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lunes, 1 de septiembre de 2014

Los palacios y las capitales japonesas

Tanto tiempo si encontrarnos. Estoy de vuelta con algo más que contar:

De los países que conozco, que son pocos, está bastante claro en su historia el concepto de “capital”, el reconocimiento de un espacio geográfico sobre el que se edifica el Estado, la sede del gobierno, el centro administrativo de una unidad nacional, ese lugar privilegiado de intelectualidad, arrogancia, despotismo y patriotismo.
La naturaleza de Japón, diferente del promedio de países del mundo, su historia, han determinado que aquel concepto sea más bien secundario. El poder se ha ejercido sin tener una sede que sea un ícono.
La primera consideración es que a través de la historia el poder ha estado en manos del emperador. En otras épocas lo ha ejercido un sogún. Eventualmente, el control de la nación ha sido compartido; se ubicó, ciertamente, en un lugar físico, que no fue permanente: cada etapa daba lugar al establecimiento de una nueva capital o probablemente sea mejor llamarlo de una nueva sede.

La de ahora es Tokio, la traducción literal es “capital del este”, en contraposición a la anterior ciudad sede que fue Kioto, cuya traducción es “ciudad capital”. En esta megápolis están todas las instituciones que componen el Estado japonés moderno: el Palacio Imperial, la Dieta (parlamento) y el poder ejecutivo que ejerce el primer ministro.
El más importante es el complejo donde se encuentra la residencia y parte de las oficinas administrativas de la Casa Imperial. Ocupan un espacio de 341 hectáreas dentro del parque de Chiyoda y fue destruido durante los bombardeos estadounidenses de la II Guerra Mundial. Es un montón de espacio en la ciudad con mayor densidad de población del mundo.

Palacio Imperial
Este complejo rodeaba al castillo Edo y en este punto es necesario pasar algunas páginas hacia atrás en la historia del país.
Antes de 1868, Japón estaba gobernado por los sogunes (cuya esencia se puede comparar, en parte, con los señores feudales). La familia Tokugawa y los dignatarios vivían en el castillo Edo, a pesar de que la capital del país era Kioto.
El emperador Meiji tuvo que terminar con el aislamiento al que había sido sometido el país durante 250 años por la familia Tokugawa, recuperó el poder para la casa imperial y trasladó su residencia al castillo de Edo. Cuando se instaló en la fortaleza sucedieron dos cosas: este castillo se convirtió en el Palacio Imperial y esta ciudad, Tokio, se transformó en la capital.
Solo hay dos días en el año en el que se abren las puertas del Palacio al público: el día del cumpleaños del emperador Akihito (23 de diciembre) y el 2 de enero, en el que la familia imperial saluda con su pueblo por el año nuevo. A menos que exista una invitación directa para un acto oficial, como la presentación de las cartas credenciales de un nuevo embajador (aquí está una reseña sobre este suceso) es imposible husmear el interior del complejo (los turistas tienen que pedir cita con anticipación para realizar una visita guiada).
Hay algunos lugares que se destacan y que pueden ser vistos: una esquina de la casa imperial, que se levanta sobre un muro de grandes piedras que está rodeado de árboles. Es una construcción blanca, cuyos techos oscuros parece que la quisieran empujar para que esté más cerca de la tierra.
Luego, una de las antiguas puertas, construida sobre una base de piedras enormes que intimida, un mensaje claro de que este acceso es apenas tan fuerte como el poder que guarda.
Desde un parque público es posible mirar el “puente de los lentes”, una estructura de dos arcos que, con el reflejo en el agua de la fosa que rodea todo el complejo, forma unos anteojos, quizás con más precisión un antifaz.
Por último, los Jardines del Este, abiertos al público, muestran un poco de la fascinación de los japoneses por los diseños perfectos de áreas verdes que, al mismo tiempo, es una rito permanente de agradecimiento a las deidades de la naturaleza de la religión sintoísta (una explicación de los parque y jardines está aquí). 

El "puente de los lentes" en el Palacio Imperial de Tokio
Para los japoneses este es un lugar casi sagrado, pues se sigue considerando al emperador como un descendiente directo de los dioses del altiplano del cielo sintoísta. No posee, al menos en lo que es visible, el oropel y el boato de la Ciudad Prohibida de China, si bien son sedes que han albergado o albergaron a gobernantes de rangos similares cada una tiene una marca diferente de identidad, se parecen poco.
La identidad del Japón se construyó desde esfuerzos como el realizado durante el período Nara para consolidar un archipiélago de casi siete mil islas en un solo Estado (Japón fue fundado el 11 de febrero de 660 a.C.).
Alberto Silva, investigador, en su blog Traducir Japón, escribe: “Japón tiene una historia interesante. Por un lado, gozó de unificación territorial mucho antes que los países europeos: desde el siglo VI tuvo instituciones significativas para toda la población (religión, habla y escritura), así como un esquema de Constitución política común, en 18 artículos, bajo el Emperador Shotoku (trece siglos antes que Italia o Alemania, por ejemplo). Sin embargo, el centro territorial, físico, de la por otra parte incambiada unidad japonesa se fue moviendo en repetidas ocasiones, al albur de sus grupos predominantes (no pasó lo mismo con Francia, que siempre consideró a París como su capital; ni con un Reino Unido centrado sin interrupción en Londres; y no olvidemos a Roma, tal vez la más antigua capital estatal de la historia europea). Hasta finales del siglo VIII, la unidad japonesa de Yamato tuvo sede en la actual ciudad de Nara.

Lago en los Jardines del Este del Palacio Imperial de Tokio
Luego se aposentó en Kioto, hasta finales del siglo XII. Pasó a continuación a Kamakura, durante cuatrocientos años. Desde el XVII y hasta la actualidad, la nación japonesa se asienta en Edo, que ahora conocemos como Tokio”.
La ciudad de Nara fue capital entre los años 710 y 784 y se destacó la dominación que ejecutaba la familia Fujiwara. El complejo imperial no existe más porque tan pronto como la capital mudó a Kioto, al final del período, todo fue convertido en arrozales.
Estudios arqueológicos han permitido volver a construir la Sala de Audiencias que ahora se puede visitar, pero queda grabado en la historia que tanto la sede imperial como el vecindario utilizaron la geomancia para el diseño urbano. Este es un método de adivinación que interpreta las marcas del suelo o cualquier patrón lógico que se forme de lanzar un puñado de arena, de tierra o de piedras al viento.
Los investigadores han logrado comprobar que era un enorme tablero de ajedrez de 120 hectáreas en donde se ubicaban las construcciones para uso de la familia imperial y para los asuntos administrativos. En ese época vivían en Nara un millón de habitantes.
Los que sí quedan, sin embargo, son los templos que se construyeron para proteger al palacio imperial de los malos espíritus. Hay muchos que son ejemplo de algo pero vale mencionar a Todai-ji, una construcción que ahora tiene dos terceras partes del tamaño original y que, sin embargo, sigue siendo la estructura de madera más grande del mundo. Sirve para proteger a un colosal Buda de bronce de catorce metros de alto.
Pero bien, como queda dicho, la capital se trasladó de Nara a Kioto, la ciudad que por más tiempo ha sido capital del Japón. La muestra de su importancia es que una sola ciudad alberga cuatro complejos imperiales.
Vale decir que Kioto es la ciudad que tiene más bienes patrimonios de la humanidad (17), cerca de 2.000 templos, palacios y jardines que la han convertido en la zona que mejor ha conservado tesoros históricos de Japón.

Sala de Audiencias, Palacio Imperial de Kioto
Durante 500 años fue la residencia de los emperadores. Por eso perviven todavía los palacios imperiales de Kioto y Sento, y las villas imperiales de Katsura y Shugankun.
El Palacio Imperial se parece muy poco al Tokio. Fue destruido por incendios o terremotos ocho veces y vuelto a construir con mucho respeto del diseño original.
Llama mucho la atención el Palacio de Audiencias. Es más que el tamaño, es el techo que, otra vez, parece que empuja el mundo hacia abajo y abajo hay un enorme patio de guijarros blancos rastrillados con primor que provocan tanta claridad que crea una sensación de que la construcción duerme sobre una nube. Sí, es una contradicción.
Además, la cubierta de los edificios, construida con decenas de cortezas de pinos puestas una encima de la otra que, además de proteger el interior de la lluvia, es uno de los elementos básicos para el control de la temperatura.
Es imprescindible mencionar a la Villa Imperial de Katsura, que es considerada como “la quintaesencia de la estética japonesa”. Lo más importantes arquitectos del mundo han admirado uno de los más bellos y mejor conservados jardines del Japón. El conjunto es, probablemente, lo más destacado de la arquitectura nipona.
De la capital que falta hablar es de Kamakura de la que, sin embargo, no existen vestigios en cuanto a una edificación representativa, como sí lo tienen otras ciudades.

Jardín en el Palacio Imperial de Kioto
Volvemos a Alberto Silva: “Las cuatro ciudades capitales mencionadas buscaron identificarse mediante rasgos que ellas mismas hicieron visibles (por creación propia o adaptando creaciones ajenas), a fin de mostrarse en cada caso como nuevo ícono del poder de la nación. Nara fue sin concesiones la ciudad del Budismo aristocrático antiguo (alberga la estatua del gran Buda, el Daibutsu). La imperial Kioto se desarrolló siguiendo la cuadrícula de un urbanismo de estilo tan chino que ni Pekín pudo nunca igualar. A su vez, Kamakura fue pensada como ciudad para la ostentación militar, sede del poder de los shogunes, réplica castrense de las civilizadas Nara y Kioto. Edo, finalmente, fue ciudad de comerciantes y cuna (junto con Osaka) del capitalismo comercial japonés ascendente.
“Es interesante el juego de parecidos y diferencias entre estas cuatro ciudades (de tamaño muy diverso en la actualidad). El parecido les viene de la estética y en particular de la arquitectura: todas desarrollan cánones constructivos de antiguo origen chino, plasmados de manera ejemplar en grandes templos budistas, desde la época Nara. Las diferencias les vienen de la idea que el poder se hizo en cada caso de sí mismo. Así, el palacio imperial y las villas ajardinadas de Shugakuin y Katsura difícilmente hubieran podido nacer en una situación distinta que la de Heian, una corte imperial 'abocada' a concursos de baile y poesía. Tampoco hubiera podido aparecer en otro sitio que en Kamakura la matriz de monasterios Zen rinzai (ayer visité Kencho-ji y guardo una imagen fresca de lo que estoy diciendo) donde lo religioso y lo militar por un tiempo parecieron unirse de forma indisoluble. Ni hubiera surgido en otro sitio que en la Asakusa de la época Edo un 'barrio reservado' como Yoshiwara, dedicado al ocio nocturno de los diurnos y despiertos comerciantes del este de Japón”.
Lo dicho, la capital de hoy puede no ser la de mañana. Porque la unión de una nación que tiene más de dos mil años de vida no depende de una geografía sino de su identidad.

Estoy con ustedes muy pronto.