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lunes, 1 de octubre de 2012

Shibuya adrenalina

Cómo han estado. 

Quienes nos dedicamos a la escritura como unos escribanos y transitamos con esfuerzo hacia el sueño de ser escritores nos tenemos a nosotros mismos como nuestros enemigos más feroces. Esto lo digo porque en los últimos días no les he contado nada porque he usado todas mis fuerzas en pelear contra mis pensamientos. Mejor dicho, en tratar de ordenar pensamientos para darles una estructura. Y es más, tratar de matizar los procesos mentales con las sensaciones que están guardadas en la bóveda de la piel. No quiero con esto ni justificar ni buscar su comprensión, pero es así.
Bien. Shibuya es un distrito de Tokio que tiene una intersección de avenidas grandes. Este es uno de los sitios donde más gente cruza la calle en el mundo. Ciertamente que cruzar la calle no tiene nada de relevante en la vida de un ser humano, pero pararse en la primera línea de viandantes y esperar que la luz del semáforo involucione de maduro a verde es un acto de mucha tensión nerviosa. Luego, cruzar la calle tiene mucho de adrenalina, hay miles de personas que caminan con decisión desde al menos 6 direcciones diferentes. Hay unos segundos de pánico. A pesar de todo, es más bien extraordinario que en esta atropellada estampida de apurados tokiotas (y unas decenas de extranjeros completamente sorprendidos) no se llegue a un contacto personal, las carteras pueden chocar pero las personas se esquivan con no poca habilidad a centímetros de rozar sus pieles.
Este cruce lo hacía todos los días, porque estaba en la ruta hacia la escuela donde estudio japonés. Ya he adquirido cierta destreza para hacer lo mío todos los días, para que la punta de un paraguas rozara mi pupila, a milímetros del contacto, y que eso no provocara que distienda mi concentración, la de mis sentidos, que estarán ya pensando en la manera de esquivar el siguiente obstáculo, que bien puede ser un oficinista japonés o un obeso turista gringo que no ha entendido que aquí se camina rápido, porque quitarle la adrenalina a Shibuya es tan absurdo como querer evitar que los ríos fluyan.
El edificio de la estación de Shibuya es una maraña de amplios corredores donde se encuentran líneas de subterráneo, de tren y de buses, hay miles de personas que pasan por ahí cada minuto. Por eso, si no se está atento a las instrucciones un elevado viajero podría terminar en la lejana Kyoto o dar vueltas una manzana tras otra y terminar en la misma esquina.
Pero cuando se logra salir de ese ambiente silencioso y absurdamente amplio de la estación se encuentra un oasis: un par de árboles antiguos dan sombra al monumento de Hachiko y al área de fumadores (para quien no sepa la historia del perro Hachiko, active este vínculo). Hay una plazoleta desde donde se mira los edificios que amurallan el cruce. En tres de ellos hay pantallas de televisión con anuncios comerciales. No sé cómo lo logran pero, en general, el sonido de uno no interfiere con el otro; tienen diferentes dimensiones y su programación consta de publicidad abundante, muy diferente, pero por alguna rareza de la tecnología es posible concentrarse en una sola sin esfuerzo.
Los edificios circundantes no tienen parentesco, no hay ninguna armonía, ni el más mínimo atisbo de que se haya pensado que en ese punto exacto de esta enorme ciudad es un excepcional encuentro de los de a pie. Sucede con lo que no fue planificado, las cosas se acomodan por sí solas, buscan su espacio y cuando se sienten cómodas ahí se quedan, hasta el que el tiempo se encargue de ellas.
Si se ha tenido éxito en la aventura de llegar con vida al otro lado del cruce, las calles se abren como los neurotransmisores hacia una comunidad de nervios que reaccionan a diferentes estímulos.
Hay oficinas públicas, escuelas de enseñanza del japonés, bancos, tiendas, restaurantes, bares, galerías, cines. Tiene todo, todo de verdad, desde un almacén de productos Disney hasta piso y pisos en una tienda de departamentos de ropa para metaleros. La melosería de Mickey a metros de la rebeldía de los de negro.
La moda de los jóvenes japoneses se marca en Shibuya. Existen un centro comercial entero donde venden la ropa y los accesorios para que las adolescentes se vistan de muñecas de tul. Una moda muy de aquí, pelucas rubias, largas pestañas postizas, enormes uñas postizas con apliques de diamantes, estrellas o campanas; maquillaje tirando a pálido, ropa de colores pastel, minifaldas a unas alturas donde ya falta el oxígeno, zapatos de plataformas superelevadas, bisutería. Se convierte en una tiernas muñecas vivas.
A parte de las marcas populares en el mundo (como Zara) están las grandes cadenas locales, como 109, nombre que pronunciado en japonés seduce mis oídos con frecuencia: Ichimarukiyu.
Debo saltar a la acera porque una caravana de tres camiones anuncian que pasarán a velocidad de entierro. Son enormes, toda el área de carga está recubierta por lonas en las que se ha pintado la publicidad del nuevo disco de un grupo cuyo nombre no alcancé a leer. Son cinco chicos "kireo". Ese es el nombre que toman quienes adoptaron como base la cultura metrosexual y la llevaron a niveles de paroxismo, buscan la perfección de sus cuerpos y para ello no dudan en explotar su lado femenino pero sin querer parecer mujeres. Pestañas depiladas exactas, afeitadas minuciosas de lo escasa barba, labios pintados con colores naturales con celo cirujano, cortes de cabello en los que la ecuación de geometría y gravedad tienen respuesta, vestimenta cuyos ojales, costuras y cortes se salen de las normas. Las voces no importan, hay que verlos y ya.
Hay restaurantes con comida de todas partes del mundo y bares abiertos todos los días del año porque siempre habrá comensales dispuestos a gastarse sus yenes en bebidas y comidas. Una sopa muy picante de mongolia y una sopa pho han destacado.
A cualquier hora, este es territorio de los jóvenes, cualquiera de más de 30 se sentirá un extranjero, al menos hasta que los de menor edad deban cumplir con sus límites de horario.
Mientras ello sucede, en Shibuya los jóvenes son quienes se divierten como lo hacen los que perdieron la vergüenza de ser ellos mismos.
Siempre y de todas maneras hay que llegar al gran cruce de calles y tentar una y otra vez a la adrenalina de cruzar entre otros miles sin tocar a nadie. Una y otra vez. Todas las veces y siempre será diferente.
Cerca de este eje sincrético hay, muy vistosos, los love hotel. Digamos que a los moteles oscuros y clandestinos se les dio un toque temático y se logró abrir negocios que brindan hospedaje por horas en habitaciones que pueden parecer el vagón de un tren subterráneo, la oficina de una empresa o la habitación de una adolescente adoradora de Hello Kitty. Haga usted el ejercicio de imaginar en qué lugar sueña con hacer el amor.
Pero si uno comete el error de pensar en Shibuya como un lugar turístico, se perderá la posibilidad de entender como se conectan los neurotransmisores de este Japón específico. Es necesario hacer el ejercicio de detenerse y conseguir que el alma se silencie. Se verá, entonces, como late Shibuya, se sabrá que esa adrenalina sirve para la creación y no solo para la supervivencia.

Pronto estoy con ustedes.


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