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miércoles, 1 de febrero de 2012

La Conquistadora y sus aventuras en Japón


Se les extraña bastante.
La Conquistadora no se aguantó las ganas, cargó sus aperos y se vino llena de ganas a mostrar su historia en el Centro Juvenil de Cultura Latinoamericana.
Gracias a la gentileza de Carmen Díaz Olivares, peruana por nacionalidad y por candor, se organizó una tertulia a la que asistieron japoneses interesados en la literatura hispanoamericana. El tema de la noche fue La Conquistadora y este llamingo llegó con hartas inquietudes: a pocos se les da la posibilidad de dialogar con un público tan diferente.
Pero se hizo. En el salón del local, sentados en redondo, el llamingo habló de La Conquistadora como si la Sunta estuviera allí, con la pasión retenida y desbordándose. Luego de "meterles el cuento", se abrió un espacio para preguntas y respuestas.

Tempus frangere

La referencia previa era que en Japón se lee mucho. Eso se ve en todas partes. En el metro, en cada vagón, en el que alcanzan un centenar de apurados asalariados, al menos 20 están leyendo. Los editores tienen el ingenio de vender libros que puedan ser manejados con una mano, mientras la otra se sostiene para no caer aparatosamente en el tren o en el bus. En las librerías hay que abrirse paso con dificultad para alcanzar los estantes deseados.
Sí, leen. ¿Cuánto? No me atrevo a decirlo, pero si ustedes insisten... Me libero de responsabilidades: en 2009 se vendieron 1.274'000.000 de libros. Esta industria cultural genera un negocio calculado en USD 2.500'000.000 al año. Equivale a casi cuatro meses de exportaciones de petróleo del Ecuador.
Probablemente el único producto del que los japoneses tienen un hambre voraz insatisfecha sea la lectura. Japón es el país del mundo donde más libros se publican, donde más revistas se publican, donde más cómics se publican y donde más periódicos se publican al año. Más incluso que Estados Unidos o China, países con mucha más población que Japón.
Es tan prolífica la producción que cada tres horas aparece un nuevo título (más de 78.000 al año). Existen sobre las 15,482 librerías en todo el país, en las estaciones de metro más grandes funcionan aparatos para vender libros al lado de las máquinas para vender colas en lata, papas fritas y café caliente.
Este llamingo, entonces, tenía dos caminos: o sentirse uno del montón o asumir la responsabilidad. Desentenderse de las veintena de lectores a los que tenía a mano o tratar de animarles a que lean a La Conquistadora.

Tempus frangere postrema

Se abrió el espacio para preguntas y respuestas. Con semejantes antecedentes, las preguntas fueron todas buenas y las respuestas se parecían al monte de piedad: puro empeño. Y los comentarios todos sinceros. "Me llamó la atención lo que nos dijo, Samaniego san, quisiera leer su novela".
Esto lo dijo una japonesa de más de 50 años que no tenía ningún reparo en enfrentarse a una obra en un idioma que apenas conoce y cuyas encrucijadas idiomáticas las resuelve de cualquier manera.
Estaba por ahí un funcionario de la Toyota, quien se interesó por la discusión eterna del cuidado del medioambiente de la Amazonía y las reservas petroleras que descansan bajo la selva.
La reunión se realizó en Café y Libros (en la zona de Meguro). Reiko, una mujer adorable de edad incalculabre adaptó el lugar para no perder el contacto con el mundo latino, que de alguna manera rozó gracias a su esposo mexicano, aunque lo más cerca que estuvo fue baja California.
Me preguntaron también si escribiría sobre el terremoto de Japón de 2011, me jalaron la lengua sobre algo de la novela en la que estoy trabajando, preguntaron por animales exóticos, las medidas para sobrevivir a la altura increíble de los Andes.
Se mostraron siempre interesados por cada palabra y debimos haber intercambiado un par de centenares de venias durante toda la noche.
Qué peso enorme se sintió al tener que hablar con transeúntes de la cotidianidad que abrazan con tanto fervor la lectura. Qué responsabilidad. Qué poco pudieron hacer las diferencias culturales, el diferente idioma, que pocos obstáculos existen cuando de por medio hay mentes abiertas y corazones cálidos. Qué manera de respetar mutuamente las idiosincracias.
A penas lleguen los libros, estos japoneses los tendrán en sus manos. Comenzará la labor de parto, ese período que media entre la entrega el libro y la crítica. El parto de los montes, seguro que sí. Al final llegará el momento de escuchar lo que piensan sobre la novela. Y sucederá. Aquí sí.

Entonces... quedamos de amigos.