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sábado, 17 de marzo de 2018

Japón de seda

No les he visto hace mucho, pero el entusiasmo está intacto

Una de las interrogantes que suele emerger al leer la novela Seda, de Alessandro Baricco, es si el lector se puede fiar de las descripciones que realiza el autor sobre Japón, si son fieles impresiones de la realidad o, por acaso y al contrario, si logró con su genio provocar una visión verosímil.
Bien sabido es que el escritor de una obra de ficción tiene el derecho ilimitado de crear el mundo que se ajuste a su obra; además, de modificar uno existente, de darle unos leves pincelazos donde haga falta o de tomar la realidad con la desnudez con la que se presenta. Seda es una demostración de que el autor no se cohibió, pero la libertad de decir lo que debía se trasladó a los lectores en forma de una pregunta incómoda: ¿Cuánto sabía Baricco de Japón antes de Seda? (Sería vergonzoso que fuera una coincidencia. ¿O no?)
Quienes aún no la han leído, vale decir que Seda no es una historia de amor, que es un relato acerca de la levedad; que sucede en Japón entre las convulsiones de la Restauración Meiji (1868).

Yamadera. Foto: Álvaro Samaniego

Baricco acusa que hay conceptos o preceptos que son tan antiguos que las palabras para explicarlos se han borrado. Para entenderlos se ha de recurrir a contar historias. Como esta misma.
Que no sea una historia de amor es una primera precisión que ya da algunas respuestas. Para el lector desaprensivo, en las pocas páginas de la novela hay un proceso de seducción en medio de truenos políticos. Para el acucioso, la declaración en defensa de la levedad trae a la memoria uno de los principales ritos de los japoneses, el hanami.
Es la fiesta organizada alrededor del florecimiento de los sakura. Los japoneses se sientan alrededor de los árboles, cuyas flores estarán en lo alto no más de una semana, y recuerdan que la vida es efímera, que todo nace y todo muere. La constatación de lo efímero es la explicación más veraz sobre la levedad.
Luego de esta primera pista resuelta, colocar a Japón en el centro del mercado de la seda, en esa parte específica de la línea de la historia, es real y preciso.
En términos formales, Seda cuenta la historia de un francés que fue enviado a Japón para conseguir gusanos de seda sanos, en vista que un pueblo entero de Francia estaba al borde de la quiebra debido a la peste de la pebrina, que asoló su producción. En esa parte de la historia, en Japón estaba sancionado con la pérdida de la vida a quienquiera que quisiera entrar o salir del país.
China, la eterna primera productora de seda, vivía guerras internas que habían destruido buena parte de las hilanderías. Los productores del mundo sabían que en Japón se producía una seda tan fina como el ala de un hada.
De modo que para unos industriales occidentales que habían perdido los escrúpulos, entrar a hurtadillas a un país que se quebraba estaba justificado si eso permitía que su industria floreciera otra vez.

Takayama. Foto de Álvaro Samaniego
Pero, como sucede con frecuencia, para los lectores que se quedan en la piel de Japón, quienes están satisfechos con los cuentos de pistoleros corren el riesgo de perderse el fascinante torrente de la sangre del país. Seda es, en buenas cuentas, un rosario de símbolos y de sospechas.
Lo de rosario viene porque Baricco reparte por gotas el asombro por Japón para, al final, cerrar con una nostalgia muy parecida a un puesta del sol de invierno, que marca en fuego pero no calienta.
Y lo de los símbolos, acierta más de lo que yerra con los usos de un país que dejaba al apuro dos siglos y medio de clausura. La historia transcurre cuando van cayendo los muros de la era Edo, en la cual el archipiélago logró que el mar fuera una fortaleza y que se autoinflingieran un sitio resistente como la roca (en una década se abrió sin tamiz a una occidentalización muy capitalista).
Y, finalmente, de sospechas. La ambigüedad es un tema extraordinario de conversación entre los occidentes, mientras que en Japón es una manera de ser. Una parte importante de la estética es evitar las evidencias y Baricco logra dejar unos abismos profundos entre líneas, que abren el universo de las sospechas, las ambigüedades, preguntar sin buscar respuestas y responder si apuntara afirmaciones.
El autor de Japón de Seda dedicó su esfuerzo a tratar de reconstrucir la "historia real" detrás de la ficción, con el ánimo de ponderar las virtudes de la novela de Baricco y, al mismo tiempo, desvelar detalles de una época especialmente agitada en la historia de Japon.
En este sentido, el autor de Seda parece haber entendido que en el encuentro entre una persona y la belleza no hace falta ningún entendimiento; el artista no es un intermediario entre la percepción y la estética, es el arte mismo. 
Seda provocó un estallido de revelaciones que fueron grabadas en un libro que ahora está disponible. Japón de seda es un ensayo literario que pone los telones necesarios a la obra de Alessandro Baricco, que eventualmente son necesarios para retirar la ancha manga del quimono de una geisha, que se cubre el rostro blanquesino y los ojos de melancolía para provocar la levedad.
Siga esta ruta para llegar a Japón de Seda, explore un poco más la historia que está detrás de la novela.

Nos veremos pronto. Gracias por estar.

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