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lunes, 2 de abril de 2012

El juego de la identidad II

Saludos a todos, abrazos:

Hoy, luego de tener mis dos horas diarias de japonés y de luchar contra mis propias limitaciones, me quedé conversando con Nishimura sensei, mi profesora o, mejor dicho, mi profesora preferida. Le conté lo que había escrito como primera parte de este tema y me ha dado más luces.
Tiene que ver con los kanji, la escritura idiográfica que se usa en el Japón y que es una versión adaptada de la escritura china.
Nishimura sensei me contó que el Gobierno del Japón establece un número de kanji como referencia para todas las actividades, es este caso, la lista asciende a 2.136 caracteres.
Históricamente, se había usado ese número casi infinito de ideogramas pero para quienes no tenían el tiempo, la dedicación o la inteligencia suficientes, era una limitación, no podían acceder a textos en los que estuvieran trazos que no conocían.
Luego de la II Guerra Mundial, en 1946, el gobierno decidió determinar un número de kanji que deben saberlos todos y decidió dejar el saldo para quienes quisieran hacerlo por voluntad propia. Es decir, si en algún texto escolar, un periódico o un letrero se usa un kanji que está fuera de la lista oficial es imprescindible acompañarlo de la "furigana", esto quiere decir que se debe colocar sobre ese kanji la versión fonética en hiragana.
Limitar el número de kanji que se utiliza puede ser útil para fines prácticos. Es decir, la palabra precisa que se debe escribir en un cartel que prevenga accidentes puede estar compuesta por un kanji que no es muy conocido y el cartel perderá el objetivo de avisar de un peligro.
El problema es tan complejo que el Ministerio de Educación ha determinado que en los nueve primeros años de enseñanza un estudiante ya ha de aprender la lista y ser capaz de leer cualquier documento.
Luego de publicada la primera lista oficial aparecieron problemas. Uno de ellos es que  muchas personas no tuvieron ya un sistema para escribir sus nombres. Por eso, se han realizado tres reformas, si mis datos no están equivocados.
Paralelamente, el desarrollo de la escritura katakana ha subido en intensidad. Esa escritura fonética se usa sobre todo para nombrar palabras extranjeras. Por ejemplo, los japoneses, tradicionalmente, no han usado camas. Durmen sobre un futón que se coloca sobre el tatami, el piso de fibras tejidas tradicional del japón. Pero inevitablemente llegaron las camas y había que llamarlas de alguna manera. Lo que han hecho es utilizar la fonética original de la palabra y adptarla a sus propias reglas. Cama en inglés es bed y la adaptación al japonés es bedo que, escrito en katakana resulta en esto: ベド.
Ahora, lo de la limitación del uso del lenguaje me ha producido un cierto ardor interior. Con este artículo trato de hacer una catarsis para saber qué me pasa frente a esa realidad japonesa.
Me fascina el misterio que encierran esos trazos, me encantan sobre todo porque es una obra de almquimia que unas líneas dibujadas por aquí y por allá signifiquen un concepto tan profundo como el desprecio. Es decir, qué tuvo que pasar por las mentes de cuántas generaciones para que se llegara a sintetizar el concepto del desprecio en una decena de trazos. Creo que este proceso habla bien del desarrollo de una civilización. Y creo que ponerle límites contribuye a propósitos utilitarios pero debilita la autogeneración permanente de identidad.
Alguna vez leí que los hispano parlantes, en promedio, usamos un vocabulario de 500 palabras. Genios como Borges habrán alcanzado a usar unas 25.000. Y el diccionario debe tener más de 200.000 palabras. Habla bien del español que haya palabras que definen con precisión las cosas, las sensaciones, las personas, pero es una vergüeza que los hispano parlantes desperdiciemos con tanto desparpajo semejante herramienta de la cultura, la identidad, de la esencia.
Y no quisiera que al Japón le pase eso, que haya entrado en una espiral en la cual reunucie a sus increíbles cualidades por dar espacio a lo utilitario. De alguna manera ya ha sucedido, Estados Unidos, después de la guerra, se encargó de "occidentalizar" todo lo que pudo al vencido pero como que ha logrado aguantar en muchos aspectos.
Pero el idioma es la última defensa, con la que no se puede negociar, la que nunca puede claudicar.


Me despido preocupado.