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lunes, 19 de noviembre de 2012

La madera de Nara

Saludos cariñosos para todos:

Formamos lo que se llamó en ese momento "Los cuatro mochileros", equipo integrado por Mi Señora, mi hija Micaela, su amiga Isabela (rebautizada como "la Alta") y su servidor. Llegamos al sur de Honshu, la isla grande, para encontrar lo que todos los que viajan al sur buscan: siglos de historia de un país que no se cansa de renovarse a sí mismo.
Kyoto y Nara son dos destinos que están en todas las guías; esa presencia abundante no es la que nos seduce, preferimos ir donde nadie va, donde los secretos tienen un velo ligero porque no tienen riesgos, están seguros; el exceso de ojos y de luces de las cámaras de fotos suelen ser demasiado fuertes, tumban el velo.
Sin embargo, no se puede dejar de ir al encuentro brutal con la madera. Es muy llamativo el hecho de que el viaje en tren es como entrar a un canal flanqueado por casas, como esa escena de Guerra de las Galaxias cuando Luke Skywalker pilotea su nave para torpedear la fuente de poder de la Estrella de la Muerte. Las casas son los ladrillos de una gran fortificación -así las he sentido- que, en el viaje a Nara, termina cuando comienza un túnel, al final del cual está la luz. La luz de la madera de Nara, la luminosidad de este nadaraka o lugar llano; en esta palabra se origina el nombre de la ciudad.
Es un sitio que tuvo un desarrollo impresionante entre los años 710 y 784 cuando fue la capital del Japón. De esa época datan la construcción de la mayoría de los templos y otras edificaciones civiles que han sobrevivido.
Un día en Nara es insuficiente, sobre todo si la intención es hacer algo más que tomar fotos. A eso invita el santuario de Kasuga Taisha, perfectamente shintoísta y el templo tutelar de la familia Fujiwara, cuyo shogunato tuvo el poder total sobre el Japón en los años mencionados. Es intensamente rojo, rabiosamente colorado y la devoción que se profesa se demuestra en las linternas de piedra donadas por los fieles seguidores y que sitian, literalmente, al templo. Toro o ishi-doro son los nombres japoneses para estos objetos decorativo que son muy comunes aunque siempre coquetean y obligan a un guiño de ojo (mire aquí información de los toro).
Cuando dejábamos Kasuga Taisha, su rojo intenso y los musgos verdes que abrigan los toro nos encontramos con una boda, unos novios que salían en una calesa oriental (se llaman jinrikisha, "vehículo movido por tracción humana") felices y honrados de ser fotografiados por unos extranjeros que parecían paparazzis. Esos éramos nosotros, nos habíamos olvidado del calor a la sombra de los altos árboles de Kasuga Taisha para ser quienes regristrábamos este evento.
Bajamos del principal templo shintoísta de Nara para encontrarnos con otro que ostenta, orondo y orgulloso, el título de la más grande construcción de madera del mundo, Tōdai-ji. Es más escalofriante cuando nos enteramos que el de ahora tiene las dos terceras partes del original; es decir, recortado y todo sigue siendo el mayor de todos.
Nos llama la atención una especie de cuernos dorados en la parte alta de la cubierta de este templo budista y nos enloquece estudiar el tramado de vigas, tablas, palos y tucos que sostiene semejante construcción, edificada para proteger a un enorme Buda de bronce.
Y bueno, los números siguen siendo magníficos: durante 1.267 años nadie logró construir una estructura de madera de este tamaño. La leyenda dice que participaron alrededor de 2'600.000 personas, como aportantes o trabajadores (dato puesto en duda pues equivalían, entonces, a la mitad de la población total del Japón).
Ahora, con respecto al Buda, para su construcción se fundió casi todo el bronce de Japón, para formar esta figura de casi catorce metros de alto y que pesa más de 500 kilos, que equivale al peso de dos Boeing A380 juntos.
Todo es descomunal. Sigan leyendo y entenderán esta afirmación, los seres humanos no somos más que mocos frente a la imponencia del templo. Tras la gran estatua de bronce existe una enorme viga que tiene un hueco en la mitad, de un tamaño similar al de una fosa nasal del Buda. Los devotos que visitan el templo tratan de pasar por el orificio, porque la creencia dice que cruzar el hoyo ayudará en el camino de la iluminación. Es un asunto de fe y de dimensiones físicas, la mayoría de japoneses son esbeltos y lo atraviesan, a veces con un poco de esfuerzo.
Mi Señora lo logró, la "Alta" también lo hizo, pero la perfecta redondez de mi vientre y mis a veces patéticas fobias me convencieron de no intentar hacer lo que terminaría siendo un ridículo místico. Pero bueno, para quienes vivimos secuestrados para la ficción no es difícil pensar en una persona como un moco que sale del Buda y a todos los fieles como un gran catarro celestial.
Pero... Gran pero, lo dicho al principio, Nara no se deja en un día. He de volver, pero mientras tanto me queda una sensación extraña, la de una ciudad repleta de templos y de patrimonios que me guiña el ojo y me pregunta "¿Cuándo vuelves? Tenemos que conocernos. Tengo mucho que contarte". Soy todo oídos, encontraré el tiempo. Algo me dice que Nara solo se siente con quietud.

Ya les cuento más cosas.

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