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jueves, 20 de marzo de 2014

Yakuza, las paradojas de la mayor corporación criminal

Saludos a todos, es bueno volver a encontrarnos.

Qué el jefe de una organización criminal, que tiene censados a cerca de 40.000 miembros, declare públicamente que sus intenciones son humanitarias revela esa condición endémica de los yakuza.
Cierto que, como toda mafia, aparecen como sanguinarios que venderían a su madre y sacrificarían a su hermano por defender un negocio ilícito, ni decir de los pocos escrúpulos con los que atendería a sus enemigos.
Lo que sucede en Japón es diferente de esa película. Según la policía nipona, el número de yakuza decreció en 2013 a 58.600 miembros, aunque en ese año las relaciones de la organización con la sociedad fueron bastante relajadas.
Cuando sucedió la Restauración Meiji (aquí está la historia) muchos samurái se quedaron sin empleo; se sumaron a apostadores y comerciantes callejeros que iban formando una incipiente estructura dedicada a tareas contrarias a la ley.
Dicen que el nombre de la organización se deriva de un juego de cartas llamado Hanafuda. La peor desgracia que le puede suceder a un jugador es recibir cartas de los números 8 (ya), 9 (ku) y 3 (za).
Héctor García, quien mantiene desde hace una década el blog Kirai, dice que “Para poder ganar la partida cuando tenías YAKUZA tenías que ser realmente hábil ya que no dependías de la suerte sino de ti mismo. A saber cómo, YAKUZA terminó siendo el nombre de los criminales japoneses”.
Heredaron el código de conducta de los samurái (llamado Bushido). De hecho, es de las pocas sociedades delictivas que lo tienen y que, además, han estipulado las sanciones por inclumplirlo.
Esto quiere decir que los yakuza tienen una disciplina corporativa, tienen unas normas de conducta centenarias, son leales, puntuales, fieles, simpáticos y generosos. Y son delincuentes.


Delincuentes que llevan una vida pública. Es decir, tienen oficinas, tarjetas de presentación, muchos comparten los actos ilegales con un trabajo formal. Pero también son ultranacionalistas, como todo japonés respetan los rangos y tienen un sistema de enseñanza (o adoctrinamiento). Aún ahora se puede reconocer a los yakuza disidentes, pues el castigo es amputar la mitad del dedo meñique, una sanción que se aplica para faltas graves. (¿Por qué el meñique? Porque es un dedo muy importante para la fuerza con la que se usa la katana -espada samurái- y quitarle fuerza al espadachín era un castigo muy cruel).
Las marcas con la que se les reconoce son los tatuajes, hay lugares donde se les prohibe entrar y hay otros que son exclusivos para ellos pero, en general, se mezclan bastante bien con la población no sindicalizada.
En el código de honor yakuza se puede leer: “No robar, no asaltar, no involucrarse en asaltos sexuales ni atacar a civiles”. Se declaran a sí mismos como miembros de una organización humanitaria.
Se calcula que el botín por un año de acción de la organización puede ascender a 20.000 millones de dólares. Son innovadores en diversificar sus negocios: extorsión corporativa, juegos de azar, robo, usura, lavado de dinero, narcóticos, bienes raíces, deportes, entretenimiento, manipulación de acciones, estafas turísticas, tours sexuales, prostitución, tráfico de personas, tráfico de armas y pornografía no censurada (en Japón la pornografía debe censurar los genitales). Pero todo esto lo realizan sin afectar la vida normal de la mayoría de los ciudadanos.
Tradicionalmente, el acuerdo social implícito ha sido que los yakuza actúan en las sombras y la sociedad soporta esta especie de mafia controlada. Pero este acuerdo se rompió cuando en 2009 algunos de los jefes se pasearon como queriendo decir “aquí estoy” alrededor del dohyo (ring) donde se disputaba el campeonato nacional de sumo, el deporte nacional japonés. El evento era transmitido en vivo por la televisión estatal NHK y varias decenas de millones de japoneses los vieron exponerse sin recato.
Los nipones han comentado siempre en voz baja, lo hicieron con un tono un poquito más alto luego del desafuero y luego se volvió a susurrar respecto de los yakuza y de su lazos cada vez más fuertes con este deporte.
Masahiro Matsumura es profesor de Política Internacional de la universidad Momoyama Gakuin Daigaku, con sede en Osaka. Escribió un artículo titulado “The Sumo and the Yakuza” en el cual tiene dos párrafos interesantes:
“El sumo, como un espectáculo tradicional, no puede sobrevivir sin clientes respetables. Pero las personas más ricas de Japón, tales como empresarios, médicos y abogados, están menos dispuestos o financieramente con menor capacidad de continuar patrocinando el deporte, sobre todo desde el colapso de la burbuja de activos de Japón en la década de 1990”. El sumo se financia básicamente con la venta de publicidad y de entradas, pero el mayor atractivo son los premios en efectivo donados por empresas o por personas y que cobran directamente los ganadores.
Una noticia emitida por la española agencia EFE, en julio de 2010, informó que “Un escándalo de apuestas ilegales que se ha extendido en el mundo del sumo ha provocado la expulsión del ozeki (campeón) Kotomitsuki-san, una de las más importantes figuras de este deporte de lucha en Japón…”. Además, la relación con los yakuza fue motivo para la deshonrosa destitución del ex-ministro de Finanzas, Koriki Jojima, un escándalo largo y sonado.
Luego, el segundo párrafo del profesor Matsumura dice que “la participación del Yakuza en el círculo de Sumo es importante, porque su modo de vida tradicional se está desgastando. En la década de 1950, los ministros y los industriales japoneses a veces dependían de elementos nacionalistas de los grupos de yakuza para aplastar a los sindicatos y a los socialistas”.
Por momentos parece que el verdadero acuerdo nacional es “correr el tupido velo”, como diría José Donoso, para que sigan existiendo sin extistir, y utilizarles en ciertos trabajos excesivos para los escrúpulos de la sociedad (algo semejante al papel que cumplieron los ninja en el pasado, hacer el trabajo sucio).

Logotipo del periódico que publican los yakuza de Kobe
Y constantemente se miden los niveles de tolerancia. El Yamaguchi-gumi, el grupo más fuerte, tiene como área de acción las ciudades de Osaka y Kobe. Allí se publica un diario (Yamaguchi-Shimpo) que no se vende, pero distribuye varias decenas de miles de ejemplares entre los yakuza de Japón y de otras partes del mundo.
El medio de comunicación cumple algunas funciones: transmitir noticias que son importantes para los negocios corporativos, ser un vehículo de educación de los miembros jóvenes, atraer a nuevos militantes, reafirmar el código de honor. Detener la caída del número de miembros, que ahora es una tercera parte de lo que fue hace cien años.
La tremenda paradoja es que Japón, uno de los países más seguros del mundo, es el área principal de operaciones de la corporación criminal más grande del mundo. La tremenda paradoja.

Acrtualización del 26 de febrero de 2017: "La fractura del Yamaguchi-gumi, principal clan mafioso de Japón, expone a las claras la crítica situación financiera que atraviesa el mundo de la yakuza. Los mecanismos de obtención de fondos mediante el terror, que hunden sus raíces en los años de rápido crecimiento económico que vinieron tras la Segunda Guerra Mundial, son cada vez menos productivos gracias al cerco policial y al endurecimiento de la legislación". Esto publicó el medio digital nippon.com en octubre de 2017.
 

 Hasta muy pronto.

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