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martes, 27 de junio de 2017

De hospedajes a refugios

Como a ustedes les consta, en esta bitácora hay una debilidad por escarbar en lo cotidiano para llegar a las venas de la historia de Japón, un país antiguo y lleno de futuro. ¿Quieren venir conmigo?

Venir en el sentido literal, porque esta es una invitación a realizar dos acciones que tienen una relación que pocas veces tomamos en cuenta: moverse y detenerse. Caminar y descansar, desplazarse de un lugar a otro a través de un camino y recuperar fuerzas en un albergue.
Lo relevante de este capítulo es que el albergue fue visto desde hace siglos como un refugio, un espacio en donde, literal y simbólicamente, un transeúnte se apartaba del camino para hacer acopio de energía y seguir la siguiente jornada.
Hay dos tipos de posadas para viajeros que han sido tradicionales y ahora tiene fama: ryokan y minshuku, lugares donde los caminantes de antes y los viajeros de ahora buscan refugio. Y encuentran algo más que un lugar donde dormir.


 
Los dos pueden entrar en la categoría general de hoteles tradicionales japoneses y en la actualidad los ryokan se asocian más bien con establecimiento de alto nivel. La consigna en ambos es seguir las reglas para obtener un bienestar difícil de igualar.
Los japoneses adoran viajar, moverse, lo han hecho siempre. Baste recordar que en 1750 aproximadamente un millón y medio de japoneses transitaban por las rutas, sobre todo por las que unían la capital, Kioto, con la sede administrativa del sogún, Edo (que luego se cambió a Tokio).
Las dos ciudades más importantes están a unos 460 kilómetros y que en ese entonces podía tomar una semana el camino entre ciudades principales. Pero las venas del sistema vial japonés siempre fueron intimidantes.
Había cinco rutas principales (las más conocidos son Nakasendo y Tokaido), como se ha dicho había mucha gente caminando por un tiempo estimable y necesitaban dónde asearse, comer y descansar.
Poco a poco los albergues se especializaron: a más de satisfacer las necesidades del cuerpo agregaron unos intangibles muy japoneses: sostener la inmensa quietud que contiene el silencio, dejarse acariciar por el agua divina de las termas, hundirse en un paisaje esclavo de los secretos de las estaciones y comer con generosidad, que no es lo mismo que alimentarse en exceso.
El ryokan junta elementos del hogar, pero también tiene otros reservados para santuarios y unos más que son típicos de las casas de té. La clave está en el sentido común, la sencillez y la perfección con la que atan ambientes para crear uno auténtico.


 
Parece una necedad decir que la mayoría de posadas para los caminantes estaban cerca de los caminos pero no es tanto en cuanto se lograba adecuar los ryokan para que, traspuestos los muros, el huésped sintiera que entra a un mundo diferente, extraordinario.
Ahora, ha habido los establecimientos que decidieron alejarse de las rutas para edificar las instalaciones alrededor de un paisaje fuera de lo común o, lo que siempre ha sido la marca, junto a las fuentes de aguas termales, que las hay muchas.

Para entender la importancia histórica de esta actividad, vale decir que la empresa más antigua del mundo es un ryokan, el Nisiyama Onsen Keiunka, fundada en el año 718 y que aún ahora es propiedad de la misma familia. 
El país tiene un apego mayúsculo con la naturaleza y con los paisajes naturales. Uno de los grandes viajeros, que además es uno de los mayores poetas nacionales del Japón, Matsuo Basho (1644-1694), cuyas señas relevantes andan por aquí, escribió un hayku que de alguna manera revela el espíritu de un caminante al llegar a un aposento con sus huesos cansados.
Gabriele Fahr-Beker, en el libro “Ryokan, alojamiento en el Japón tradicional”, escribió: “Para el viajero, la entrada en un ryokan (un “hotel” japonés) supone el encuentro más directo y completo con las costumbres y la tradición de Japón. Además, también se llega a comprender la idea de perfección de una forma de vida basada en un vínculo armonioso entre arquitectura y naturaleza. La composición de un ryokan contiene todo con lo que podría soñar el habitante de una ciudad, un miembro de una sociedad industrial inhumana”.
En un par de días les invitaré a entrar a un ryokan y les contaré más detalles: el protocolo, los baños termales, la extraordinaria cocina, el silencio; la vida detenida.

Hasta pronto.

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