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domingo, 4 de marzo de 2012

El arquero exacto

Como se dice en la tienda de la esquina de la casa, "¡A vender!"

Este artículo, en primer lugar, me lo debo a mí. Y, paralelamente, a ustedes. Puede considerarse la continuación de "El francotirador vizco". O el paso adelante. La evolución. La maduración. Al final, ustedes le llamarán como les parezca.
A penas nos damos cuenta, realmente cuenta, actuamos, pero la densidad es mayor y nos cuesta lo que el parto de los montes librarnos de aquello: la razón.
Sin tener una larga lista de agumentos, siempre he sentido que la lógica cartesiana nos llevará a desastres mayores; no importa si es lógica y si pertenece a Descartes (de hecho este no es un tratado científico), lo importante, lo que me provoca un sarpullido en el alma, es constatar la enorme debilidad del ser humano para caer en el abismo de la teoría de que todo lo que es demostrable existe, lo que no es demostrable no existe.
Al francotirador (http://llamingosan-samaniego.blogspot.com/2012/02/francotirador-vizco.html) le va la vida en no poder fijar el blanco porque es vizco, su vida depende de poder tener al objetivo el tiempo suficiente para ajustar la mira y poner el tiro entre los ojos; el francotirador es, por definición, un artero representante de la lógica cartesiana: determina el blanco, apunta, dispara, una bala real destroza un cráneo real y cierra la vida de una víctima real.
Pero al arquero no. El kyūdō es un arte en el que darle al blanco es el resultado de muchas otras cosas más importantes. Y no darle no es cosa de preocupar. El objetivo es la expansión del espíritu. El arquero está en el otro extremo, en el de los que se mueven por la fe en el que el universo es un todo que funciona con gran armonía gracias a reglas que no alcanzamos a entender. El arquero puede darle al blanco muchas veces, pero si no expande su espíritu no será un arquero de verdad.
En nuestra formación, la razón es la meta de todas nuestras acciones, pero además es el camino que nos conduce a esa meta. Si no se logra alcanzar el conocimiento a través del cual se pueda explicar la naturaleza esencial de cada persona la vida es un desperdicio. Solamente existe una válvula para aplacar la acumulación de razón en estado de fermentación: el dogma de fe, creer sin preguntar y seguir al líder con los ojos vendados por el camino que él disponga, sin la posibilidad de salir a una vía de segundo orden para explorar otros paisajes.
El francotirador controla todos los elementos para que el disparo penetre por entre los ojos de la víctima. El arquero se integra a los elementos para entrar en armonía con ellos, la flecha será disparada por el arco cuando deba suceder, más allá de la voluntad del arquero.
De manera que el arquero puede ser ciego y acertar al blanco las veces que sea, pero el francotirador perderá la vida si deja de mirar, de sopesar y de controlar cada uno de los factores.
Sentirse un francotirador vizco es un proceso natural de muda de una piel cartesiana a los nuevos ropajes del arquero de kyūdō, permitir que los sentidos se apropien de lo inexplicable para buscar la expansión, someterse a fuerzas más grandes, más antiguas, poderosas; y, acertar en el blanco, que a lo mejor está colocado en el fondo de una caverna, en la copa de un árbol, en el ala de un colibrí o en todas las anteriores.
Evidentemente es imposible dejar de ser un francotirador, hay que vivir con la sociedad, ser coherente y lógico para empujar al mundo, también, hacia la expansión. Pero, no hay que claudicar al más rancio cartesianismo y tampoco ser tan pendejo de cerrar los ojos a los dogmas de fe.
El mundo, el universo, cada uno de los seres vivos, las piedras, tienen tiempos, forman parte de un engranaje superior y es una pérdida de tiempo (onanismo intelectual, que le llamo) andarle poniendo argumentos a todo. Primero, porque no todo se puede explicar y segundo porque no todo tiene por qué ser explicado.
Para un llamingo, cambiar de aires, de montañas, ver lo desconocido es como estar en la mitad del camino entre un francotirador vizco y un arquero de kyūdō, con unas ganas enormes de construir un futuro en el que la razón y la pasión se encuentren y se lleven bien.
Para mí hubiera sido fácil sostener un blog contando historias chuscas sobre Japón, rutas turísticas, momentos anecdóticos. Evidentemente es más complicada la tarea petrolera a la que me he metido, perforar, horadar hasta dar con la esencia del Japón o llegar a lo más cercano. Y perforar en mi alma para entender los cambios.
Cuando te montas en el auto y vas por una carretera tienes dos objetivos: el uno, llegar a tu destino lo antes posible. El otro, disfrutar del camino tanto como se pueda. Solo pido que el camino sea largo, muy, muy largo.

Les veo pronto.

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