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viernes, 19 de abril de 2019

La sucesión imperial o un mensaje de resistencia


Hola, ¿cómo están las cosas en sus vidas? La historia que sigue tiene bemoles muy interesantes.

La sociedad japonesa está acostumbrada a los protocolos. El hecho de hacer una venia para saludarse es uno y otra quitarse los zapatos siempre que se entra a un lugar, costumbre que incluye la oficina.
Pero el que sucede este año es especial. Se ha repetido 125 veces durante 2.600 años, una ceremonia de sucesión del Emperador del Japón, el representante del Trono del Crisantemo, el que más ha durado en el mundo. De hecho, Akihito, el actual Emperador, y Naruhito, el sucesor, son los últimos de la Tierra.
Esta es una de las más antiguas tradiciones que perviven, con ciertas variaciones, no muchas, por cierto. Evidentemente, es trascendental para el Japón, país que ha logrado estar a la vanguardia de la modernidad sin perder la luz del pasado.
Japón envía un mensaje al mundo: pase lo que pase fuera del archipiélago, haga lo que el mundo decida, tome la humanidad la dirección que quiera, ellos tienen una historia –larga- y una tradición –bien asentada- que están dispuestos a proteger, porque de ello depende su identidad.
(Para dejarlo claro, en nada se parece la Casa Imperial japonesa a la realeza europea, dicho esto para ahorrar prejuicios, sobrentendidos o comentarios azarosos).
El que se vendrá, en esta línea de sostenimiento de la tradición, es un acto doble: Akihito debe abdicar y Naruhito debe entronizarse. Se trata de ceremonias que son una combinación de protocolos mantenidos por siglos, moderación y la necesaria rigurosidad de protocolos.
Si bien cada emperador en cada época de la historia nacional ha puesto su impronta tanto en la ceremonia cuando en su ejercicio imperial, hay un hecho que marca un hito que se ha de dejar sentado.


Palacio Imperial de Tokio (fotografía tomada del libro "Japón bajo la piel"
En la II Guerra Mundial, luego que Estados Unidos asoló el archipiélago sin pudor, decidió que la mejor manera de hacer provechosa su ocupación era dictar una nueva Constitución. Es decir, la supervisó. Intentó eliminar cualquier rasgo de la casa imperial japonesa, pero el pueblo ofreció su vida en defensa de su Emperador. La presión llegó al extremo de exigir que se incluya en la Constitución, que está vigente, un apartado en el que se aclara que el Emperador es “…símbolo del Estado y de la unidad de la nación” y se quitó cualquier otra referencia.
Esa constitución le dio a la Agencia de la Casa Imperial cierta autonomía para regentar las cosas de la una parte del poder, pues el gobierno es una monarquía parlamentaria. Sin embargo, las decisiones sobre el protocolo que se aplicará –y los fondos requeridos- son responsabilidad del Primer Ministro, Shinzo Abe. Así, una figura nacida de la democracia toma una posición relevante muy cerca del Trono del Crisantemo.
Es decir, el gobierno civil debe intervenir en un asunto que representa a la realeza y a la religión sintoístas, en una extraña combinación para nuestro concepto de organización del Estado.
Pero bien: lo que sucederá es que, en una ceremonia en la que asistirán unos 300 invitados, el Primer Ministro Ave explicará las razones por las que abdica Akihito (tradicionalmente, el príncipe heredero se convertía en Emperador tras la muerte de su padre).
Cuando hizo este anuncio, Akihito dijo que podría no ser capaz de cumplir sus deberes oficiales debido a su edad y a su salud. Se debió hacer una reforma legal, porque desde la expedición de la nueva Constitución no había sucedido que el “Mikado” abdique.
No es la primera vez que acontece en la historia del país del sol naciente. De los 125 emperadores que han reinado, hasta Akihito, 58 renunciaron al trono, en muchos casos para tonsurarse y volverse “emperador monje”. La última vez que uno renunció fue en 1817.
La noche del 30 de abril de 2019, Japón dejará de tener emperador hasta el 1 de mayo, cuando sucederá la ceremonia de asunción al trono de Naruhito, hijo mayor de Akihito, quien se convertirá en el centésimo vigésimo sexto emperador del Japón (como se explica en este artículo previo)
Si bien ese es el día en que ascenderá al trono, la ceremonia principal de entronización sucederá el 22 de octubre. Pero, asumirá su carácter divino en una ceremonia privada, a la que asisten los miembros de la familia imperial que pueden suceder al nuevo emperador (que son todos varones).

Los Tres Tesoros Sagrados

En ese acto profundo suceden varias cosas, pero aquí se resaltan tres momentos: en el primero, Naruhito recibe los Tres Tesoros Sagrados: la espada, el espejo y la joya, que representan el valor, la sabiduría y la benevolencia. Según la tradición, el primer Emperador, Jinmu recibió estas muestras de su calidad de descendiente en línea directa de los dioses de las propias manos de la fundadora, creadora y protectora de Japón, la diosa Amaterasu, quien habita en el altiplano del cielo junto a millones de dioses y deidades del sintoísmo.
La segunda ceremonia es aquella en la que entregará una ofrenda contenida en finas vasijas de porcelana colmadas de arroz nuevo, una manera de exaltar la fecundidad. En esa ceremonia, el Emperador, único asistente, rezará por la bondad de su pueblo y por la paz. Más tarde, agradecerá a Amaterasu por las bendiciones en uno de los santuarios internos del Palacio Imperial de Tokio.
Para el 22 de octubre están reservadas las galas consistentes en la ceremonia de proclamación, a la que asistirán 2.600 invitados (entre los que se cuentan a líderes de 195 países), además cuatro recepciones. El número de actos se redujo tanto por la edad de los celebrantes cuanto por la salud de esposa de N
aruhito, quien ha sufrido por años de depresión.
Tokio visto desde el Palacio Imperial. En primer plano, "el puente de los lentes"  (Fotografía  del libro "Japón bajo la piel").


En las ceremonias, sobre todos las íntimas, los asistentes visten trajes tradicionales de diversas épocas del Japón. Durante esta ceremonia será la primera y la última vez que Naruhito se siente en el trono de madera cubierta por laca negra, un mueble brocado de seda y en cuyo respaldo está labrada la imagen del ave fénix. El trono es relativamente nuevo (1926), pues se asumió el modelo de un asiento occidental; en el pasado el trono del emperador eran algunos cojines sobre el tatami.
De alguna manera, la entronización de un nuevo emperador se parece al florecimiento de los sakura, es un recuerdo de que la vida es efímera. Pero, desde la perspectiva japonesa, también es una muestra de que persiste en el corazón de los nipones un vínculo vivo con sus dioses, a través del Emperador, dios vivo, dios presente, dios que resiste a un mundo que se vuelve cada vez más trivial.


Estén atentos a estos eventos, no se los pierdan.

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