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sábado, 6 de octubre de 2012

Quién me ha robado el otoño

Hola todos:

No les voy a mentir, la sensación que cargo estos días es harto nueva para mí. Con esta entrega de llamingosan se cumplen 60 artículos publicados en esta vitácora y un año de haber iniciado la aventura de compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el mundo visto con ojos nipones.
No tengo los ojos como los japoneses pero la decisión de tratar de colarme en el alma de la isla, creo yo, se ha logrado. Parcialmente. Me faltará vida para entender al Japón y, definitivamente, no podré ser nada diferente a un llamingo de los páramos andinos ecuatorianos. Eso ha quedado claro.
No es que trate de lanzarme a la peligrosa aventura de las evaluaciones. En el camino entre la vida y la muerte hay hechos que sucedieron en circunstancias determinadas y ninguno de ellos es bueno o es malo. A lo mejor la evaluación solo puede determinar que se enfrentó tal hecho mejor o peor, pero en ningún caso bien o mal.
Pero, vamos, esa no es la idea de este artículo. Ahora se trata de buscar a los culpables del delito de haberse robado el otoño.
Ya está suficientemente entrado octubre como para que la temperatura siga marcando más arriba de 20 grados de día y de noche. El tiempo del calendario ha madurado pero el clima no ha dejado que las hojas de los árboles enrojezcan y caigan, Tokio sigue estándo verde, intensamente verde.
Los primeras memorias del arribo a Japón son de árboles que comenzaban a volverse terrosos, sus hojas se habían amarillado como el tiempo carcome la vivacidad de los colores de las fotografías. Ni siquiera porque el sol se guarda más temprano de las seis el panorama ha cambiado.
Es que el otoño tiene un no sé qué. Creo que es mi estación preferida. El año pasado vimos como Nikko se teñía de una barbaridad de tonos, que las hojas amarillas caían sobre los tejados ennegrecidos de antiquísimos templos que se llenaban de manchas de sol. Que unas hojas fágiles y a punto de morir tenían el poder de volver iridiscentes los caminos de barro.
El otoño es como el enlace entre dos extremos, el momento de respirar hondo un aire menos caliente y menos húmedo, antes de dejar ir brisas de helado aliento. Al contrario de la primavera que tiene toda la vida contenida en sus aguaceros, el otroño tiene una vida más madura, sabia, pero también todo huele un poco a muerte, a la deliciosa paz del frío silencioso.
Y todo eso en Japón. He pensado mucho en cómo definir este archipiélago. Hablar de mi Ecuador natal se me hace más bien fácil: es una explosión caótica de diversidad. Pero, ¿y que digo de este país que me ha acogido bien?
Prefiero, por ahora, citar una frase escrita por Mi Señora: "Finalmente lo encontré: el mayor encanto de vivir en esta isla es que en cualquier momento puede ser borrada del mapa, y nunca nadie podrá imitarla porque realmente muy pocos habrán entendido lo que fue".
Hay tres elementos: entenderla. Yukio Mishima, un escritor extraordinario, ha dicho de sus conciudadanos los japoneses que son unas bombas de hidrógeno con conciencia. Me da la sensación que es un país que despierta muchos apetitos pero que preferirá inmolarse a ceder en una gran cantidad de prinicpios, que les pertenecen únicamente a ellos, que es su identidad.
Luego, imitarla. La única manera de imitar lo japonés es siendo nipón. La mayoría de las cosas y de los actos humanos que suceden aquí pasan porque sus protagonistas son japoneses. Esos actos y esas cosas puestas en otro contexto serán diferentes.
Por último, entenderlo. Para mí Jorge Luis Borges es una de las mentes más claras que ha tenido el mundo. Él ha dicho que es un país demasiado complejo para su entendimiento. Para el mío es una misión de titanes y no soy titan ni de lejos, tampoco estoy para aceptar una misión imposible.
De manera que, por ahora, llevo Japón en la piel, que se eriza a cada rato.
Japón, Tokio se me parecen al otoño. Y yo sigo esperando que quién se lo robó me lo devuelva para comprobar que lo que ha pasado durante un año ha sido lo que realmente siento.


Hasta pronto. Nos vemos enseguida.