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sábado, 14 de abril de 2018

El genio artesano de Hokusai

De vuelta, les invito a sentarse, a servirse una copa de nihonshu a 18 grados centígrados y a escuchar esto que les quiero contar.

Probablemente la obra de arte que muestra una enorme hola azul cuyas garras están a punto de atrapar una barca y que tiene por testigo lejano pero contundente al monte Fuji sea de las más reconocidas por el mundo.
Es un grabado, lo creó Katsushika Hokusai, forma parte de 36 estampas cuyo tema central es la montaña Fuji y el nombre original es “Bajo una ola en alta mar en Kanagawa”.
Se ha de ser fiel a quien creó esta maravilla: a pesar de que la pintó aproximadamente en 1830, cuando tenía 70 años, consideraba que todavía le faltaba aprender y practicar para llegar a ser un artista. Le bastaba con ser artesano.
Es relevante lo que él mismo dijo al respecto: “A la edad de cinco años tenía la manía de hacer trazos de las cosas. A la edad de 50 había producido un gran número de dibujos, con todo, ninguno tenía un verdadero mérito hasta la edad de 70 años. A los 73 finalmente aprendí algo sobre la verdadera forma de las cosas, pájaros, animales, insectos, peces, las hierbas o los árboles. Por lo tanto a la edad de 80 años habré hecho un cierto progreso, a los 90 habré penetrado más en la esencia del arte. A los 100 habré llegado finalmente a un nivel excepcional y a los 110, cada punto y cada línea de mis dibujos, poseerán vida propia. Que el cielo, que otorga una larga vida, me dé la oportunidad de demostrar que esto no es mentira”.
Hokusai nació en Edo, al antiguo nombre de Tokio, en 1760, una época muy especial de la historia del Japón, pues el país vivía una paz duradera y las energías se centraban en la construcción del espíritu nipón.
Luego de trabajar en la adolescencia en una librería, a partir de los 18 años -y hasta los 88- se dedicó a pintar, grabar, dibujar, hacer serigrafías, marcar trazos sobre un papel que a golpe de movimientos firmes del pincel se convertían en sucesos animados, vivientes.
Desde los primeros garabatos se alineó a la escuela Ukiyo-e, aunque siempre será difícil dejar en un corral estético a una creación tan vasta. Este estilo se puede definir como “pinturas del mundo flotante”.
En la información oficial del Museo Británico se ha afirmado que “Hokusai dio expresión dinámica a la creencia del budismo japonés de que todos los fenómenos –tanto animados como inanimados- poseen un espíritu y están interconectados”. Pero, hay más, estaba en el punto en el que predicaba el desarraigo de los bienes materiales”.


Manga del artesano Hokusai

No anduvo explorando por los profundos escozores del alma, le encantaba convertir en una obra de arte lo que viera y eso se nota en lo que se conoce como “Hokusai manga”.
Vale aclarar que manga no tiene relación con las actuales historietas, sino que representaban lo que su traducción define (y que la etimología raramente contradice): literalmente significa “dibujo caprichoso”. De esos trazos hechos con una aparente displicencia hay quince volúmenes y están representadas personas, animales y paisajes, todos tienen mucho movimiento y tanto de humor, unas veces sutil y otras con juegos desvergonzados de palabras para satirizar e ironizar acerca de la sociedad japonesa. Publicó quince volúmenes de Hokusai manga.
No pintaba solamente cuadros. Hacía láminas de papel, envoltorios para regalos, bosquejos, láminas para abanicos, retratos imaginarios de poetas clásicos, retratos reales, imágenes de la vida urbana, la moda, el teatro kabuki y las casas de placer; ilustraciones para textos, tarjetas para ocasiones especiales, programas musicales, avisos, felicitaciones, todo el género de surimono. Son notables los encargos de las sociedades de poetas para que ilustre obras ganadoras de concursos literarios. Hokusai llegó a pintar un mural de 200 metros con personajes mitológicos fantásticos para un festival. Se tiene la idea que pintó 30.000 obras, un número importante pereció en un incendio de su casa.

El dragón del humo que escapa del monte Fuji
Hokusai enviudó dos veces, era hábil para gastar dinero y lento para cobrarlo, y tenía un nieto que actuaba al margen de la ley y que le quitaba energías y ganancias. Se mudó de casa 90 veces, algunas de ellas para evitar a los acreedores. Su hija Katsushika O-ei se encargó de muchos de los aspectos prácticos pero era, también, una de las mejores aprendices del artesano.
Se cree que muchas de sus obras fueron creadas por su hija y él aportaba con los terminados y en ocasiones solamente con la firma. O-ei se hacía cargo de cumplir los compromisos que su padre no lograba terminar.
Ambos, padre e hija, tenían una dedicación extraordinaria al trabajo, nunca pintaban lo suficiente a pesar de que el día les quedaba pequeño. Su creatividad navegaba en las pinturas del mundo flotante sin mayor esfuerzo.
En el portal de la Colección Gelonch Viladegut se consigna que “Ese mundo flotante fue también permeable a lo sobrenatural, lo que es especialmente visible en las obras de O-ei y de Hokusai. El arte es para ellos una tempestad, un torbellino dotado de poderes místicos, capaz tanto de inflamar como de apaciguar las almas. La pintura era de hecho una puerta que daba acceso a otro mundo, un mundo que era invisible para los profanos, pero en el que se desplegaban las manos balbucientes de alguien somnoliento, o bien dragones tempestuosos, y un mundo en el que todo aquello que había de yokai (demonios) en el archipiélago, esas criaturas folclóricas, podía surgir en cualquier momento”.
Cuando las obras del artesano florecían, en Japón estaba prohibida la entrada de extranjeros; salvo un par de naves holandesas que acoderaban en el puerto de Shimonoseki. Los marinos sacaron las primeras láminas de Hokusai, pero el Museo Británico adquirió la primera lámina solo en 1860.
Era, efectivamente, un grabado que tenía como protagonista al monte Fuji. El artesano sentía fascinación –¿u obsesión?- por la montaña sagrada.
Decía la tradición que en el monte Fuji estaba escondido el secreto de la inmortalidad, es una montaña sagrada y se cuenta que un emperador ordenó a sus súbditos que cortaran la parte superior para conseguir tal elixir. Además, está escrita en la tradición que en su cima habitan las diosas Fuji-hime y Sakuya-hime.

Tres mujeres tocan instrumentos musicales, de O-ei Hokusai
Con esa emoción pinto las 36 vistas del monte Fuji que es considerada como la cumbre de su genio creativo. Un talento que iluminó a los postimpresionistas Vincent Van Gogh, Paul Gauguin y Henri de Toulouse-Lautrec. Les asombraba el poder de la simpleza. El primero de ellos afirmó alguna vez que los pintores japoneses “Son capaces de hacer una figura con unos pocos trazos seguros, y que parezca tan fácil como abotonarse el chaleco”. Luego, Hokusai pintó otra serie, pero esta vez de 100 vistas del Fuji.
El genio pasó los últimos años de su vida junto a su hija. Los dos creían que cuánto más envejecieran mejorar serían como artistas. A poco de su muerte Hokusai dijo: "Si el cielo me diera solo otros diez años…, solo otros cinco años más, entonces podría convertirme en un verdadero pintor”.
Murió siendo un artesano con un genio superior al de la mayoría de artistas.

Este documental de NHK cuenta la vida Hokusai desde la mirada de su hija: siga este vínculo.
Estaré con ustedes pronto, con más que contar sobre Japón.

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