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sábado, 21 de enero de 2012

El hombre que está en armonía con el vacío

Hola a todos:

Nevó en Tokio. O sea, no es que se paró el tráfico porque había un metro de nieve, pero para este llamingo que solo alcanzó a sentir la filudez de la papacara en el páramo, es todo una novedad: el agua de seda que se arremolina entre las nubes y acaricia las mejillas heladas de los transeúntes.
Pero bien, el tema es otro y voy a actuar como el interlocutor de terceros. Fui un participante tangencial de la presentación de las cartas credenciales del Embajador de Ecuador, Leonardo Carrión, y los miembros de la misión ante el Emperador Akihito.
Como ya se ha dicho antes en este espacio, el Emperador del Japón es considerado un descendiente directo de Amaterasu, la diosa del sol y la mayor deidad de la mitología japonesa. Durante siglos fue así hasta que ganaron la guerra los gringos y le exigieron al emperador que firme una declaración en la que afirmaba que no era una deidad. Al pueblo japonés le importa un bledo lo que se le obligó a firmar y el Emperador sigue siendo lo mismo.
Amparo, la esposa del embajador, nos hizo caer en cuenta de los siguiente: es el último emperador que queda en el mundo.
No es este un espacio de análisis político de manera que les dejo el tema para que conversen con un buen café: ¿qué significa para un pueblo tener un emperador y qué trascendencia tiene en la vida de una nación? Porbablemente en algún momento me atreva a emitir una opinión.
Akihito es el descendiente de la dinastía imperial continuada más larga del mundo. Desde Jimmu (11 de febrero del año 660 a.C.) se han sucedido 125 emperadores. En los documentos oficiales se usa escribir el año de acuerdo al calendario gregoriano y el número de años de ejercicio del emperador en funciones. Este año sería 2012 en el calendario gregoriano y el 24 de la actual era. De hecho, el 23 de diciembre, día del cumpleaños del emperador, es fiesta nacional.
La Constitución del Japón en vigor (elaborada en buena parte por los marines gringos) afirma que el Emperador es el "símbolo del Estado y de la unidad del pueblo"; no tiene poderes políticos pero es un Jefe de Estado ceremonial que representa la monarquía constitucional. A su investidura se la conoce como el Trono del Crisantemo. Esta flor, de 17 pétalos, es el símbolo del poder imperial y el escudo de armas.
La delegación ecuatoriana debía presentarse ante Akihito y tenía que aprender con exactitud el ceremonial de un protocolo que es milimétrico.
Unos días antes de la ceremonia, un funcionario de protocolo de la Casa Imperial fue a la embajada para explicar las reglas, los movimientos, los detalles. Cuando al miembro de la misión del Ecuador le sea indicado debe entrar al salón, detenerse, hacer una venia leve. Luego caminar hasta una distancia de un metro del Emperador. Luego, hacer una venia profunda, dar un paso hacia adelante, estrechar la mano de Akihito, dar un paso hacia atrás, hacer una venia profunda, luego tres pasos hacia atrás, girar sobre sus pies y dirigirse hasta la puerta, donde debe girar de nuevo, hacer la última venia leve y salir.
No, no se le ocurra decir nada, solamente el embajador puede hablar con el Emperador. No, ni se le ocurra usar terno, para la ceremonia se debe vestir chaqué con corbata gris y si se atreve mismo a agregarle color no puede ser otro que el azul. Eso se puede, el resto está prohibido, pero prohibido de verdad. Ni se le ocurra aprenderse unas frases de cortesía para decirla porque romperá el protocolo y generará una inquietud que lo pondrá en mal predicamento frente al Estado japonés.
A las instrucciones siguieron las prácticas y la determinación de una agenda cuyo cumplimiento es exacto. Con exacto me refiero a que el programa estipulaba que el vehículo oficial saldría con el Embajador a las 13:30 y a esa hora en punto salió. No antes, no después.
Luego, los miembros de la misión fueron llevados a un edificio cercano del inexpugnable palacio imperial en donde esperaron hasta que el reloj diera la orden de partir. Mientras tanto, fuera del edificio se cortó el tránsito y se acercó la caravana. Unos siete jinetes presidían la procesión, tras ellos iba la carreta principal y luego una carreta adicional. Patrullas de la policía, miembos de la seguridad, autoridades de tránsito: un operativo perfecto porque, además, cerrar el tránsito de esa avenida provoca hartos problemas.
Voy a dar mi opinión: esta caravana y quienes la operan tiene un estilo absolutamente europeo. Me hubiera gustado mucho que los jinetes se visitieran a la usanza samurai y el resto con los trajes típicos de quienes atienden la casa imperial. La apertura de Japón puede provocar estas distorsiones de la identidad que me suenan como artificiales, impostadas; tristes.
Los llamingos diplomáticos, entonces, bajan del edificio de protocolo y tomaron sus puestos en los vehículos tirados por equinos. Y la caravana se perdió tras las puertas de palacio. Adentro todo sucedió de acuerdo a lo planificado, en la hora programada y con los detalles precisos. Entraron a una sala de espera donde fue servido té verde.  Y después, al salón principal.
Lo que sigue es el relato de Mi Señora, testigo presencial: esperaron en un pasillo, cerca de la puerta, mientras el Embajador hacía lo suyo. Un movimiento sutil de cabeza del jefe de protocolo fue la señal para que entrarán, uno por uno. Cuando llegó su turno y entró, le sorprendió la limpieza del salón. Uno grande, de techo alto, sin más adorno que varios tipos de madera que formaban la construcción. Todo lo opuesto a los salones señoriales abarrotados de pompa y boato de occidente. Extrañamente, al salón se le sentía luminoso, brillante, de una claridad que no era producto de juegos mañosos de luces artificiales.
Akihito es un hombre delgado y de baja estatura pero ninguno de los participantes pudo sostener su mirada. La sensación fue que ese hombre, el hijo de la diosa creadora de esta Nación, tiene una presencia capaz de llenar un salón vacío. Sin ninguna muestra de soberbia, Akihito se presentó como el administrador excepcional de una complejidad tan extrema que ha logrado dominar la simpleza.
Muy pocos seres humanos pueden darle la mano al Emperador del Japón, al último emperador del mundo, de hecho los japoneses no le pueden topar; ese minuto, ese rápido contacto es una cima en la vida de cualquier persona que tiene la capacidad de valorar la médula de un pueblo milenario.
No hay razón para esconder el contento. Al fin y al cabo, ¿cuántas veces en la vida se le da a uno poder estar así de cerca del hijo de una diosa?

Unas simples referencias fotográficas están en: http://www.flickr.com/photos/ascomunicas/sets/72157627704312787/

Entonces, nos vemos pronto, suerte en todo.

3 comentarios:

  1. Buen trabajo Alvaro. Me encantó tu informe. Entiendo que tu no fuiste a Palacio. Como príncipe consorte te quedaste en casa. Debes sentir lo que siente el Principe Felipe. No hay duda. Abrazos

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  2. Muy buena descripción del ritual....pude sentir que estaba ahí.

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  3. Excelente descripición de los gajes diplomáticos a la usanza nipona!! siga con sus relatos doctos de esta extraordinaria experiencia en Oriente. un abrazo y feliz cumple a la Pauly!!!

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