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jueves, 2 de mayo de 2013

Catorce platos en la puerta del cielo

Saludos, muy cordiales saludos.

¡Cuidado con ciertas certezas! He debido pagar por el error y quisiera evitar que a ustedes les suceda lo mismo. La enorme puerta de Miyajima clavada en el mar es la de entrada, no la de salida. Es decir, es el inicio.
Había visto poca información antes de viajar a esta isla ubicada al sur oeste de Hiroshima (me duele pronunciar su nombre, pero no cesaré de decir que fue el acto de un hijueputa tirar una bomba atómica contra la población civil de un país).
Mi Señora me había contado algo de cuando la visitó años atrás y lo poco que me atreví a ver era la foto de la gran torii en el mar. Probablemente es una de las postales más famosas del Japón (este artículo da una visión general bastante completa de las torii).
Mi error fue pensar que la gran puerta, la O-torii, era el acceso a un templo, cuando en realidad era la entrada al cielo. El templo fue construido para venerar a las deidades que habitan en el mar y, por eso, no se encontró una lógica mayor que construir todo cuanto fuera posible del templo en el mar. De hecho, Miyajima se puede traducir como isla santuario, cada centímetro de roca existe para agradar a los dioses.
La torii es la marca fundamental a la entrada a los santuarios shintoístas y esta preside al conocido como Itsukushima. El complejo religioso es la más evidente muestra de la convivencia amable de dos religiones, pues se distancian a pocos pasos los lugares sagrados shintoístas de los budistas, los feligreses visitan ambos sin ningún desarreglo espiritual.
Miyajima es una de las cientos de islas que emergen en el mar interior del Japón y su topografía está hecha de montañas que buscan espacio para estar más cerca de las nubes. Hay evidencias. Escuchen esto.
El monte Misen es venerado desde el siglo VI como una deidad. A él se sube como tradicionalmente lo han hecho los seres humanos: a pies; pero también como se les ocurrió a los genios de la tecnología: un teleférico que alza unas latas con asientos en un ángulo imposible, para dejarlas a 450 metros sobre la costa, donde se cambia a otro que traslada a los visitantes del pico de una montaña a otro más alto. Es un viaje vertiginoso, a toda ley. Pero desde arriba se puede mirar parte del archipiélago y visitar un templo muy antiguo.
Con Mi Señora decidimos descender caminando y debimos haber bajado varios miles de escalones a través de un bosque que ya recobró el verde después de dejar atrás el invierno; los árboles emergieron en los espacios que las rocas permitieron que algo de tierra se juntara; un espectáculo alucinante es el tamaño de las rocas que se encuentran en la ruta entre el cielo y el mar. Esta es la evidencia: parece que unos enormes colosos rocosos se abren paso a la fuerza por entre otras rocas y que en ese permanente apretujarse la geografía va cambiado siempre, a cada minuto.
No conocí toda la isla pero en los mapas se nota que en el único lugar relativamente plano se acentó el pueblo, cuya población debe triplicarse desde temprano en la mañana cuando llega el primer transbordador hasta que se va el último turista.
Es adorable andar por las calles bien mantenidas, los almacenes venden -según anuncian- las mejores paletas para servir arroz, huele a café y a mochi (pastel de arroz) en cada esquina. Y en una casa se ha instalado la oficina de la ciudad a la que acuden muchas parejas para contraer matrimonio. Dicen que el amor que se prende en Miyajima queda encendido para siempre.
Habría como enumerar más sorpresas que ofrece Miyajima, como los rincones asombrosos del templo de Daisho-in, pero es mejor decirles que con un poco de paciencia y mucha curiosidad es posible pasar horas de minutos largos viendo esto y lo otro.
Y bien, terminado el día, en el ryokan donde nos alojamos con Mi Señora, nos tenían lista la cena. Catorce platos. Y no menos de 40 comidas diferentes. Seguramente todos los días el cocinero sale al huerto para recoger víveres. El huerto de atrás es bastante grande, azul, de profundidad variable y en él se encuentran muchos peces y otras variedades de animales, además de algas y más alimentos virtuosos. De regreso a la cocina seguramente se tropezará con algunas verduras y permitirá este festival de casi dos horas de platos que llegan llenos de comida y se van llenos de suspiros de placer.
Lo más llamativo fue comer un cangrejo enano de un solo bocado. Y además de ello disfrutarlo. Lo normal es que el comensal salga con la panza llena, pero no congestionado el cerebro, catorce platos de comida sana es un lujo poco común. Las decenas de sabores diferentes son otra historia, pero es bien difícil de explicar. Lo intentaré en el futuro.
Ponga en su agenda Miyajima y póngalo con un asterisco que signifique una alerta: ir con tiempo y con curiosidad. En algún lugar hay una cena con catorce platos esperando.
Me cuentan cuando lo hagan.