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lunes, 17 de agosto de 2015

Guía para perderse menos en la estación más concurrida del mundo

Hace calor en Tokio, de manera que nos podemos sentar a conversar mientras tomamos una cerveza helada, ¿qué les parece? Yo sigo con la historia. 

Hay personas que deben usar la estación de Shinjuku todos los días y sobreviven porque ya han diseñado un procedimiento para no ser engullidos por este endriago dormido. Pero los que están de pasada y más aún los turistas valerosos merecen un par de señas para que se pierdan lo menos posible en esta estación.
Vamos a ver un poco más de cerca las arrugas de esta historia a través de un personaje, lo vamos a llamar Akira y debemos decir que es uno de los millones de japoneses que todos los días actúan como exactos y eficientes parte de un mecanismos que funciona con eficiencia. 
El buen Akira vive al oeste de Tokio, en la prefectura de Saitama, uno de los grandes dormitorios de la megalópolis. Después de hacer pruebas, equivocarse, llegar tarde a su oficina y ser reprendido, logró trazar la ruta más eficiente, que le permite demorarse solamente una hora y 23 minutos desde su hogar hasta la oficina. 
Eso significa tomar un tren de cercanías hasta llegar a Shinjuku. Sabe que debe ocupar el vagón número seis de la hilera de doce y estar listo en la puerta número 3B: ese es lugar más próximo a las escaleras eléctricas. Sabe que desde que se baja del tren de cercanías tienes cuatro minutos y veinte segundos para tomar el siguiente tren. En ese momento se vuelve parte de las estadísticas: estas estación es utilizada por más de tres millones y medio de personas al día. Más de 3'500.000 de personas al día.
Akira gira a la derecha, esquiva a un grupo de estudiantes distraídos, toma la ruta de la salida B-18 de la zona oeste, pasa el control de salida de la línea que ha usado hasta ahora, en cuarenta metros gira a la izquierda. Ha seguido la ruta a buena velocidad y no ha perdido la compostura por un instante. Resopla. Los sonidos de los zapatos que tamborilean y de las telas que rozan no dejan espacio para escuchar su respiración fuerte. En cincuenta metros más ha pasado por el control de entrada del subterráneo, el panel electrónico le informa que lleva unos segundos de retraso, la masa ha estado lenta se día, llega al mismo tiempo que su tren y tiene que poner un poco de presión con el hombro para caber antes que se cierren las puertas. No ha estado más de cinco minutos en la estación de Shinjuku pero fue y será siempre un lugar de transferencia en el cual se debe tener un procedimiento. Lo contrario es perecer engullido.
Para poder atender a tres millones y medio de usuarios la estación tiene 36 andenes y más de 200 salidas. Y tiene 130 años desde que comenzó a operar. Para ponerle un poco más de emoción, pegada a la estación de trenes y subterráneo están las terminales de la mayoría de líneas de buses. Tiene escaleras que conectan los andenes y el subsuelo con tiendas de departamentos, oficinas públicas, almacenes de marca, barrios tradicionales, edificios privados modernos. Algunas hasta conectan este monstruo con la calle anónima. 
Vamos a introducir al siguiente personaje, quien llegó hace dos días desde su natal Italia: Lucía. Por recomendación de sus amigos quería devorarse el barrio donde está la estación y que se llama igual. Comenzaría visitando el Tocho, como se le conoce al edificio del Gobierno Metropolitano de Tokio, gozar de la vista completa de la ciudad desde el observatorio. Después cruzaría rápidamente a la zona sur para mirar vitrinas y gastarse unos yenes; pensaba almorzar en Kabuki-cho, barrio reconocido por la calidad, variedad y libertad del entretenimiento; y, terminaría el día en el famoso New York Bar, del hotel Park Hyatt Tokyo, casi un templo para los fans de Bill Murray y la infinita abulia que destilaba durante la película Tokyo Lost in Translation.
Lucía llegó aproximadamente a las 10 de la mañana cuando la presión de la hora pico había disminuido. Sin embargo a Lucía le pareció interesantes ser parte de una hola humana, lo estaba disfrutando.  Siguió los consejos de sus amigos y atendió a todos los letreros, avisos, llamadas, banderines y pancartas para no perderse en el trayecto. Había una bifurcación tras otra, como una especie de rompiente sostenida. Por primera vez se sintió en un laberinto, pero 20 minutos después emergió de las profundidades, respiró profundo y casi pierde la estabilidad por el esfuerzo que representó levantar la mirada hasta la cumbre de las torres gemelas del Tocho. 
Cumplió con el plan, era el mediodía y calculó que llegaría a buena hora para una compras rápidas. Hacía un calor normal y se sentía una humedad japonesa, por lo que decidió aprovechar el laberinto que tenía control de la temperatura. Lucía apostó que caminaría por esa trampa intrincada por 20 minutos pero ningún tokiota hubiera apostado a favor de ella. 
Siguió la ruta de los letreros como creyó haber entendido, la presión de la gente no había cesado, le pareció que ya no era tan divertido andar con tantas personas y todavía le costaba acostumbrarse a caminar por el lado izquierdo. Por momentos perdió la ruta que le designaban los letreros pero su intuición funcionó bastante también. Creyó haber hecho el trayecto correcto y emergió. No, no había nada que le indicara que estaba a los pies de Takashimaya Time Square, su destino.  El letrero de la calle le mostró lo lejos que estaba, tomó mal una curva de manera que volvió a descender y a hurgar pasillos, andenes, galerías, escaleras eléctricas y probó otra salida que le volvió a mostrar un se había equivocado (desde ahí por la calle se hubiera demorado cerca de treinta minutos, estaba a unos tres kilómetros de distancia). Se animó a preguntarle a una mujer quien le dio claras indicaciones en japonés, de manera que se metió de nuevo entre las costillas de la gran bestia desalentada por no poder entender la ayuda. Al cuarto intento lo logró, había estado caminando por algo más de una hora por pasajes subterráneo. 
Miró más que compró y recobró energías en el mismo almacén de departamentos, donde comió, bebió té verde frío y estuvo sentada el tiempo suficiente para calcular los próximos movimientos en el socavón colosal. 
Bajó decidida a cruzar la estación completa hasta la salida Este sin equivocarse y tratar de disfrutar la tarde en Kabuki-cho. Desde el primer escalón sintió como un estorbo la cantidad de gente que había a su lado haciendo lo mismo, ya no era placentero ser una de los miles de millones de medusas que se suben y bajan iguales cuando les mece una ola, apenas entró a la estación se le perló la frente, se escuchaba a lo lejos a la dependiente de un almacén gritar a plena voz lo que creía eran las bondades de un descuento, unos minutos después de virar esquinas, tirar piernas para subir grades, apearse a la izquierda en las escaleras eléctricas, le golpeó por la derecha un aroma a azúcar que empalagó su olfato, regresó la mirada para descubrir que cosas que se comían olían con tanta solidez y cuando se dio cuenta el tsunami humano le había depositado en el control de entrada de una línea de subterráneo. Intentó salir inmediatamente pero la portezuela se negaba a permitirle la libertad y al funcionario le tomó algún tiempo entender el italó-inglés de Lucía y lograr que ella entendiera su japonés keigo, ese casi dialecto que extrema las cortesías. Se libró del aprieto por una puerta diferente desde donde no tenía ni una peregrina idea de cómo retornar a la ruta perfecta a Kabuki-cho. Diez minutos después una mujer septuagenaria, que formaba parte de un grupo de voluntarios que ofrecían ayuda en idiomas extranjeros, le dio una explicación que ni ella se creyó. Lucía galopó sobre el lomo de la incertidumbre unos 20 minutos más hasta que encontró un mapa cuyas referencias le eran familiares, se daba a sí misma voces de aliento en un volumen muy bajo, que alcanzó a escuchar un hombre ajado que rondaba por esa zona. Era occidental y le preguntó en italiano si requería ayuda, Lucía feliz le hizo un resumen de tres minutos y 25.000 palabras de lo que había sido su día en Shinjuku. El hombre le contestó que el endriago dormido le había devorado hace mucho, que llevaba siete meses y medio tratando de salir de la estación. Alguien les pidió, en japonés, que conversaran en un lugar donde no interrumpieran el paso pero no entendieron y provocaron cierto embotellamiento en esa bifurcación.
Tomo valor, respiró profundo, hizo a un lado a su interlocutor, se pegó bien a la pared del lado izquierdo comenzó a caminar con lentitud pero con la misión de no dejar de leer ninguno de los letreros que estaban colgados, pegados a la pared, adheridos al piso, menos aquellas estrellas luminosas de pantallas planas. Unos minutos después entró en la cuenta de que ya estaba caminando a la velocidad de los otros usuarios de la estación, que suele ser demencial, y que sin embargo no se había perdido ningún letrero. Rió para sí.
Había subido y bajado tanto que lo que más le sorprendió fue salir al mismo nivel de la calle. Había perdido 55 minutos dentro de la estación y ahí estaba, la Kabuki-cho, la zona roja de Shinjuku y uno de los mayores emporios de diversión nocturna del gran Tokio. Tenía pocos motivos para estar contenta, Lucía recorrió las calles estrecha, los negocios comenzaban a desperezarse y tenían un olor a resaca tras la víspera que se extendió hasta bien alzado el sol de ese día.
Pero no duró mucho, los pies le exigían descansar, regresó a mirar hacia la estación de Shinjuku y un frío húmedo le bajó de la nuca hasta media espalda. No iba a arriesgarse a nada más, no ese día. Caminó unas pocas decenas de metros hasta una avenida próxima y pidió al conductor que le lleve al Park Hyatt Tokyo, lo dijo con tanta firmeza, desesperación y arrogancia que el conductor no se atrevió a hacer ningún comentario. Tres cuadras después el taxi se apeó ante la impresionante entrada del hotel. Lucía subió al piso 42 del hotel, entró al New York Bar e hizo honores a Bill Murray acuñándose una borrachera descomunal.
Entre Akira y Lucía les une el uso de la estación de Shinjuku, la que más pasajeros usan en el mundo. Akira lo sabe y los amigos de Lucía no le dijeron, pero los japoneses parece que tienen un radar especial para sobrellevar la experiencia del endriago sin mucho apuro; lo que tampoco le dijeron, porque probablemente no lo sabían, es que el consejo básico es no entrar a la estación si no se conoce la salida.
Claro que esta historia tiene ficción, pero es la única manera coherente de provocar la sensación que causa estar en un mal día en este gran ícono del transporte público.
A pesar de soportar un tránsito tan pesado, es casi imposible tocarse con otra persona, los japoneses tienen una habilidad destacable para moverse en espacios delgadísimos sin provocar contacto que, por lo demás, está muy mal visto. Lucía lo comprobó y Akira depende todos los días de que el sistema funcione perfecto, en Shinjuku (en Japón), logran afinar hasta niveles insospechados la demanda por puntualidad (en 2013, todo el sistema ferroviario de Japón tenía un retraso acumulado de 36 segundos y pretenden bajar esa cifra a 25 segundos). 
De manera que la conclusión para perderse menos en la estación más concurrida del mundo es esa, no entre si no sabe cómo salir. ¡Pero anímese!, el Japón es uno de los países más seguros del mundo, las cosas no se pierden. Las personas tampoco.

Hasta pronto, me voy ahora para volver rápido a encontrarme con ustedes.