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miércoles, 18 de enero de 2012

¿Cuánto vale la muerte?

Hola todos, qué gusto:

Esta es la entrada de asunto, cómo se podrá decir, un tema grave, por sus implicaciones, básicamente porque quiebra principios sobre los que normalmente no hay discución. Vamos: hace poco, el diario local Japan Times publicó una noticia en la que advertían que el número de suicidios había disminuido. En 2011 se registraron 30.513 suicidios, una cifra que denota una tendecia decreciente, pues para 2013 la tasa bajó a 27.283 y para 2015 el índice disminuyó a 24.025
Sí, me pasó lo mismo, me salió del fondo del alma un "¡¿cuántos?!" estentóreo. Pues ese es un asunto que se trata más bien en voz baja, se evita en las charlas y siento que por dos razones: la una, porque cualquier conversación sobre suicidios puede generar disputas y los japoneses evitan el enfrentamiento sobre todas las cosas; la segunda, porque el valor de la muerte –o el valor de la vida, como se le quiera poner- es diferente.
Vamos a ver: a mí me formaron con la idea de que suicidarse es un pecado mortal, mi madre habrá dicho "Si Dios te dio la vida solo él puede quitártela", aunque en la práctica vemos a diario que quién nos quita la vida puede ser la Coca Cola (una alimentación desastroza basada en comida chatarra), puede ser la Chevrolet (un accidente de tránsito en el cual el conductor del vehículo suicida no era Dios), puede ser una bomba lanzada por un dron, puede ser el puro y llano estilo de vida occidental que somete a sus feligreses a contagios virales masivos de estrés.
Vuelvo al camino, luego de perderme un rato en las callejuelas de mi propia formación cultural. No estoy completamente seguro, pero ni para los budistas ni para los sintoístas el suicidio es un pecado. Desde un punto quizás más romántico, es un camino, que sirve para mucho, un sistema de purificación.
Para los samurai, el seppuku (que no harakiri, que se conisdera un término vulgar) era la manera como se limpiaba el honor. Es decir, el honor tiene mucho más valor que la vida, tanto que quitarse la vida es un paso para recuperar el honor. Y esa manera de pensar no es, pues, el producto de unos espadachines que alucinan, es un concepto muy arraigado en Japón. En el seppuku el autor de esa ceremonia se corta el vientre e inmediatamente una persona de mucha confianza le corta la cabeza, de manera que el cuerpo yace sin vida en la misma posición en la que se hace las venias profundas para reverenciar a sus divinidades.
Por otro lado, según su forma de ver la vida, las cosas y los hombres somos transitorios, llegamos a este espacio, en este tiempo, y saldremos para ir a otro tiempo y a otro espacio. No encuentran una razón para encariñarse con las personas y los objetos con los cuáles convivirán por un tiempo limitado. Algún japonista, de origen alemán, reseñó en un texto que los occidentales eduacamos a nuestros hijos para la vida, pero los japoneses (o quienes profesan el budismo) educan a los niños para la muerte. De ahí se derivan dos expresiones.
La primera, de alguna manera el minimalismo es una forma de expresar desprecio por lo material. Nótese que aquí el minimalismo es la forma de vida cotidiana y tradicional, no es una tendencia de diseño de interiores. Para qué llenarse de cosas que servirán por un tiempo en esta vida, es mejor evitarlas. Los objetos tiene poco valor.
Luego, la segunda, para qué enamorarse, para qué amar desenfrenadamente a otra persona si finalmente la relación que les una también será transitoria. En el japonés, se usa casi nunca la palabra que significa "te amo" u otra para traducir el "te quiero", con la fuerza literal de la mayoría de idiomas del mundo, porque tampoco conviene apegarse mucho a las personas, quienes dejarán de ser parte de nuestras vidas tarde o temprano.
Pero, el suicidio es una opción personal, una camino individual que es más fácil de asumir porque no existe un castigo implícito por hacerlo.
Hay más: entre los principios religiosos está el del yin y el yan, el concepto de los complementos (no de los opuestos). En ese sentido, la vida y la muerte son realidades que se complementan, la una no existe sin la otra, morir es tan importante como vivir, hay que vivir intensamente la vida y hay que vivir intensamente la muerte.
Desde su concepto religioso un alma vivirá, morirá y volverá a vivir, repetirá este ciclo hasta que haya alcanzando la iluminación, hasta que pueda habitar el Nirvana.
En el "Libro tibetano de la vida y la muerte", el maestro Sogyal Rimpoché cita una frase del más importante pensador del renacimiento francés, Michel Eyquem de Montaigne, quien afirmó que "Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclavo". Este es un resumen susicnto, epidérmico pero bastante claro de cómo los japoneses se aferran a la vida solamente lo necesario.
Es más  llamativo lo que sucede en sociedades cristianas, como las europeas, miren los índices de suicidios, según una estadística que publicó nippon.com.



Tomado de nippon.com

La media nacional es un suicidio cada 20 minutos y el lugar preferido está en Yamanashi, donde se ubica el paraje de Aokigahara, también conocido como el "bosque de los suicidas"
La mayoría de suicidas son hombres y en general se produce más entre mayores de edad. ¿Las causas? La primera es problemas de salud: si la dolencia aparece de difícil tratamiento (y muy costoso) la cortan de raíz, se quitan la vida. Sucede mucho que deben acogerse obligatoriamente a la jubilación y la sensación de sentirse inútiles y fuera de los grupos dentro de los que hicieron sus vidas les lleva a la enfermedad, que parece ser un mal del alma y no tanto del cuerpo. Los japoneses son perfeccionistas, la jubilación es una medida que les coarta la posibilidad de seguir perfeccionándose y dejan de encontrarle sentido a la vida.
Luego, las estadísticas dicen que la segunda causa son los problemas económicos: si el padre no puede pagar la boda de su hija se suicida para que la familia pueda cobrar el seguro y costear una buena celebración, por ejemplo. Insisto, no están locos, le dan un valor diferente a la vida. En el tema laboral también aporta, es exigente y competitivo. Está en su naturaleza. Los japoneses pueden no haber inventado el lápiz pero hay que tener la seguridad de que harán los mejores lápices del mundo. No lograr ese altísimo nivel es una forma de fracasar.
En esa misma línea viene la tercera causa, la de los jóvenes que optan por suicidarse si fracasaron y no lograron aprobar el examen para ingresar a la universidad. Es tan difícil que les comienzan a preparar desde la escuela y se explica en la medida que necesitan profesionales que hagan el mejor trabajo del mundo.
Las políticas públicas para este tema son variadas. Por ejemplo, en algunas estaciones de metro han puesto vallas y puertas para que la gente no se lance a las líneas al paso de la bestia de metal. Se oye unos sonidos de pájaros y se usan colores desestresantes para que la gente encuentre quietud.
Yukio Mishima, quizás el mejor escritor moderno del Japón, terminó de escribir la última novela de su famosa tetralogía el mismo día que se suicidó en público. De hecho, las cuatro novelas que forman esta zaga son una defensa apasionada del suicidio.
Pero en el fondo, este asunto se matendrá así, tratado con tibieza, mientras en la cultura japonesa el suicidio siga siendo el camino más honorable para hacerse responsable por el fracaso, para purificarse y estar listo a enfrentar el siguiente reto, del que habrá que purificarse con la muerte si se fracasa de nuevo.

Nota del Autor: La última estadística publicada fue la de 2017, en la que la Policía de Japón reportó 21.300 suididios 

No se mueran del susto y vengan a conversar cuando quieran.