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lunes, 16 de octubre de 2017

Japón, donde el sol nace todos los días. Parte III

Esta es la parte final de este artículo que trata de mirar el Japón desde el espacio, para descubrir aquellos elementos que conforman la esencia del país del sol naciente. Veamos ahora algo sobre su vecindadrio o, mejor dicho, acerca de una vecindad tensa. ¡Bienvenidos!

Durante la Restauración Meiji, tras fuertes amenazas externas, los gobernantes del Japón decidieron dejar una historia de siglos de aislamiento voluntario e ir a ver el mundo que estaba fuera de sus muros de agua.
Fue un archipiélago cerrado a cal y canto. Nadie entraba como tampoco salía, salvo excepciones. Es conmovedora la historia de Hervè Joncour (el protagonista de la novela “Seda”, de Alessandro Baricco) y sus viajes subrepticios para comprar gusanos de seda en Japón. De ese claustro, del encierro, de ese caracolillo les liberó el emperador Meiji, quien lideró una era de reparación de desarreglos y sobresaltos.

Jinete que participa en el rito de Yabusame
La Restauración Meiji provocó una transformación muy profunda. Se cambiaron los kimonos por los frac, las afiladas katana de Masamune por las ruidosas pistolas Smith & Wesson, y el pescado crudo por la carne a la parrilla.
Fue la que época cuando sucumbió el sistema de gobierno de los sogunes, que había caducado décadas atrás y que se sostenía como un sistema de privilegios inadmisible. Vino la democracia.
Mucho de bueno y tanto más de malo. En ese momento se inició el proceso que ubicó a este país como la segunda economía más grande del mundo. Sin embargo, se comenzó a asimilar lo extranjero (sobre todo occidental) sin ningún tamiz.
Pero lo peor de este proceso fue que se miró con ojos golosos a los vecinos, con quienes había habido una historia de tensa vecindad: poco amor y mucha necesidad; enemigos íntimos.
Las tropas imperiales anduvieron fundando cabezas de playa en Corea (que era una sola), China y hasta Mongolia, se metieron muy dentro del Asia del este. Sus enemigos todavía no les perdonan que hayan actuado como un invasor implacable y brutal.
Jirō Horikoshi diseñó el modelo del mítico avión Zero, con el que Japón atacó la base militar estadounidense de Pearl Harbor, en Hawai, lo que provocó la inverosímil respuesta de dos bombas atómicas lanzadas contra la población civil de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.
Cobraron fama en occidente, en el evento de Pearl Harbor, los pilotos que convertían sus aviones en municiones y se estrellaban contra los barcos de la flota estadounidense. Se les conocía como kamikaze (pilotos suicidas), pero poco se sabe inclusive hoy del significado de esta palabra (kami=dios, kase=viento).
Japonés en el santuario de Yasukuni
El viento divino había salvado al Japón de al menos dos invasiones de mongoles. Cuando las enormes flotas trataron de cruzar el Mar Oriental de la China o Mar del Japón potentes tifones asolaron las fuerzas navales y se creyó que los dioses defendían el archipiélago, el viento divino al servicio del Japón. Los pilotos en mención trataban de emular el viento divino que protege su país y, para ello, dieron su vida.
Pero ni las historias épicas ni los sufrimientos horrendos pudieron cambiar la realidad de una vecindad que está siempre abrigada por desacuerdos.
A mediados de octubre se festeja en Japón el O-bón, una fiesta semirreligiosa en la que se allana el camino para que los muertos encuentren las casas de los vivos y puedan pasar unos días juntos (de alguna manera se parece al católico Día de Difuntos).
Una parte de las autoridades del gobierno japonés y miles de ciudadanos visitan ese día el santuario de Yasukuni, en el cual están enterrados quienes para los nipones son sus héroes de guerra.
A día siguiente –todos los años, disciplinadamente- los gobiernos de China y Corea del Sur emiten protestas oficiales porque para ellos el gobierno del Japón ha rendido honores a quienes consideran que no son héroes, sino criminales de guerra.
Ese día, todos los años, los ritos del pueblo japonés y las protestas de los del continente funcionan como una ceremonia para recordar que hubo malos momentos en el pasado pero también la ratificación de la necesidad de convivir lo mejor posible.
Japón tiene disputas de límites con Rusia, China, Taiwan, Korea y Singapur. En el Asia existen muchos conflictos de fronteras sobre todo por la disputa de tierras insulares. El punto más crítico de la actual coyuntura en la relación con China son las islas Senkaku, un conjunto de pocas islas pequeñas inhabitadas que son reclamadas por los dos países.
El enfrentamiento se calentó en 2011 cuando la Gobernación de Tokio compró las islas a una familia que las había registrado como su propiedad privada dentro del territorio japonés. La idea del Gobernador Shentaro Ishihara fue garantizar que las islas estuvieran deshabitadas, pero eso fue tomado por el gobierno de Pekín como una amenaza y se han mirado a los ojos muy cerca varias veces.

Esas islas estuvieron ahí siempre, en la década de los cuarenta se fijó como parte del territorio soberano del Japón y estuvieron solas y desatendidas hasta que los nipones encontraron yacimientos minerales importante en el lecho marino. Se dispararon las alarmas y se inició el conflicto.
Y, en 2017 se han vuelto más cercanas las amenazas de Corea del Norte. Según se susurra casi en voz alta, los norcoreados tienen jurada la venganza contra Estados Unidos y el enclave más cercano es la isla, Guam, que es territorio estadounidense de ultramar. El trayecto de los misiles de la Corea del Norte deben pasar por encima del cielo soberano de Japón y hay muchas apuestas sobre si tales cohetes tendrán el vigor para volar por sobre el archipiélago o se quedarán sin aliento en la mitad de la ruta.
Seguramente estos serán de esos eventos que se registra en los pies de página de la historia, porque Japón es un referente mundial indispensable, no es posible prescindir de lo que le pasa a este país.
Por cierto, ha llegado a ser lo que es gracias a lo que en occidente se dio por llamar el “milagro” nipón. Pero mientras se camina por la calle es evidente que esta no es una tierra donde abundan los milagros sino el trabajo. Y la organización. La dedicación y la responsabilidad social. La solidaridad.
Todo ha sucedido sin mayor ruido, sin pirotecnia ni neón, los japoneses son más bien silenciosos. Les gusta la quietud. Les encanta. Karlfried Graf Dürckheim fue Embajador de Alemania en Japón y, sobre todo, un fanático de este país. Lo estudió, todo lo que pudo (es virtualmente imposible para un occidental llegar a la médula de lo japonés). Llegó a ser maestro zen y luego de su viaje intelectual y espiritual escribió el libro ”Japón y la cultura de la quietud”.
Karlfried escribió: "Un japonés lleno de edad y sabiduría me dijo en cierta ocasión: 'Para que una cosa adquiera relevancia religiosa, solo necesita ser sencilla y repetible'. ¡Sencilla y repetible! Toda nuestra vida cotidiana está llena de cosas sencillas y repetibles. Consideramos nuestras acciones tan sencillas y tantas veces repetidas de cada día como una condición y requisito de nuestras consecuencias propiamente dichas. 'También' lo son para el japonés. Pero para él se convierten además en oportunidades de experimentar lo 'auténtico y verdadero'. Adquiere de nuevo conciencia de sus automatismos inconscientes, y los convierte en objeto del 'ejercicio para la experimentación de la armonía' y también del ejercicio de un estado del propio yo en el que esta experiencia de la armonía y su custodia pasan a ser el 'leitmotiv' de toda su vida".

Y continúa: “Detrás de todo ello está la sumisión humilde y natural a la muerte como la otra cara de la vida. El sentido central de todo ejercicio está en considerar a la muerte como la otra cara de esta vida y al morir como la puerta para la otra vida superior. La educación japonesa, a base de ejercicio, es siempre una educación para la muerte; supone siempre aprender a dejar morir una y otra vez al diminuto yo. Un japonés me dijo: «Vuestra educación está relacionada casi en exclusiva con esta vida. Nuestra educación para la vida pasa siempre por la educación para la muerte»”.
Con silencio, actos repetitivos y quietud el Japón avanza hacia un futuro forjado. Todos los días ve cómo el sol nace desde el fondo del océano Pacífico, todos los días ven como la diosa mayor, Amaterasu, se hace cargo de que no les falte luz.


Les veo pronto, otras investigaciones están en marcha.