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viernes, 30 de marzo de 2012

La culpa es de las letras

Les saludo con novedades:

Desde que llegué a Japón, como a cualquier mortal, me llamó la atención el uso de ciertas palabras que para nosotros son non-sanctas o, en su defecto, nadie en su sano juicio en el occidente hispanoparlante las usaría para ciertos efectos.
Quería hacer un análisis lingüístico sesudo pero con lo que vi ahora ya no me aguanté las ganas y decidí compartirlo con ustedes. Esto es, en realidad, son los ejemplos de cosas que nosotros-nunca-haríamos.
La primera: sánduche de fideo. El concepto del sánduche aquí se ha degradado a niveles pasmosos. El sánduche debe tener dos paréntesis de pan y en su interior cada una o la combinación de las siguientes tres posibilidades: cárnico, elaborado lácteo y vegetal.
Ahora, la idea de mezclar pan con fideos solo es filosóficamente aceptable cuando un pan de agua es útil para empujar una pasta al dente bañada en cuatro quesos. Cualquier otra combinación es pecaminosa. Nefasta.
No siendo suficiente el sánduche de fideo, hace poco me encontré con un ¡sánduche de fideo y huevo frito!, debidamente empacado y con la fecha de caducidad claramente expuesta en el envoltorio. Y más, sánduche de frutillas con crema, de pollo apanado. ¡Uf!, el sánduche de ballena no lo he encontrado porque no he buscado lo suficiente.
Lo siguiente es una palabra que tiene dos significados: lleno y afelpado. Pero, ¿qué tiene que ver eso con comida? Dos ejemplos: un plato, que se llama Loco Moco, una especie de curry indio con arroz; el otro, Café Moco, local para que quienes tienen tiempo disfruten de... Supongo que de un Café Mocca, cuyo masculino será Moco. O será que el moco es el primogénito de la Mocca. Vaya usted a saber cuál es la genealogía nasal de este caso extremo. A propósito, hay un Nissan modelo Moco. Vaya manía por una sustancia viscosa, gelatinosa, de color verdoso que tantos malos ratos provoca a cualquier griposo.
Lo otro, en Japón hay miles de tiendas de ananayes, baratijas, adornos, gadgets o como los quieran llamar, esas cosas baratas que no sirven para nada. Había protectores para celulares y nos llamó la atención uno bien simpáctico, con forma de un pingüino. Y a su lado está una pingüino (la Real Academia Española no establece diferencia de género). Los de mercadeo, con mucho acierto, trabajaron en la marca y les bautizaron Pingu y Pinga.
¡Pinga! Me imagino la publicidad: "Proteja su aparato con Pinga", o bien "Su pinga siempre le defenderá en caso de caídas". Bueno, allá ustedes con su imaginación, yo ya aporté con lo mío.
Y bueno, para otros no es desconocido que la Mitsubishi produce el afamado Montero. Esta máquina, que es muy buena subiendo montañas, fuera de América se llama diferente: Pajero. ¿Será que es bueno para subir pájaros? "Más vale pájaro en mano que cientos volando", ¿cierto? Hasta ahí no más, porque eso de decir "mi amigo tiene un Pajero" ya comienza a sonar a candidatura para una censura horrorosa de mi tía Graciela que no está de genio para aguantar patanadas.
Y bueno, hablando de autos, desembocamos en el premio mayor a la malacrianza pública. Le tenía que pasar a Mazda. No sé cuánto habrá buscado el funcionario encargado de bautizaron los modelos, no sé si sabrá que existe algo llamado Google, pero le pegó centro: Mazda Laputa.
Dicho lo cual me despido, me subo a Laputa y me voy. Suerte a todos.

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