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martes, 22 de enero de 2013

Facilitar el movimiento, facilitar la evolución

No me van a creer. Hola, saludos.

No me van a creer. Estábamos en el tren, un de esos expresos que van bastante rápido y que paran en pocas estaciones, cuando apareció una maleta libertina en el pasillo. Enseguida especulé, todos tenemos algo de Holmes en la sangre: alguien la dejó en la parte posterior del tren y otro alguien la habrá atrancado con la suya, pero el otro alguien se bajó y se llevó la tranca. La cosa es que la maleta se divertía bastante jugando al pasillo. Parecía uno de esos árabes desesperados por un tabaco en el pasillo de un avión en un vuelo de diez horas. Ahí estuvo la maleta hasta que la joven sentada a mi lado se despertó y notó que la peregrina era suya. Se le veía tan despeinada, tan recién despierta, tan delgada y frágil que me encargué de colocar el asunto ese con ruedas en un lugar donde no rodara más, sobre nuestras cabezas.
No, nadie hizo nada para detenerla. El respeto de los japoneses por lo ajeno llega a momentos épicos. Nadie se sintió en el derecho de tocar siquiera un objeto que no era suyo.
Pero bueno, el resto del viaje transcurrió sin nada extraño paseándose libremente por el pasillo, eso sí siempre con el ritmo que impone entrar en largos túneles, estar dentro de ellos por varios minutos, salir unos segundos a la superficie y volver a entrar a otro. En el viaje de tres horas que hicimos desde Tokio hasta Toyama a lo mejor estuvimos el 25% bajo tierra.
Es en serio, verán como es la cosa: yo tomé el tiempo de uno, estuvimos siete minutos dentro del tunel en el Shinkansen, el tren rápido japonés que viaja a unos 300 kilómetros por hora. Ustedes son mejores conmigo en los números, den haciendo el cálculo.
Bueno, si no me creen, allá ustedes, pero el Japón tiene el túnel más largo del mundo que está en uso. Será superado por dos que están en construcción, pero todavía no terminan, uno en Suiza y el otro entre Italia y Austria. El Seikan de Japón tiene 53.850 metros y une la península de Aomori con la isla de Hokkaido.
El sistema ferroviario y, de hecho, el sistema vial, tienen hartos destellos de espectacularidad. Nos pasamos a vehículo de cuatro ruedas y dejamos atrás a las balas: la vía expresa de Shirakawa hacia Toyama, en los conocidos Alpes japoneses, es más túnel que otra cosa. Es decir, se cruza las montañas por túneles y se pasa las quebradas por puentes, hay largos tramos en que hay solamente eso, túneles y puentes. En uno, especialmente, notamos que había unos grandes números pintados en la pared y luego acertamos a interpretalos. Decía 2-9, quería decir que habíamos recorrido dos kilómetros dentro del túnel pero que todavía nos faltaban nueve. 
Uno entiende su lógia. Me imagino las reuniones de planificación de las vías: "Señor gerente, aquí hay esta montaña". La respuesta del gerente será: "Pues pique, la carretera no se desvía".
Da la impresión que no hay límites. Vimos por primera vez el Tokyo Bay Aqualine desde el aire. No nos explicábamos cómo era que el mar se comía a un puente descomunal. Frente a la necesidad de unir dos puntos en extremos opuestos de la bahía para aliviar el tráfico de Tokio, se contruyó un híbrido: mitad puente, mitad túnel. En la foto lo van a ver, a mitad del camino el puente se hunde en el agua.
Este año nuevo pudimos estrenar nuestras licencias de conducir. Eso de por sí era interesante, saber si los japoneses manejan mejor o peor que mis coterráneos, que son mi único punto de comparación válido. Punto para los japoneses. Luego, manejar un vehículo que tiene el volante a la izquierda y, por ende, poner toda la lógica de conducción en viceversa. Difícil pero se puede acostumbrar. Punto contra los japoneses, porque no había necesidad de estar al otro lado del mundo entero, jajajaja. Por último conducir en nieve. Punto para los japoneses. Ahora les cuento.
Retiramos el auto de la empresa de rentas y ya estaba nevando. Es decir, había nevado ya unas cinco horas y había una capa de unos veinte centímetros. En los primos 45 minutos de conducción nevaba. Y nevaba. Pero también nevaba. Es una ventaja que quien conducía el vehículo que estaba adelante del nuestro haya sido un japonés responsable, porque yo seguía todos los movimientos que hacía, hasta acostumbrarnos a las calzadas ultraresbalosas.
A lo que no pudimos acostumbrarnos fue al navegador. Por un error no pedí que tuviera navegador en inglés. Por alguna razón se había programado para ir por caminos que eviten los peajes, pero ello significaba demorarnos más. En la primera parte no hubo lío, hicimos 20 minutos más en un viaje de dos horas.

Pero, decidimos hacer un trayecto que se metía harto en las montañas, a Shirakawa, un pueblo declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. El navegador seguía con la misma programación y nos llevó por una ruta secundaria y por unos paísajes irreales de tan hermosos. Pero, llegó un punto en que la carretera se chocaba contra una puerta que clausuraba un puente. Un cartel anunciaba que luego del puente la carretera estaba cerrada cinco meses al año. Y por más que intentamos que cambiara de opinión, por ahí mismo quería mandarnos el navegador, hacía ya rabietas infantiles. Entonces, recurrimos a la más vieja de las prácticas: seguir los letreros.
Pero para el trayecto más largo siempre preferimos hacer en tren, así es que dejamos el auto en Toyama y fuimos a la estación. Cuando llegamos a Tokio, Mi Señora dijo que las estaciones de tren en Japó son bastante mejores que muchos de los aeropuertos del mundo. Punto para Mi Señora. Funcionan perfectamente bien. También dijo que las líneas de tres daban un mejor servicio que la mayoría de líneas aéreas del mundo. Otro punto para Mi Señora. Shinkansen, el sistema de tren ultrarápido de Japón, no ha tenido un accidente en 46 años. Bien, ¿no?
Japan Railway (JR) moviliza a 140 millones de personas en un año, el equivalente a toda la población de Japón. Diez veces toda la población del Ecuador. ¡Uff!
Termino con una reflexión cortita: es un placer viajar en el transporte público de Japón.