Portada

lunes, 3 de febrero de 2014

Poder contundente

Es bueno encontrarme con ustedes, siempre es bueno:

Desayunar: abandonar el ayuno: la primera actividad de la mañana. Sí, con culaquier persona llana, pero no con los luchadores de sumo, quienes comen los primeros bocados al medio día, después de un riguroso entrenamiento.
Si bien la comida no es la marca principal que distingue al deporte nacional del Japón, llaman la atención los hábitos alimenticios de estos deportistas que, cuando deciden serlo, pesan unos 75 kilogramos y en la cumbre de su carrera pueden alcanzar los 300.
El sumo es un arte marcial que se creó hace quién sabe cuánto tiempo. Hay una leyenda que refiere que en un momento de la historia temprana de este país, la supervivencia de la raza dependía del resultado de un enfrentamiento de sumo.
Hay referencias históricas suficientes para determinar que se practicaba sumo hace 1.500 años y que, ya entonces, su relación con el sintoísmo, la religión local, era muy próxima.
Un joven que ha conseguido el permiso de sus padres para convertirse en luchador de sumo ingresa en las casas de preparación todavía en la secundaria. Esta historia es más común que suceda en las áreas rurales.


Si el jefe de la casa de sumo considera que el aprendiz tiene algún potencial lo adopta para que se convierta en uno de los aproximadamente treinta miembros permanentes de la casa. El jefe, un ex-luchador de sumo (su "vida últil" en el arte marcial puede terminar a los treinticinco años), dirige la vida diaria en la que entrenan, comen y duermen en comunidad (perciben una pequeña remuneración).
Se calcula que existen unas cincuenta casas de sumo, en las que se preparan unos 700 aspirantes, quienes se esforzarán por años para entrar a la zona de líderes, que está dominada por unos setenta.
A las cuatro o cinco de la mañana inician los entrenamientos, que constan normalmente de tres partes: levantar las piernas lateralmente, una tras otra y a la mayor altura posible; dar palmadas vigorosas contra un madero fijo; y, sentarse con las piernas lo más abiertas que sea posible.
Luego de horas de repeticiones, al mediodía, irán por su alimento: chanko-nabe. Consta de  carnes de ternera, buey, cerdo y pollo cortadas en trozos; varios tipos de pescado, algas, huevos, tofu y verduras. Todo esto se coloca en un cuenco para que se cocine sobre una base de caldo de pollo. Comen este guiso en comunidad y lo acompañan de una gran cantidad de arroz y mucha cerveza. Luego, duermen una siesta de unas dos horas: de esta manera ganan el peso que necesitan para tener más opciones de mejorar en su posición.
Desde el año 1600 aproximadamente funciona el mismo sistema de clasificación. Se asciende ganando competencias y la mira de todos está en convertirse en sekiwake (campeón menor), ozeki (campeón) o, con mucho esfuerzo, yokozuna (gran campeón).
Cada año hay seis torneos: tres en Tokio, y uno en Ozaka, Fukuoka y Nagoya. Cada torneo dura 15 días de competencias y el objetivo es ganar la mayor cantidad de combates. Ha habido luchadores que han triunfado en más de cincuenta peleas consecutivas.

A pesar de que podría resultar difícil controlar el frenesí de dos hombres de 300 kilos de peso, resulta admirable la dignidad y la compostura. Ningúno se queja de las decisiones del árbitro ni le les ocurre tener actitudes poco deportivas.
Se permiten fuertes golpes corporales con la mano abierta, pero no puñetazos ni patadas ni tirones del pelo. Cualquier falta se castiga con la inmediata descalificación.
Aunque los resultados de algunos enfrentamientos son tan difíciles de dirimir que la decisión del árbitro tiene que ser ratificada (y algunas veces contradicha) por los jueces, ni el ganador ni el perdedor protestan nunca y raramente muestran más emoción que lo que puede ser una mera sonrisa o una ceja fruncida.
La traducción de los caracteres chinos con los que se escribe sumo (相撲) es "mutua contundencia" y eso es exactamente lo que ocurre: dos feroces masas de músculos bien entrenados y suficientemente flexibles tratan de sacar a su contendor del círculo del combate.
La arena donde se disputan estas peleas está rodeada por una gruesa soga fabricada con fibras de arroz de 4,5 metros, el objetivo es colocar al contendiente fuera de ese límite. Existen unas setenta técnicas para lograrlo.
Antes de entrar al coliseo, antes de cada pelea y después de su participación, el luchador debe cumplir un estricto protocolo, que está inspirado en los ritos de la religión sintoísta, como lanzar sal para purificar la arena.
Los grandes maestros que han alcanzado la cima gozan de la fama como si fueran estrellas de la música popular: salarios elevados, se convierten en la imagen de productos comerciales y en los propios torneos ganan premios adicionales donados por empresas.
En los últimos tiempos ha habido cierto dominio de luchadores no japoneses. Al menos dos mongoles, un búlgaro y un estonio pelean los primeros lugares y han ganado muchos torneos.
Mutua contundencia, el sumo es una de las más profundas expresiones de un país que, por principio, evita la confrontación.

Estoy con ustedes enseguida. 

Apostilla: luego de publicada esta entrada me han llegado comentarios de que ha faltado mencionar el tema de la corrupción a la que deben incurrir los principantes para llegar a los altos sitiales. Por eso, me permito escribir dos reflexiones. La primera, la intención de esta vitácora es contar cosas sobre Japón, no ser un medio de denuncia de lo que suceda, solo lo podría hacer con las evidencias suficientes. Lo segundo, no hay actividad humana que esté libre de corrupción y la peor de todas, en cuanto a deportes, es indudablemente el fútbol. Pero no voy a ser yo en este blog quien se vuelva un ángel de la justicia. Con el respeto que se merecen. 
Apostilla No. 2: meses después de escribir este artículo publiqué otro sobre la mafia japonesa y descubrí algo relacionado. Puedo constatarlo aquí.