alturas, ya lo he dicho (recuérdalo aquí). Esta vez me tocó hacer un nudo en el estómago para aguantar la remontada silenciosa e indolente de una cabina de diez personas, todo por culpa de los benditos huevos negros.
Desembarcamos... Quiero decir, mi cuerpo se bajó de la cabina del teleférico y mi alma llegó unos minutos después a completarme, se había quedado escondida debajo de un asiento, las manos se le habían agarrotado en el tubo del que se sostenía. El destino fue un paradero muy cerca de las fumarolas del monte Hakone.
Ni qué falta hace decirles que la geología del archipiélago nipón es una rumba permanente, todo se mueve todo el tiempo, sube y baja, revienta o se escabulle, pero no se está quieta, de manera que estar parados sobre el cráter de un volcán activo no tiene mayor mérito.
Me imagino que alguna vez, un expedicionario llegó a esta alturas inusuales para el país (algo más de mil metros sobre el nivel del mar) y tuvo hambre. Habiendo tontamente olvidado el infiernillo puso a cocer los huevos que cargaba en el morral en el agua sulfurosa que hierve y después se los comió. El expedicionario no contó con que una reacción química tornaba la cáscara del huevo de un blanco celestiral a un negro infernal.
Seguramente el origen es menos retórico y más práctico, pero la realidad es que miles de curiosos suben para mirar las furmarolas, sentir el agua hirviente, curiosear cómo se cuecen ahí los huevos, comprarse muchos y comérselos inmediatamente mientras matienen el calor magmático.
Hicimos eso, nos dimos cuenta que negra se hacía solamente la cáscara; el interior, la clara, seguía siendo celestial y la yema tan luminosa como el sol; era indiscutible que el huevo se había puesto una capa negra para desafiar las amenazas del-que-no-se-debe-nombrar y que gobierna el averno que es caliente, está debajo de los pies y allí se llega entrando por un volcán, según la mitología católica.
Le pusimos un poquito de sal y nos comimos. Un huevo negro cada uno. El sabor es el de un huevo duro, ni más ni menos. Pero el olor es menos gustoso, huele a huevo prodrido que es el mismo olor del azufre. Y viceversa. Justamente por el olor a azufre, que es el mismo olor del huevo podrido, decidimos bajar rápido del cráter (otra vez en teleférico y con pavor verdadero), a pesar de que el paisaje estaba jalonando la lengua poética de viajantes, fotógrafos, mercaderes, jubilados y desocupados de las artes de las letras.
Es una paradoja compartir con miles de personas la experiencia de comer huevos con cáscaras negras en el único lugar de la tierra donde el olor natural es a huevo podrido. Somos hijos dignos de nuestras contradicciones.

Hasta después de un rato.

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