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miércoles, 7 de diciembre de 2011

Kojiki o la obra fundacional

Ya volví.


Pero claro, uno extraña su país como puede. Ventajosamente inclusive en el lenguaje, que parece la más imponente, larga y tortuosa barrera, se puede encontrar esos nexos sutiles, exquisitos e inasibles que de pronto se convierten en transmisores de la sensación de que el mundo es la cabeza de una cerilla. Ittekimasu, esta palabra es muy usada en Japón y significa, literal y conceptualmente, "me voy a volver". Me dio esa sensación de estar en la Patria pero al mismo tiempo sufrí una pena importante debido a la comprobación de que no es solo nuestra esa manera absurda de usar el lenguaje; yo pensé que esa frase era parte de la lista del patrimonio intangible del Ecuador. Pero no, ha habido otros como nosotros.
Bueno, nos quedamos en que volví y me fui a visitar el Instituto Cervantes de Tokyo: "El Instituto Cervantes es la institución creada por España en 1991 para promover, enseñar español y difundir la cultura de España y de los países hispanohablantes". Había visitado la página web y se veía bien, actividades culturales, biblioteca, exposiciones, cine. Se extraña el idioma, por un lado, y no es conveniente perder los vínculos que el idioma que tanta pasión me genera.
Encontré esta maravilla porque, mientras leía la mitología japonesa, supe que en la biblioteca del instituto existe una versión en español y me lancé a la aventura, a por el Kojiki. Rápidamente me hice miembro de la Biblioteca Federico García Lorca y pedí prestado el libro, que ahora está a mi lado siempre.
El estudio de introducción, al que quiero referirme ahora, es muy interesante tanto sobre la naturaleza del libro, los aspectos históricos que provocaron su escritura y asuntos antropológicos del Japón en su época de guagua nación.
Dice: "El misterio de Japón empieza en el Kojiki (Crónicas de antiguos hechos). Saludado como "la Biblia del Japón" (...) es la obra conservada más antigua de Japón. Narra las tradiciones nacionales desde la edad mítica de los dioses hasta el reinado de la emperatriz Suiko (593-628)".
Pero además es de las más importantes obras por varias razones. En la introducción, escrita por los traductores -Carlos Rubio y Rumi Tani Moratalla- se dice claramente que es necesario dudar de los datos históricos, hay que gozar de las referencias mitológicas, hay que aprender de las citas antropológicas y hay que acariciar las virtudes literarias.
"Además, el valor literario del Kojiki se acentúa por ser 'obra puente' entre una literatura oral perdida, anterior a la introducción de la escritura importada de China, y otra escrita de la cual es pionera. En ese sentido, sus páginas nos colocan al borde de un abismo por cuyo fondo corren las aguas oscuras y ricas de una cultura que, aunque ágrafa, tenía como actor a un pueblo que desde el siglo II ya desempeñaba un papel destacado en el concierto de naciones del Asia oriental".
(Ágrafa: "que es incapaz de escribirlo o no sabe hacerlo", RAE)
Probablemente muchas de las preguntas que uno puede hacerse sobre el alma japonesa se respondan leyendo este libro y su hermano gemelo, el Nihongi, que será el próximo en la mesa de noche (esto último es poesía de trole, disculparán no más).
Pero, qué sentido puede tener abordar estas obras de la historia nipona. Para ir un poco más atrás, cuántos libros sobre el espíritu de los habitantes del Ecuador hemos leído, cuánto sabemos de la cosmovisión andina, qué datos tenemos de la mitología previa a la llegada del señor Jebús (para citar a Mi Señora quien cita a Homero Simpson). La verdad es que sabemos muy poco de la serpiente emplumada y del mundo de los muertos, en general nos parecen dignos del folklore nacional, al que vemos de lejos y con cámara de fotos.
Rayos, entonces parecería que este llamingo se interesó por el alma de otro pueblo en vez de sentir en las venas el alma propia. Sí y no. La "Narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heróico. Con frecuencia interpreta el origina del mundo o grandes acontecimientos de la humanidad", es decir el mito, no es un tema de las aulas ni de las conversaciones y sí, acaso, sí de simposios a los que acuden cuatro viejas feas.
Ese desinterés, que tampoco es patrimonio ecuatoriano ni especie endémica rara de mi país, viene determinado porque a nosotros, los ciudadanos llanos, nos cuentan la historia que el poder decide. El poder puede tener la buena intención de fortalecer la identidad nacional y contarnos toda la historia no científica que tanto nutre nuestra sensación de cultura propia. El poder puede querer perpetuarse en base de la modificación de la historia, de los hechos, de las creencias. La iglesia católica predica el dogma de la fe, es decir que sus fieles deben creer lo que se les dice sin cuestionar y en base a eso ha intervenido en la política mundial desde hace siglos. En Estados Unidos el capitalismo puro ha logrado, entre otras cosas, aquietar a los ciudadanos, hacerlos sujetos pasivos de la construcción de la historia, el dogma de que el vivir en un estado estático es la mejor manera de alcanzar el sueño americano. En el Ecuador quisieron tapar todo lo andino para poder imponer la forma española de ver el mundo y saquear a placer los ornamentos dorados del imperio, al punto que hicieron creer al mundo que los indígenas no eran humanos, no tenían alma, y había que negociarlos con las azadas y las acémilas. Todos lo han hecho, eso no quiere decir que esté bien. Lo malo es que nos los creamos.
El Kojiki, aunque todavía está bastante puro del uso de la historia y la mitología para fundamentar el poder, trata de alargar en todo lo que sea posible los pocos datos que se rescató de la cultura oral para generar la sensación de que es una república tan antigua como la China, su vecino de abrazos y tormentos.
Pronto terminaré de leer el Kojiki e iré directo al Nihongi, con lo cual acabará, al menos por ahora, esta aventura por los intrincados caminos del tuétano de esta nación.
Seguro que sí, les contaré para dónde van los tiros.