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lunes, 6 de mayo de 2013

Hiroshima mustia

Buenas con todos.

Habrán notado que Llamingo-san, esta bitácora, ha recorrido los sinuosos caminos del asombro, el descubrimiento, la constatación. La mayoría se han contado con entusiasmo, pero este se viene con otra prestación de ánimo.
Con muy pocas horas de diferencia fue posible mudar (o mutar) del entusiasmo que fue encendido por las joyas de Miyajima al ánimo apertrechado que provocó Hiroshima.
Hiroshima mustia, hasta las piedras están tristes. Hiroshima ajada, ni el sol calienta el frío funerario. Hiroshima plomiza, el verde de las montañas, el azul del mar interior de Seto pierden potencia en tu pecho. Hiroshima ardiente, los fuegos fatuos no dejan que concilies el sueño.
De plano, con Mi Señora habíamos decidido no dar la vuelta por ningún monumento que recordara que en esta ciudad los Estados Unidos lanzaron la peor arma de destrucción masiva, en un ataque que eliminó todo rastro de vida y, claro, el hálito de 200.000 personas. Como sí, de un golpe, hubieran muerto todos los habitantes de la ciudad de Portoviejo, en la costa del Pacífico ecuatoriano.
Eliminamos la visita a los lugares comunes conmemoración, pero no nos imaginamos que Hiroshima, la ciudad entera, es un monumento funerario. Está bien, hay que reconocer que los japoneses de esta zona del archipiélago han hecho mucho por volver a hacer su ciudad. Es así, desde el piso 19 del hotel donde nos alojamos se la ve diseñada con grandes avenidas, muchos árboles, edificios, techos curvos de templos. Pero nada de eso tiene más de 70 años, solamente las costillas de un edificio que me niego a visitar y que es la única construcción que se sostuvo en pie después del ataque.
Parque de Shikkeien, Hiroshima.
Más bien, vamos a visitar el parque de Shukkeien con la esperanza de recomponer el espíritu en el equilibrio de los elementos que son fijos en el diseño japonés de los jardines: el estanque, la isla con vegetación, los árboles, las piedras, linternas de piedra, la isla con una montaña: todas reproducciones a escala de lugares importantes del archipiélago.
Pero en la información desplegada en paneles había la descripción de los parajes encantadores y había también una fotografía que testificaba cómo quedó el parque luego de la explosión.
Intentamos salir rápido. Es muy cansado maldecir con tanta fuerza a los autores de la atrocidad. También consume las fuerzas tratar de estar impasivo ante el sonido del fuego que todavía se oye crepitar sobre la piel de seres humanos.
Lo logramos, todo lo a prisa que fue posible nos pusimos a buen recaudo de este ejemplo que me hace renegar de mi especie (espero que esta catarsis sea suficiente para levantar la niebla que me azora).

Estoy con ustedes en poco.