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lunes, 13 de febrero de 2012

Sobre los derechos de autor y otras sopas

Buenas, es hora de hablar de comida.

Sí, es literal, a hablar de la comida de todos los días de los autores.
A propópsito de la famosa ley SOPA, que fracasó con todo éxito, la detención del principal de Megaupload y todas estas barbaridades de la era digital, me temo que las feflexiones, los razonamientos y las posiciones todavía están adolescentes. Evidentemente la mía también, pero valga el esfuerzo de este llamingo para tratar de aportar con alguna opinón "de altura".
La defensa de quienes consumen contenidos a través de Internet y su oposición al proyecto denominado Stop Online Piracy Act, o simplemente SOPA, enfrentó a dos de muchos actores de la transmisión de contenidos. Al final de la cadena, el consumidor que exige gratuidad para el uso de cualquier contenido.
He profundizado poco sobre los argumentos, pero en realidad es una reacción en contra de otro de los eslabones de la cadena, los distribuidores de contenido, quienes quieren cobrar por cada byte descargado.
Me parece arrogante por parte de los consumidores exigir que todo sea gratis y me parece arrogante de los distribuidores la desmedida ambición. Pero, en el fondo, los unos y los otros esperan lucrar de la víctima, de quien pocos han hablado: el autor.
Me dan unas cosquilas extrañas, todo el mundo termina peleándose por sacarle provecho a una obra que no la crearon. Está bien, hay miles de contenidos de miles de temas, con miles de características y estas líneas pretenden ir por la acera -quizás marginal- de las "obras de autor".
Es extrañamente malformado el sistema. Un creador, se inventa una historia fascinante, de una ñiña huérfana de madre que es sometida por su madrastra y sus hermanastras ante la indolencia del padre; la niña se casa con el príncipe y son felices. 
Esta historia sigue cautivando a varias generaciones pero en uno de esos derrapes de la historia cayó en manos de un tal Walt Disney, quien se apropia de la historia y puso todos los recursos económicos en una reproducción asfixiante de la historia y sus apéndices: película de dibujos animados, película con actores reales, castillo en sus mega-resorts-infanto-adolescentes-carísimos, muñecas, carteras, relojes, libretas y un enorme etcétera. Y, evidentemente, se creyó en el derecho de obtener todas las ganancias, inclusive las que pueda obtener de la sola mención de la palabra Cenicienta.
¿Y el autor, quien se inventó el cuento, el genio que desencadenó esta sofocante cadena comercial? Muerto y en su tumba. Todos se apropiaron de su obra y lucraron de ella, todos se sienten en el derecho de hacerlo. El legado Disney exprime hasta el último centavo de una historia que no se inventó y el consumidor se delita hasta el hartazgo sin pagar un centavo.
Es curioso pero uno de los autores a quien se atribuye el cuento, Charles Perrault, en realidad puso en letras una vieja tradición oral que, con variaciones, se había contado en Alemania, Franci y hasta China (618-927 aC). Y también lucró de ella.
Ahora, todos los contenidos tienen un autor y es de justicia básica reconocer su capacidad de crear tales contenidos, reconocerlo monetariamente porque ese reconocimiento significa que el autor puede tomar sopa todos los días. Pero la mayoría de autores ni siquiera son tomados en cuenta en la discusión sobre la gratuidad o los costos del uso de la información que están en Internet.
Lo último en este aburrido monólogo de cura de parroquia es que debería quedar claro que hay una diferencia importante, que se debe tomar en cuenta necesariamente, entre la creación neta y la creación comercial de un contenido.
La creación comercial es fácilmente reconocible porque es tratada como un producto de mercado y está acompañada de la parafernalia del libre mercado: obras de dudosa calidad (Ricardo Arjona), obras vestidas de creación neta (Paulo Coelho), comida rápida para el alma (El Secreto), creaciones hechas con la fórmula exacta del éxito (Harry Potter).
La creación neta es fácilmente reconocible porque se habla poco de ella, sus autores no son guapos ni se visten bien, sus autores quieren hacer un aporte no quieren enriquecerse, son aquellos que sinceramente quieren que algo cambie.
Toda esta letanía esta dirigida a sostener que los autores deberían estar sentados en la mesa para negociar cualquier decisión que se tome sobre la suerte de los contenidos en la red que ellos crearon. O si no, que dejen de crear, para ver si tienen motivo de pelea los distribuidores y los consumidores.
Como dicen en japonés, がんばって(ganbatte), demos lo mejor de nosotros para que todo salga bien.

Hasta ya mismo.