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viernes, 15 de febrero de 2013

Los tirafloja del arte en Japón

Saludos a todos, muchos saludos:

Todavía no he ido a una exposición que ha obligado a los visitantes a subir el tono de murmullo a barullo. En la exposición Monumento para Nada, Aida Makoto utiliza a los asalariados, a las inocentes jovencitas y a la guerra para captar y criticar las complejidades y los tabús de la sociedad japonesa.
No es un tabú que en el Japón se enfrente a los tabús con las armas que da el arte y de manera abundante. Ser un país con una identidad transparente y sólida crea necesaria mente una línea de pensamiento crítico que trata de lograr mutaciones hacia direcciones impensables.
Cerámica de Chiho Aono
Este barullo, la descrita crítica altisonante tiene una razón de ser que no se puede aplicar dos vitrinas diferentes de arte local, a las que me voy a referir ahora. Las dos han sucedido dentro de las paredes preñadas del National Art Center of Tokyo y son un buen ejemplo para mostrar lo que se hace en artes plástica en el país.
La primera experiencia se llama Domani y es una muestra de que el Estado puede ser tan o más eficiente cuando se lo propone. La Agencia de Asuntos Culturales (equivalente a un ministerio) sostiene desde hace 15 años un programa a través del cual financia expediciones de los artistas a otras latitudes para fortalecer y enriquecer su arte. Salir, para los habitantes de este archipiélago, tiene un valor especial; abandonar su tierra es para una sociedad que lleva a cuestas el intimismo una experimentación difícil de explicar. Cuando las fronteras son el mar hay una sensación de vivir en una ciudad amurallada, encerrada por los muros de lo infinito. A pesar de la globalización, esa sensación tan característica de los isleños marca con mucha fuerza la tendencia a explorar el propio ser cuántas veces sea necesario y es necesario hacerlo las veces que sea para no colapsar en una claustrofobia nacional.
Luego de recibir el apoyo por un lapso, los participantes en el programa tienen la obligación de presentarse a una exposición y mostrar la manera como fueron permeables al mundo.
Instalación de Chiharu Shiota
No hay limitaciones de género. Chiho Aono, por ejemplo, ha experimentado crear figuras de cerámica que generan la sensación de ser almohadones deformes rellenos de arroz que se dejan vencer, ociosos y sinvergüenzas, por la gravedad.
Hai Hashizume, en cambio, crea una sensación de tercera dimensión solamente en base a las texturas. Llama la atención tanto la profundidad que logra cuanto su muy buen trabajo con el cuerpo humano.
La instalación de los zapatos de Chiharu Shiota provoca una reacción bien interesante: zapatos de los que el artista ató piolas rojas que se juntan en un solo punto. Pero en cada calzado hay un papel escrito y doblado, como los que se encuentran en los templos en los que los peregrinos escriben los agradecimientos y piden los favores a los dioses.
Es inevitable notar en cada artista la influencia del país al que viajó para nutrirse, lo cual no es malo en la medida en que no abracen con demasiado morbo la cultura extraña en desmedro de sus propias virtudes.
Manabu Ikeda
La pintura de Manabu Ikeda me llamó mucho la atención por el trabajo en los detalles de obras de gran formato. En cuadros de tres metros por lado los detalles pintados sobre un área de cinco centímetros cuadrados son igual de importantes que el concepto global. Escenas épicas, fantasía a raudales, es posible mirar y mirar por largo tiempo cada pequeños espacio de la tela y luego retroceder para admirar el conjunto y seguir en ese juego con necedad; con mucho gusto.
Punto aparte. Pasemos a la sala de al lado. La historia es que desde hace cinco años un grupo de expertos en artes plásticas, auspiciados por el National Art Center of Tokyo escogen a quienes creen que son los artistas que están un paso más adelante en el arte contemporáneo y los muestran como las nuevas corrientes. A ellos se les invita a participar en una exposición individual que, al mismo tiempo, es colectiva. Es decir, cada uno tiene espacio suficiente para colgar una representación apropiada de su obra y son varios quienes tiene un espacio similar.
Manabu Ikeda, detalle
En el conjunto los organizadores logran lo que se propusieron: que los artistas hablen de lo que se conoce como "the present age", una era mucho más cómoda que las anteriores, pero que plantea la misma cantidad y otra calidad de problemas. Problemas nuevos con respuestas viejas mientras se hallan la claves necesarias para la construcción del futuro, cuando se repetirá el ciclo.
Takamasa Kaniyasu edifica unas instalaciones enormes con troncos, los convierte en líneas que se juntan para hacer curvas acaracoladas o puentes invertidos. Hideaki Nakazawa tiene una bronca particular con los rostros de niños, un estudio de unos treinta rostros excesivamente redondeados pero con un juego de expresiones que terminan por ser muchos relatos. Nalini Malani, en cambio, prefiere la luz y el movimiento. Dibujos pintados sobre telas transparentes que con la luz permiten proyectar escenas en movimiento. Rememora el teatro de sombras pero con mucha más elaboración y, evidentemente, con tecnología de punta.

Creo que la sensación de soledad es la que domina ambas muestras de arte. La enormidad, el más, es el teatro donde los individuos la ejercen con indiferencia y muchos demuestran ser unos diestros en soledades.
Eso, básicamente, se ve mucho en Japón. Lo que se pueda desfilará por aquí.

Abrazos para todos.