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martes, 14 de febrero de 2012

¿Santa Valentina?

Hola, saludos.

No, no tengo la costumbre de adherirme al quilombo que provoca el desate masivo por comprar para decir que hay amistad. Ni valentines, ni navidades, ni día de nada. Creo que la gente que quiero sabe que le quiero siempre, porque siempre se los demuestro.
Pero vale, vamos a lo que nos convoca ahora. En Japón las mujeres regalan chocolates a los hombres en el Día de San Valentín. En muchos de los casos, los preparan en casa y se los dan al novio, al amigo, al compañero. Dar sin esperar nada a cambio, al menos en ese momento. Regalan, desean felicidades, se encuentran en los sitios de moda y ya. La gran vícitima de la fiesta es el hígado, que se queja y por algún tiempo por el exceso de chocolate. Quizás esta sea la única fecha en la que se ve a muchas parejas caminar de la mano por lugares públicos, en la tierra del Fuji san la gente no está dada a hacer demostraciones públicas de cariño.
Esta fiesta se celebra desde 1958 y los escaparates de las tiendas casi mudan las estanterías de los regalos de navidad a los de San Valentín. Siempre chocolates. Un mes después, el 14 de marzo, se celebra el "Día Blanco" (howaito day), cuando los chicos regalan a las chicas y se invierten los papeles.
Pero, esto me sirve para hablar otra cosa, relacionada de todas formas: la mujer. Pero, como siempre, no será un estudio científico sino la transmisión de algunos datos interesantes.
Fumiko, a la sazón la más antigua empleada japonesa de la Embajada del Ecuador, me dijo hace unos días algo extraño: la mujer recibe a su marido con tres dedos. Claro, frente a mi cara de desazón absoluta, pasó luego a la explicación. Es tradición que cuando el marido llega a casa luego de trabajar, la esposa le recibe de rodillas, apoya tres dedos de cada mano en el piso y hace una reverencia profunda, su frente queda a centímetros del piso. En esta tierra de reverencias, esta es más vistosa, pero recordemos que las venias no son una señal de humillación, es una manera de decir que ponen en manos de la otra persona su vida, a tanto llega ese voto de confianza que la cabeza de la mujer queda en la posición más cómoda para la estapada en manos expertas la corte. Un símbolo de confianza absoluta.
Luego de saludarle con tres dedos, la mujer extiende la mano y el marido automáticamente le entrega su salario. La mujer de la casa es quien administra el dinero y le entrega al marido una parte para sus gastos.
Existe, sí, una tradición de sumisión, que va cambiando poco a poco. Es común ver que las mujeres japonesas buscan casarse con hombres occidentales porque a ellos no les deben la sumisión que sí deberían profesar por los japoneses.
Esa sumisión probablemente se refleja de mejor manera en el cambio de filiacón con el marimonio entre japoneses. Luego de la boda, la novia deja de pertenecer a su familia y se integra al grupo familiar de su esposo. Es decir, ya no es hija de sus padres, sino que es la esposa del hijo de casa y desde ese momento sus padres son otros.
Todavía persisten, sin embargo, razgos de una vida política, oficial, de jefes hombres. Aún ahora un empresario japonés preferirá negociar con un hombre occidental. Si tiene al frente a un hombre y a una mujer occidentales hablará básicamente mirando los ojos hombre.
Muchas de estas costumbres, de estas maneras de construir su vida social, cambian. Para un llamingo en Japón, la pérdida de las tradiciones, de los elementos que convierten a Japón en una nación solo parecida a sí mismo, es dolorosa. Pero, los pueblos construyen su futuro a su manera, a veces viviendo la fiesta de San Valentín con sus propias relgas, otras veces sosteniendo la tradición con fuerza frente a la agresividad occidental.
Si algo odio de la globalización –como está concebida- es la violencia con la que trata de imponer una manera de ser en todo el mundo. Al fin y al cabo, para ellos no hay mejor sistema que uno que se base en consumidores iguales, pasivos, gastadores y sometidos.

Hasta ya mismo.